Y así ha sido también la Final. En frente, un adversario a la altura del desafío, un formidable rival, un grande de Europa que aunaba la apabullante fortaleza de su escuadra con la confianza que proporciona una tradición —antigua y reciente— sustentada también en el triunfo. Un equipo al que la ambición de conquistar Europa le es casi tan natural como al propio Real Madrid, y que era el gran favorito para ganar la Final... si no fuera porque se enfrentaba al Real Madrid, y cuando uno se enfrenta al Real Madrid en una Final de Copa de Europa, los méritos y las razones y los argumentos pierden automáticamente todo su sentido ante la realidad incontestable de que vencer al Real Madrid en tal circunstancia es sin duda la empresa más difícil a la que uno puede enfrentarse en el fútbol. El Real Madrid ha ganado esta Final como ha ganado toda la Copa de Europa: a pulso, agarrándose a la competición como el brezo se agarra a la tierra inhóspita y azotada por el viento, sin desfallecer un segundo, con los músculos en tensión, sin aflojar el ánimo. Y en la segunda, al tiempo que la carcoma silenciosa pero letal de la duda comenzaba a socavar la confianza de los diablos rojos, el Real Madrid ha dejado que se impusiera la fuerza incontestable de esos ojos inyectados en triunfo, de la mirada de quien sólo contempla un horizonte: la gloria. La fe, de nuevo; esa fe sorda a razones e inasequible al desaliento. La fe que proporciona ese escudo, que unge a su portador con el aceite de los elegidos, de los llamados a las grandes gestas, a escribir la historia.
Modric y KroosTengo dicho aquí en alguna ocasión, que en el frontispicio de uno de los edificios adjuntos al Capitolio de California, en la ciudad de Sacramento, puede leerse grabado en granito el verso inicial del poema The Coming American, tal vez la obra más conocida de Sam Walter Foss, poeta norteamericano del siglo XIX. El poema, que es de un madridismo emocionante, se me viene hoy de nuevo a la cabeza al pensar en los jugadores de este equipo de leyenda. A ellos mi gratitud infinita, no ya por la victoria —incluso los madridistas sabemos que en el fútbol se puede perder a veces—, sino por recordarnos este año la grandeza de compartir la fe madridista, y por hacernos sentir tan inmensamente orgulloso de ellos.
Bring me men to match my mountains,
Bring me men to match my plains,
Men with their empires in their purpose,
and new eras in their brains.
Este equipo ha demostrado que está hecho, quizás como ningún otro en nuestra gloriosa historia, de hombres a la altura de nuestra ambición y nuestra grandeza, de hombres resueltos a crear imperios y a concebir nuevas eras. Que Dios los bendiga.
Y el año que viene, a por la Decimoquinta.
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