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Pepe Bienvenida / La suerte suprema

viernes, 12 de junio de 2026

Cataluña, entre lo grande y lo miserable / por Javier Ruiz Portella


'..Han perdido la partida, es obvio. Ahí está el Templo, y ahí estuvieron sus fastos. Unos fastos que, sin embargo, también intentó reventar la versión izquierdista, wokista y secesionista de aquellos rojos y de aquellos gauchistes de antaño..'

Cataluña, entre lo grande y lo miserable

Javier Ruiz Portella
Cuando, hace años, quien firma estas líneas vivía en la Barcelona donde nació, lo hacía en uno de los pisos situados frente por frente con la fachada del Nacimiento de la Sagrada Familia. Así pues, si las miserias que asolan a Cataluña no me hubieran hecho abandonar mi tierra natal por otras más acogedoras, la noche pasada me habría encontrado contemplando desde un palco en primera fila el grandioso espectáculo con el que se conmemoraron los cien años de la muerte de Gaudí y la ya casi conclusión del Templo.

Fue grandioso. La presencia central de la luz (Fiat lux et lux fit); los admirables niños de la escolanía, que, cantando en latín, vencían los miserables conflictos lingüísticos; el estallido final en el que el Templo mismo parecía descomponerse y afirmarse entre fuegos de artificio, justo antes de que, en lo alto de los cielos, apareciera la figura egregia de Gaudí, contemplando su obra.

No necesita ésta ni adornos, ni luces, ni artificios para alcanzar la más alta belleza. Sin ellos, el templo de la Sagrada Familia habría seguido siendo el único templo —los horrores de la arquitectura sacra contemporánea, mejor olvidarlos— que la modernidad ha levantado en tiempos de la muerte de Dios. Ya sea religiosa o no, la Belleza es siempre sagrada, siempre late en ella el misterio —el estremecimiento— de lo sublime. Las ornamentaciones y los espectáculos, por bonitos que sean, sólo son eso: bonitos. Pero en casos excepcionales como ayer, cuando se trata de obras magistrales que se anudan con la gran belleza arquitectónica, hasta consiguen resaltar a ésta.

Lo inaudito, lo desolador

La obra de Gaudí no es sólo la obra de Gaudí. Sin su genio no habría, por supuesto, nada. Pero este genio necesitaba otra cosa para levantar tamaña obra. Requería que se viera sostenida por algo parecido al espíritu de un pueblo. Como eran sostenidos los templos de nuestros antiguos dioses, como lo eran las iglesias románicas y las catedrales góticas, como lo eran los templos y palacios del Renacimiento.

La obra de Gaudí necesitó tanto más dicho sostén cuanto que tuvo que enfrentarse a la parte de este mismo pueblo que trató de arrinconarla o destruirla. Unos intentos que han ido desde las burlas y mofas de la burguesía que aborrecía sus edificios civiles hasta la barbarie roja, que demolió las maquetas de la Sagrada Familia e incendió gran parte de sus planos; sin olvidar los emperifollados e intelectualizados herederos de aquel rojerío —la intelligentsia izquierdista de la llamada Gauche divine en la Barcelona de los años 60— que llegaron a firmar manifiestos y a organizar manifestaciones reclamando que no se prosiguieran las obras de un Templo que escarnecía cuanto ellos adoraban.

Han perdido la partida, es obvio. Ahí está el Templo, y ahí estuvieron sus fastos. Unos fastos que, sin embargo, también intentó reventar la versión izquierdista, wokista y secesionista de aquellos rojos y de aquellos gauchistes de antaño.

Resumo la historia. Distribuyeron a los 600 miembros del coro partituras con la estelada (la bandera secesionista) a fin de que las blandieran al acabar el acto mientras lanzaban gritos a favor de la independencia y cantaban el himno Els Segadors. Pero hubo cantantes que alertaron a los organizadores y éstos a la Policía Nacional, la cual (parece que los Mossos también intervinieron) consiguió disgregar a los miembros del coro e impedir que realizaran semejante patochada.

La pregunta que se plantea —me la he hecho tantas veces visitando el Templo, pero les advierto que no tengo respuesta— es la siguiente. ¿Cómo es posible que toda esa belleza, toda esa grandeza, toda esa sacralidad pueda alzarse gracias y en medio del espíritu de un pueblo que, por otra parte, como si de un Dr. Jekyll y Mr. Hyde se tratara, abraza lo pequeño, lo mísero, lo provincial, lo enjuto, lo pusilánime. Esa pequeñez de miras es la que ha llevado a Cataluña a encerrarse en sí misma, a despreciar (o a envidiar y acomplejarse) por la apertura con que Castilla —que sí, es cierto, no cuenta con ningún Gaudí— se abrió al mundo.

Y despreciando a España, es su lengua, su historia, su ser mismo lo que Cataluña ha acabado odiando.

El odio. El odio a lo que, mal que les pese, es Cataluña; el no querer sentirse parte del gran todo que, desde hace quinientos o mil años, es parte intrínseca de la sangre y la savia catalanas. He ahí el problema. Un problema de afectos y sentimientos mucho antes que de organización política.

Si sólo quisieran desgajarse del Estado español, pero manteniendo el sentimiento de pertenencia a la lengua, a la historia y al ser de España; si su posición fuese parecida, pongamos por caso, a la de las polis griegas, al de las ciudades italianas, al de los principados y señoríos alemanes, todos los cuales fueron tanto tiempo grandes, independientes y hasta enfrentados entre sí, pero hablando unos griego y sintiéndose helenos; hablando otros italiano y sabiéndose y sintiéndose descendientes de Roma; hablando otros alemán y sintiéndose miembros plenos de Germania.

Si así fueran las cosas, poco importaría en últimas que Cataluña formara parte o no del Reino o de la República de España.

Pero las cosas no son en absoluto así, sino todo lo contrario. La Cataluña que hace suyas la belleza de un Gaudí, de un Dalí, de un Josep Pla… es la misma que, mirándose al ombligo, «desprecia cuanto ignora», como Machado decía de la «Castilla miserable, ayer dominadora». Pero lo que pasa es que Cataluña, además de despreciar cuanto ignora, lo odia.

Los fastos conmemorativos
del templo de la Sagrada Familia


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