
ZP Capone
Jesús Laínz
Tras mil crímenes a sus espaldas, Al Capone acabó dando con sus huesos en Alcatraz por evadir impuestos. Injusto, pero al menos se descabezó la mafia. Un siglo después sucedió algo parecido con Pujol, hipócrita hasta el último aliento y jefe de un clan familiar singularmente dotado para las finanzas. Pero su principal culpa no ha sido haber defraudado al fisco, aunque, dado el paupérrimo nivel político español, ese tipo de cosas tengan más peso en la opinión pública que cuarenta años de atropellos impunes. Pujol ha sido el principal inspirador ideológico y el fundador de un régimen que, con irritante deslealtad, se ha valido de las instituciones, no para gobernarlas con eficacia, sino para demoler el Estado del que forman parte. Su tiranía democrática utilizó los medios de comunicación para establecer un discurso único y acallar las voces discordantes, y las competencias educativas para reírse de los derechos lingüísticos constitucional e internacionalmente consagrados y para adoctrinar a los más indefensos. Además, no olvidemos que durante cuarenta años los separatistas de todo tipo y procedencia han disfrutado del monopolio social que les ha facilitado una intimidación terrorista cuyos efectos no alcanzaron sólo tierras vascas. Y para coronar tanta desvergüenza, la artrosis de las instituciones, natural o agravada voluntariamente, ha conseguido que su avanzada edad le libre de consecuencias penales, una prueba más de que España no es un Estado de derecho.
Ahora le toca el turno a Zapatero, acusado de mil y un robos que parecen sacados de una novela de piratas. Y los españolitos, aficionados, como siempre, a las discusiones políticas de taberna, acaban de descubrir la calaña de un dirigente socialista al que muchos millones adoraron y votaron con frenesí. Y al que volverían a votar, que a nadie le quepa duda alguna: las fes religiosas son así. Pero, como en el caso de Pujol, lo grave de Zapatero ha sido su catastrófico legado político. En primer lugar, como continuador de la destrucción felipista en asuntos tan graves y de tan largas consecuencias como la devastación educativa, el desmantelamiento energético e industrial, el aborto, las corrupciones incontables, la simpatía por los separatistas o la eliminación de la división de poderes. En segundo, por aportaciones tan relevantes como la alianza de civilizaciones, la sumisa política internacional, el desastre económico y el desenterramiento del hacha de guerra del 36. Y finalmente, por su labor de padrino e inspirador de un Sánchez que ha continuado con entusiasmo la destrucción zapateriana, continuación a su vez de la de Felipe González aunque ahora muchos en el PP le añoren y presuman, como Feijoo, de haberle votado.
Pero, para no variar, con lo que se entretiene el sabio pueblo español, y lo que parece que va a pasar a la posteridad, no van a ser todos estos desmanes que tanto daño han hecho en tiempos pasados y tanto daño van a seguir haciendo en los venideros, sino las joyas y los collares, equivalentes a las evasiones fiscales de Capone. Pero vayamos desengañándonos por adelantado para evitar disgustos más intensos en el futuro. Porque, a pesar de los esfuerzos de algunas piezas honradas que, sorprendentemente, aún sobreviven en su engranaje, nuestro inexistente Estado de derecho conseguirá que los delitos de Zapatero y su banda acaben diluyéndose, olvidándose y prescribiendo, como los de Pujol.
En el improbable caso de que no prescriban y de que los delincuentes acaben condenados a alguna pena ridícula, no tardará en llegar el indulto que demostrará una vez más que la casta del 78 no deja en la estacada a ninguno de los suyos. Si unos golpistas se beneficiaron de ello, Zapatero y demás chorizos pueden dormir tranquilos.
Y la guinda al pastel de la infamia la pondrá, como siempre, el PP, entusiasmado ante la idea de pasar la página de lo que tan absurda y empecinadamente llama «el sanchismo» para celebrar con alborozo la recuperación del PSOE de verdad, el bueno, el admirable, el patriota, el responsable, el necesario, el partido de Estado sin el que España no podría vivir.
Ya saben, el de Prieto el revolucionario, el de Largo Caballero el leninista, el de González el asesino de Montesquieu, el de Zapatero el bien pagado y el de Sánchez el necrófilo.
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