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Pepe Bienvenida / La suerte suprema

miércoles, 3 de junio de 2026

El eterno retorno del PSOE / por Esperanza Ruiz


'..Los escándalos de corrupción se le amontonaban al grandísimo estadista Felipe González —el «one» de entonces, iconito para moderados—, cuyo final en La Moncloa empezamos a intuir cuando fue abucheado por estudiantes de la Universidad Autónoma de Madrid en marzo de 1993..'

El eterno retorno del PSOE

Esperanza Ruiz
Quizá lo más irritante del PSOE sea su alma de grupo rumbero, su capacidad para hacernos olvidar que llevamos cuarenta años bailando el mismo compás. Cada ciclo político de pudrición socialista supera al anterior, hasta tal punto que llegamos a mirar con nostalgia el precedente. A una indignación sigue otra aún mayor y perdemos de vista, por ejemplo, que durante los primeros años noventa también soportamos un clima de crispación social que llevaba tiempo haciendo chup chup.

Los escándalos de corrupción se le amontonaban al grandísimo estadista Felipe González —el «one» de entonces, iconito para moderados—, cuyo final en La Moncloa empezamos a intuir cuando fue abucheado por estudiantes de la Universidad Autónoma de Madrid en marzo de 1993. Su agónica última legislatura constituida unos meses después recuerda por momentos a la actual de Sánchez.

Durante el Felipato no hubo Falcon, pero sí Mystère; no hubo Brandon Flowers, pero sí Curro Romero; no hubo Koldo, pero sí los cafelitos de Juan Guerra; no hubo Chalana ni Ramsés, pero sí Zalacaín; no hubo joyas, pero sí visones; no hubo «¿de quién depende la fiscalía?», pero sí el certificado de defunción de Montesquieu; no hubo caso Plus Ultra, pero sí Ibercorp… Y con esto no abrimos ni la mitad del melón.

Cambian los nombres de los restaurantes, de los medios oficiales de transporte y de las empresas; permanece la esencia salvaje del PSOE, corazón del Régimen. El 78 ha sido el sustrato ideal para la reproducción de la especie socialista. No es que se haya adaptado a él: lo ha colonizado, vaciado de la poca sustancia que tenía y moldeado a su antojo.

González tomó el control del huésped, Zapatero puso el huevito y no hay nada más natural que el octavo pasajero Sánchez lo entienda como propio. Cuando nuestra impagable derecha mediática habla por boca de Ayuso y evoca un «reinicio» del sistema, «un desmantelamiento de entramados sectarios», olvida, por ignorancia o conveniencia, que el PP siempre ha mantenido una relación simbiótica con ese mismo ecosistema. Quizá por eso, cuando pudo hacer en 1996, no hizo. Presumió de no levantar alfombras ni ordenar auditorías de infarto porque ellos se dedicaban a gobernar. El clásico «perro no come perro», pero travestido de gestión.

No podemos confiar en que vayan a regenerar nada los herederos de una tradición política que lleva treinta años certificando la respetabilidad retrospectiva del socialismo español. Los mismos que convirtieron a González en un gran estadista —aunque ahora callen como odontólogas tituladas— y que estaban a diez minutos de canonizar a Zapatero a cuenta del «legado» (¡qué cascada interminable de derechos!) proponen hoy un relevo de administradores que conduce a perpetuar lo de siempre.

Cuando, dentro de algunos años, el régimen haya mutado en una Macronía integradora del viejo turnismo y seamos los dóciles beneficiarios de un sistema de crédito social impuesto por Bruselas, algún periodista suspirará. Recordará con nostalgia su antigua redacción en un medio del consenso y murmurará: «Aquello de Sánchez sí que era el PSOE bueno».

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