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Pepe Bienvenida / La suerte suprema

viernes, 26 de junio de 2026

La suerte de varas en Madrid / por José Carlos Arévalo


'..Es realmente incomprensible la parálisis reglamentaria en todas la Comunidades Autónomas que se han arrogado el derecho de tener su propio reglamento taurino para luego no hacer nada..'

EN CORTO Y POR DERECHO
La suerte de varas en Madrid

Por José Carlos Arévalo
Vaya por delante un principio, el que legitima éticamente a la corrida de toros y que asumo con absoluta naturalidad, como cualquier aficionado: Nada se puede hacer al toro con impunidad. Todo lance, todo pase, cualquier suerte, ya sea ejecutada con compromiso o con ventaja, entraña un riesgo incuestionable para quien la hace.

Este principio se ve solo alterado por la actual tesitura en que se lleva a cabo la suerte de varas, desde un caballo mastodóntico, inexpugnable, con aparente y, a veces, real impunidad. Lo que supone una transgresión del planteamiento ético en que se asienta el toreo: en vez de ser un hombre (un torero) el receptor de la violencia del toro, es el toro quien se convierte en receptor de la violencia del hombre, permuta intolerable que el público castiga solidarizándose con el toro.

En efecto, el edificio ético de la lidia se basa en una ley natural, privativa de la especie humana: la solidaridad inquebrantable del ser humano con su semejante en peligro, ley que se cumple a rajatabla en el resto de la lidia. Hasta el punto de que ésta acrecienta el peligro de las suertes a medida que el toreo atempera al toro a lo largo de su combate, siendo la última, con razón llamada suerte suprema, la de matar al toro, la más potencialmente letal para el torero. Y el silencio colectivo, total que la precede y la acompaña, en todas las plazas del mundo, evidencia el inatacable rigor ético con que se plantea la lidia. No en vano, el filósofo Ortega y Gasset, inteligente espectador de la corrida, dijo: “En el toreo, lo ajustado es lo justo”.

De acuerdo con lo dicho, valgan algunas puntualizaciones sobre la suerte de varas que conducen a una positiva conclusión: Es fácilmente reformable. Cuenta con dos factores positivos. El caballo de picar, al margen de su desaforada romana, es el primero en toda la historia del toreo especialmente domado para la suerte de varas. Si se equilibrara su peso, siempre considerando que debe ser superior al del toro, dado que en el embroque de la suerte la fuerza que este desarrolla es el resultado de su peso por su velocidad al cuadrado, el caballo, que espera su envite parado y en un inestable ángulo semi frontal, debe necesariamente saberse defendido, así como su jinete, por un peso superior al del toro. Es un error antiguo considerar que el derribo prueba el poder del toro, Antaño, tan solo demostraba que, con un caballo flaco y terminal, la suerte estaba desequilibrada a su favor, quizá porque había muchos caballos viejos y valían poco, pero también porque el toro era menos bravo y derribar y hacer carne estimulaban su agresividad a la par que su esfuerzo lo atemperaba.

Hoy, por el contrario, la suerte está desequilibrada contra el toro. El caballo actúa muy sobrado de kilos, bastaría que tuviese los estrictamente necesarios para neutralizar el primer envite del toro y ofrecer al picador el apoyo preciso para su sujeción durante la suerte. Su obediencia a las órdenes de su jinete demuestra la calidad de doma que ofrece la cuadra Equigarce, la que si hoy aporta monturas desmesuradas -alzada, anchura y musculatura- tiene la disculpa justificada que le aporta un toro cada año más habitual, de cinco años y un peso siempre cercano a los 600 kilos, y, en ocasiones, cada vez más prometedor de una inercia que desemboque en los 700 kilos, algo que al aficionado le produce arcadas, y a lo que se ha llegado por culpa de un minoritario pero decisivo y aberrante torismo venteño, por la ausencia de principios taurinos en quien o quienes reseñan el “toro de Madrid” y por la inaudita obediencia de unos equipos veterinarios que, o bien carecen de principios profesionales o bien saben de toros menos que una monja belga.

Y como en el toreo todo está interrelacionado, la actual puya reglamentaria, voluntariamente nociva en su diseño original, cuando el caballo era viejo, flaco y débil, el peto como un babero, y el picador apenas tenía sujeción en la suerte, importaba menos que la pirámide de tres lados favorecieras el barrenar, o que la colocación del puyazo no fuera correcta, incluso que tocara la escápula, porque la estabilidad del caballo y la sujeción del picador a la suerte eran prácticamente nulas, así como mínima la duración de los puyazos, unas veces porque el toro derribaba y otras porque se iba de la suerte. Por supuesto, el espectáculo era más emocionante, mayor la posibilidad de tasar la bravura en tres o cuatro encuentros y mucho más generosas las ocasiones dadas al toreo de capa que las ofertadas por la suerte de varas actual, en la que todos sus elementos se tornan mucho más agresivos de lo que fueron en su día. Por ejemplo, el encontronazo del caballo mastodóntico con el toro mastodóntico multiplica los efectos indeseados que hace años eran irrelevantes y hoy.
A veces destruyen el juego del toro más bravo si la testuz del animal se golpea contra el estribo derecho del picador -de 7 a 9 kilos de acero con aristas cortantes-, porque se pueden producir lesiones óseas u oculares que zanjen las buenas embestidas del toro más propicio para el toreo.

Sí, ya sé que todo lo dicho son, según el tradicional aficionado torista, mariconaditas aplicables al superferolitico toro de hoy. Como la deseable sustitución del peto actual, terso y duro como una tabla en la cual el toro no puede romanear, apenas meter la cara ajo el estribo y romanear como lo hacía el toro de antaño contra el peto de borra. Sí, ¿por qué no volver al peto jerezano?

Sin embargo, lo paradójico es que los picadores son la gente más sana del mundo. Y este año, tanto en la feria de Sevilla como en la de Madrid, lo han demostrado un noble talante en la ejecución de la suerte: se ha regresado al puyazo más delantero, fijo, sin manipulaciones cuando la puya se ha introducido. Y si persiste, aunque más moderadamente, la recarga, es por culpa del tope que separa la pirámide de la base de la puya, otra prueba más del siniestro diseño de la puya reglamentaria.

Es realmente incomprensible la parálisis reglamentaria en todas la Comunidades Autónomas que se han arrogado el derecho de tener su propio reglamento taurino para luego no hacer nada.

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