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Pepe Bienvenida / La suerte suprema

miércoles, 14 de marzo de 2018

Réquiem por los 100.000 Gabrieles que son asesinados en España cada año (in memoriam)



A lo que vamos, porque estos casi 100.000 Gabrieles que son asesinados cada año por las mismas madres que después se quejan de la violencia machista no son estrangulados, no: son descuartizados, desangrados, troceados, torturados, para acabar después con algunos de sus órganos vendidos al mejor postor. Es por eso que sí me sé el nombre de sus carniceros: Mengeles.


Réquiem por los 100.000 Gabrieles que son asesinados
 en España cada año (in memoriam)

No tienen nombre, pero los llamaré Gabriel a todos. Son 94.000 en toda España, sin que los busque ninguna «Operación Ámbar». Si se contaran todos los que han muerto desde que se promulgó la ley que permitía asesinarlos, en el mismo vientre de las madres que deberían protegerlos y amarlos, no habría suficientes pozos en España para arrojar sus cadáveres.

No son estrangulados… sería una muerte demasiado dulce para ellos, para quienes el vientre de su madre es un «gulag», un campo de exterminio. Por eso, aunque tampoco sepa el nombre de sus madres, las llamaré Auschwitz, Dachau, Buchenwald, Bergen-Belsen…


Son 94.000 Gabrieles. ¿Saben cuántas mujeres fallecieron por causa de la violencia machista entre enero y noviembre del año pasado?: 44. Lamentable, pero esta cifra palidece al lado de los gabrielitos masacrados con cargo al erario público, es decir, de mis impuestos también.

¿Saben cuántos niños fueron asesinados el año pasado?: 23. Y, ¿sabían que 16 de estos crímenes fueron cometidos por mujeres?

Gabriel fue estrangulado. Su omnipresente imagen en todos los medios de comunicación me recordó en algún momento al niño Aylan, ahogado en una playa de Turquía, cuya imagen dio la vuelta al mundo y se usó profusamente como icono para la campaña publicitaria que tenía como objetivo conmover a la opinión pública europea para que acogiera refugiados. Incluso Podemos puso velitas en la escalinata del Congreso el día que se conmemoró su primer aniversario. Necrofilia pura, usar los cadáveres para intentar rascar votos y derribar el sistema.


Lo mismo que hizo la ínclita e impresentable Lucia Etxebarría, que utilizó el cadáver de Gabriel para lanzarlo contra el heteropatriarcado, al que consideraba culpable de su asesinato: 

«Caso específico de Gabriel. Tenemos un menor que había manifestado que no quería estar con la novia del padre. Aún así, es la novia del padre la que le viste, y el padre le deja a solas con ella. Porque en España los hombres no se suelen ocupar de sus hijos»

¿Saben cómo se llama la enfermedad de esta prójima ―furibunda feminista, como ven―: pues feminosis. Es un virus parecido al que padecen los indepes, imposible de erradicar cuando se contrae, y que provoca, entre otros muchos síntomas, una estupidez absolutamente cósmica… y de juzgado de guardia, también hay que decirlo. O sea, que la culpa del asesinato de Gabriel es de los hombres, del machismo.

Necrofilia a espuertas, en una sociedad emponzoñada que empieza a parecer un inmenso tanatorio, una hedionda morgue donde incluso una indepe llegó a decir a Gabrielín que se fuera a tomar el… porque también los patriotas catalanes se estaban pudriendo en la cárcel, en vez de en un pozo. Ante esta basura, dan ganas de parafrasear a Ortega, y decir: «Delenda est Hispania».

Esto es lo que pone a la izquierda
 y a las feministas radicales.

A lo que vamos, porque estos casi 100.000 Gabrieles que son asesinados cada año por las mismas madres que después se quejan de la violencia machista no son estrangulados, no: son descuartizados, desangrados, troceados, torturados, para acabar después con algunos de sus órganos vendidos al mejor postor. Es por eso que sí me sé el nombre de sus carniceros: Mengeles.

Y otra diferencia es que nadie habla de ellos, no figuran en ninguna estadística, ni siquiera la que refleja el número de fallecidos durante el año. Simplemente, no existen, solamente son carne de matadero, carne de cañón del nosotras-parimos-nosotras-decidimos. Sí, repitiendo una vez más el mantra progre del «derecho a decidir», sólo que con el pequeño inconveniente de que nadie le pregunta al niño si quiere nacer o no, porque los gabrielines no tienen ningún derecho.

O sea, que, si sé de qué va esto, resulta que existe el derecho de matar, cuando siempre he creído que el derecho más elemental es el derecho a la vida, recogido además en nuestra Constitución.

Es lo que dicen todas las instituciones globalistas, desde la ONU hasta el club Bilderberg, el club de Roma, muchísimas ONGs, y magnates conspiradores por el NOM como Bill Gates y señora, o Soros, que afirman sin tapujos: ¿Quieres ser rico? Pues no tengas hijos. Y, si los tienes, no les pongas por nombre Gabriel, por supuesto, que trae mala suerte.

Melinda Gates

La tal Melinda Gates llegó a decir, tan ufana ella, que «no ha existido jamás mayor herramienta para el empoderamiento de la mujer, su salida de la pobreza y el control de su vida que los anticonceptivos». Por eso, va a destinar otros 375 millones de dólares para tratar de despenalizar de una vez el aborto en los países africanos y repartir millones de anticonceptivos, a pesar de que ―como denuncia la activista provida nigeriana Obianuju Ekeocha―, las madres africanas no demandan anticonceptivos, sino educación, comida, agua y oportunidades para sus hijos.

El club de Roma ha llegado a proponer que los Estados paguen 80.000 dólares a todas las mujeres que al cumplir los 50 años tengan entre 0 y un hijo.


Pobres Gabrielitos, arrojados a los pozos, desangrados en quirófanos, descuartizados en satánicos mataderos a cargo del Estado; pobres gabrielitos, asesinados sin ninguna esquela mortuoria en ningún periódico ni medio de comunicación, ignorados por el tuiterío, por las bancadas del Congreso, por las feministas, sin nadie que les ponga velitas ni les regale ositos de peluche, olvidados como se olvidan las arpas en ángulos oscuros de morgues luciferinas…

Sea este mi epitafio para todos ellos, parafraseando a Rabindranath Tagore: «En los vientres de todos los mundos, se reúnen los niños. El cielo infinito se encalma sobre sus cabezas; el agua, impaciente, se alborota. En los vientres y pozos de todos los mundos, se reúnen los niños para morir».