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Pepe Bienvenida / La suerte suprema

miércoles, 30 de septiembre de 2015

Estrellas y amores brujos / por Joaquín Albaicín



"...A lo mejor el ígneo aerolito era un gesto simbólico de simpatía de la Naturaleza hacia Estrella Morente, mujer con nombre de cuerpo astral..."


"...Joselito El Gallo: “Quien no ha comido un sandwich de salmón con guacamole en la terraza del Baluarte de Pamplona, no sabe lo que es un día de toros”… ¡Doy fe de que es así y de que tal es la razón de que nadie, a día de hoy, haya podido desmentir en ese particular al Rey de los Toreros!..."


Estrellas y amores brujos


Joaquín Albaicín

Foto: José Luis Chaín
Por la tarde, comimos con Ricardo Hernández y José Manuel Gómez en Baserri -gustoso gazpacho y sabrosas carrilleras- y, ya de noche y antes de entrar al teatro, optamos por cenar más cerquita del mismo, confirmándosenos de modo incontestable la gran verdad subyacente en la sentencia de Joselito El Gallo: “Quien no ha comido un sandwich de salmón con guacamole en la terraza del Baluarte de Pamplona, no sabe lo que es un día de toros”… ¡Doy fe de que es así y de que tal es la razón de que nadie, a día de hoy, haya podido desmentir en ese particular al Rey de los Toreros!

La última Luna llena de agosto lucía ya sobre la capital navarra, y a tamaño notoriamente mayor que el de siempre. Y es que giraba ya cerca del Perigeo, es decir, del momento del año en que a menor distancia se encontrará de la Tierra. Una Luna tan próxima, tan a rebosar, invitaba al amor brujo. Y sobre la obra de Falla, precisamente, habíamos estado un par de días antes pronunciando unas palabras al tiempo que –a toro pasado nos enteramos- una bola de fuego surcaba el cielo de media España para, en estos tiempos sin augures, decirnos a saber qué… A lo mejor el ígneo aerolito era un gesto simbólico de simpatía de la Naturaleza hacia Estrella Morente, mujer con nombre de cuerpo astral.

La versión de El Amor Brujo interpretada por ella y la Orquesta Sinfónica de Navarra dirigida por Paco Suárez, que cerró la edición de este año de Flamenco On Fire, no fue la bailada por Pastora Imperio y mi tía María D´Albaicín. No era Gitanerías, aquel montaje ya mítico estrenado hace cien años, sino El Amor Brujo en formato de suite, erigido por deseo del compositor en versión definitiva.

Secundada por la guitarra segura y bien temperada de Montoyita y las palmas y coros de Ángel Gabarre y Antonio Carbonell, Estrella abrió la velada con un sartal de palos flamencos mecidos con su aire característico. Después, dio paso a la orquesta, que inició su cometido bajo el gobernalle de la batuta de Paco Suárez y la mirada de una Luna llena roja que, mayor aún que la de fuera, la contemplaba, vigilante, desde el telón de fondo. Se incorporó luego Estrella, ensamblando a la perfección su voz con la melodía brotada de los violines con superficie de cebolla caramelizada y fascinando al auditorio con sus ademanes, miradas y apuntes bailaores al carboncillo tan de reina del cine mudo, como una Pola Negri o una Gloria Swanson que estuvieran inaugurando el sonoro. Hasta su desmayo sobre las tablas -Candela herida por el espectro- derrochó autenticidad teatral.

Después, bañados por la Luna, nos encaminamos todos hacia el Tres Reyes, donde –con Juan Carmona a la guitarra y Bandolero sobre el cajón- su hermano José Enrique y Saúl Quirós cantaron como en la anterior columna les conté. Y bueno, se improvisó acto continuo un corrillo que hizo las delicias de todos, pues no creo que para el público –habituado a tomar una copa, disfrutar del espectáculo e irse a casa- sea normal encontrarse, al término de la gala, de repente y por gentileza de la casa, formando parte de una juerga protagonizada por los artistas a los que acaba de escuchar, y mucho menos a que a ella, de corazón y dándolo todo, se sume Estrella Morente.

La Luna quedó contenta y, las semillas del año próximo, sembradas con mano de buen cosechero. Desde el vestíbulo, mientras saboreabas la copa de balón de la vida, llegaban el fragor de los olés, el rasgueo hermanado con el cante, las risas, el chinchín de los brindis… ¡La Danza del Fuego!