la suerte suprema

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Pepe Bienvenida / La suerte suprema

domingo, 6 de noviembre de 2016

ACADEMIA DE MÉRIDA-VENEZUELA: DISCURSO DE INCORPORACIÓN FORTUNATO GONZÁLEZ COMO INDIVIDUO NÚMERO.



"...Uno de los grandes desafíos de la ciudad de hoy es su dinámica integradora. No se trata de ser homogénea, sino que su diversidad tenga carácter de conjunto de modo que las diversas culturas, los distintos estratos, las comunidades diferenciadas sean valores reconocidos por el conjunto como componentes identitarios de la ciudad y tengan efectiva convivencia, sentido de pertenencia y participación política..."



LA NATURALEZA POLÍTICA DE LA CIUDAD

FORTUNATO JOSÉ GONZÁLEZ CRUZ


DISCURSO INCORPORACIÓN COMO INDIVIDUO NÚMERO SILLÓN 6

ACADEMIA DE MÉRIDA

  • INTRODUCCIÓN
La Academia de Mérida me honra una vez más por decisión unánime de su Asamblea de Miembros al ascenderme a la condición de Individuo de Número, ocupante del sillón N° 6 que le correspondió a nuestro distinguido escritor y amigo Jesús Serra, estudioso de César Vallejo a quien dedicó unas hermosas páginas de las que entresaco las siguientes: 

“ Cuando la infancia ha transcurrido entre elevados árboles, acequias virginales y sencillas, cielos de azul insospechado, graneadas palabras de campesinos frecuentemente silenciosos …entonces habrá espacio para albergar los solares versos de Vallejo.” 

El poeta peruano no tuvo que levantar la mirada para ver el cielo pues nació en el nido de un cóndor, como tampoco Jesús Serra que tenía frente a sí el lugar donde el mar Caribe es más azul y más tibio. Me tocó en suerte nacer en un estrechísimo valle donde a duras penas caben la calle que sube y la que baja de mi pueblo, guarnecido de altas montañas que apenas dejan ver una breve pincelada de cielo.

Quizás la escasez de pueblo mi hizo amar los espacios íntimos, emprender el camino con aquellos pasajes trujillanos a cuestas y desde la perspectiva de mis querencias, hilvanar un discurso vital que me ha traído a este abrevadero del conocimiento, a compartir con ustedes estas reflexiones entre científicas y emotivas, como le gustan a mi hermano Francisco “el Morocho” que me acompaña en este mismo surco desde nueve meses antes de nacer.

Allá, detrás de las montañas desgajadas en el nudo de Mucuñuque con la ilusión de ver el mar, aprendí que la ciudad no es una simple aglomeración de casas, y que el afán reduccionista de los estadísticos no podía sentenciar que mi pequeño pueblo es menos ciudad que una metrópoli por tener menos habitantes. Distinta sí, evidentemente. Pero es que existen ciudades populosas con pocos ciudadanos, y otras donde sus pocos habitantes ejercen su ciudadanía.

  • HISTORIA
La ciudad comienza su larga historia alrededor del fuego, adorado como un dios protector por los pueblos primitivos conscientes de que la existencia dependía de su generosidad para brindar luz y calor. El ilimitado poder creativo de la inteligencia humana les permitió desarrollar conocimientos, dominar el fuego y abrigarse, y continuar el largo e inacabado trabajo cultural hasta aprender a sembrar las semillas y recoger los frutos. Teilhard de Chardín escribió que el primer compromiso del hombre con Dios y su primer gran desafío es el desarrollo de su cerebro que alcanzó hitos fundamentales cuando supo quién es, quienes sus semejantes, quienes los animales y las plantas y los demás elementos de su entorno. Por ello puso nombres y surgió el lenguaje. Trashumantes hasta entonces, fuego y tierra les permitió establecerse y construir casas unas al lado de las otras, y espacios comunes para compartir, e inventar nuevas relaciones que son los fundamentos de la ciudad desde aquellos momentos iniciales hasta hoy. Desde entonces el ser humano es el alfa y el omega, la familia su dimensión genérica y la ciudad su contexto territorial, el lugar que asegura su subsistencia, donde anidan sus afectos, de la organización, de la comunicación y del taller donde forja su cultura. Se ha transformado el instrumental tecnológico, pero los componentes de la ciudad en lo esencial siguen en el siglo XXI siendo los mismos: tierra, agua, aire y fuego; una población que la habita, unos modos de relacionarse con Dios, espacios íntimos y espacios públicos. 

La ciudad es un sistema complejo de relaciones personales e institucionales que se realizan en infraestructuras dentro de un orden normativo establecido por sus habitantes. También es un relato, como el discurso de incorporación de Álvaro Sandia Briceño que a decir del presidente de esta Academia, Ricardo Gil Otaiza, desde una mirada que acusa la influencia de Edgar Morín y la corriente del llamado “pensamiento complejo”, anduvo por los linderos historiográficos de la crónica a la creación literaria. 

La vida en la ciudad requiere normas de convivencia que supone unos valores individuales, familiares y comunitarios que son los presupuestos indispensables de la organización política. Así, surgen en un primer momento las pautas de comportamiento no diferenciadas, hasta que una larga evolución le permitió distinguir entre lo social, lo religioso, lo moral y lo político, y experimentar los diversos sistemas de dominación o autoridad que mucho más tarde Max Weber clasificó en racionales, tradicionales y carismáticos. Todas pueden tener una base de legitimidad, que para el autor alemán es una creencia y para las doctrinas más modernas el resultado de la percepción colectiva de que la autoridad ha tenido un origen correcto y se ejerce para el bienestar y la prosperidad del pueblo conforme a reglas jurídicas, como lo estableció la más antigua escolástica. La autoridad legítima será obedecida y la ilegítima tendrá que apelar a la arbitrariedad si se quiere imponer. No obstante, en la ciudad solo es válido y legítimo el gobierno democrático, plural, transparente y cercano.

La ciudad comienza su existencia cuando la comunidad se asienta. Escoge un sitio como emplazamiento, lo transforma en lugar mediante el largo proceso geohistórico en el que se conjugan naturaleza y acción transformadora del hombre, y allí establece su hogar a partir del cual se forma la comunidad que es el germen de la ciudad. A partir de allí, aposentados sus integrantes, crea unas normas que le aseguran la solución pacífica de sus problemas, la satisfacción de sus necesidades y establecer una autoridad que administre el poder. El proceso que socializa al individuo comienza en el momento de la concepción, que no tendrá las mismas consecuencias si es un acto de amor o de violencia; continúa durante la gestación que tampoco será igual si la mujer ama u odia, goza o sufre, come bien o pasa hambre; y se abre a la plenitud de la interacción social cuando sus sentidos le muestran un entorno apacible o violento, abundante o miserable, amable o grosero, y alguien, preferiblemente la madre, asume el papel del alfarero. Es la sociedad mediante el amasado cotidiano en el seno de la familia la que modela la persona de bien o el delincuente. 

Son, generalmente, los padres de familia quienes inicialmente conforman la autoridad de la ciudad originaria en un proceso lento de transformación de un espacio vital en un ámbito humanizante que hace o que permite y facilita el desarrollo de la condición humana, de la civilización, del desarrollo de la inteligencia, de la creación de una comunidad política que dicta normas especializadas en el establecimiento de unas condiciones de vida entre sus habitantes, esas normas son el producto de la convivencia en ese lugar y en sus circunstancias. Las normas no vienen de afuera, son producto de la experiencia en la construcción del colectivo. Es en términos griegos la politeia y romanos la civitas. Este proceso se ve con gran claridad en el descubrimiento, conquista, colonización y poblamiento de Hispanoamérica en un proceso que tiene sus antecedentes en el repoblamiento en España y se prolonga en la fundación de las ciudades en América. La instrucción dada por la corona española a los adelantados o conquistadores mediante las capitulaciones, que luego serían sistematizadas en la “Recopilación de las Leyes de los Reynos de las Indias” ordenadas por el rey Carlos II, recogía las antiguas instituciones del derecho castellano leonés de Alfonso X El Sabio para fundar ciudad, o para que una ranchería adquiriera la cualidad de villa o ciudad debería regirse por sus propias normas, es decir ordenanzas, dictadas por las autoridades surgidas desde el mismo momento de la fundación entre los primeros pobladores. Es, en consecuencia, el nacimiento de este derecho primitivo básico que asegura la convivencia lo que convierte un asentamiento temporal en ciudad. Esas normas y autoridades se van definiendo en el largo camino de la civilización que los expertos antropólogos ubican en los fértiles valles de Mesopotamia, se desarrollan en Grecia y Roma, maduran en Europa durante el largo proceso medieval, se remozan en la reconquista ibérica y adquieren pleno esplendor en el sorprendente y vertiginoso proceso de poblamiento y fundación de las ciudades de América.

La formación de las ciudades en Hispanoamérica no siguió el patrón común de una lenta cocción como sucedió en el mundo antiguo. En poco menos de un siglo se fundaron todas las ciudades de América según el plan establecido por la reina Isabel. 
Mario Briceño Iragorry dijo en el acto de celebración del IV centenario de la ciudad de Barquisimeto que “el campamento azaroso donde impera la ley de los valientes, es sustituido por la sala capitular, donde el Alcalde, desceñidas las armas, hace justicia apoyado en el débil bastón de la magistratura. Eso es la ciudad. Se le funda para hacer en ella pacífica vida de justicia.” 

Más adelante, en la misma conferencia, señala que “en los cabildos, donde adquiere fisonomía el derecho de las ciudades, se da vida a instituciones políticas enmarcadas en las posibilidades del tiempo y definidas por las líneas conceptuales de la propia fisonomía de la sociedad.” 

Como afirma Allan Brewer Carías en su monumental obra “La ciudad ordenada”, la fundación de los pueblos exigía el establecimiento de una organización municipal. Fundar un pueblo era establecer unas civitas o una República lo que exigía una organización política local que rigiera y gobernara a la comunidad respectiva que se asentaba en un determinado territorio. “Un pueblo por tanto no sólo era una planta física sino gente asentada juntada reunidas reducida en un lugar y unas autoridades y leyes que rigen en la vida comunitaria.” “Si faltaba uno de esos elementos puede decirse que conforme a la legislación colonial americana no existe un pueblo, una villa o una ciudad.”

La ciudad es un ámbito de relaciones personales íntimas, familiares, comunitarias y sociales, y en esta última escala las hay de todo tipo como laborales, comerciales, religiosas y por supuesto políticas. Estas últimas se dan entre las personas mediante las organizaciones políticas y la autoridad local cuando se participa, vota, reclama o propone, en fin, en la medida en que sus habitantes ejercen su ciudadanía política. 

  • NATURALEZA
La pretensión de escudriñar la naturaleza política de la ciudad obliga a partir del conocido concepto aristotélico de politeia. El libro comienza con el siguiente párrafo: “Todo Estado es evidentemente una asociación, y toda asociación no se forma sino en vista de algún bien, puesto que los hombres, cualesquiera que ellos sean, nunca hacen nada sino en vista de lo que les parece ser bueno. Es claro, por lo tanto, que todas las asociaciones tienden a un bien de cierta especie, y que el más importante de todos los bienes debe ser el objeto de la más importante de las asociaciones, de aquella que encierra todas las demás, y a la cual se llama precisamente Estado y asociación política.” Y agrega poco más adelante: “La naturaleza arrastra pues instintivamente a todos los hombres a la asociación política. El primero que la instituyó hizo un inmenso servicio, porque el hombre, que cuando ha alcanzado toda la perfección posible es el primero de los animales, es el último cuando vive sin leyes y sin justicia. En efecto, nada hay más monstruoso que la injusticia armada. El hombre ha recibido de la naturaleza la sabiduría y la virtud, que debe emplear sobre todo para combatir las malas pasiones. Sin la virtud es el ser más perverso y más feroz, porque sólo tiene los arrebatos brutales de la pasión y del hambre. La justicia es una necesidad social, porque el derecho es la regla de vida para la asociación política, y la decisión de lo justo es lo que constituye el derecho”.

Cuando Aristóteles se refiere a los fundamentos de la ciudad dice: “numeremos las cosas mismas a fin de ilustrar la cuestión: en primer lugar, las subsistencias; después las artes, indispensables a la vida, que tiene necesidad de muchos instrumentos; luego las armas, sin las que no se concibe la asociación, para apoyar la autoridad pública en el interior contra las facciones, y para rechazar los enemigos de fuera que puedan atacarlos; en cuarto lugar, cierta abundancia de riquezas, tanto para atender a las necesidades interiores como para la guerra; en quinto lugar, y bien podíamos haberlo puesto a la cabeza, el culto divino, o como suele llamársele, el sacerdocio; en fin, y este es el objeto más importante, la decisión de los asuntos de interés general y de los procesos individuales.”

Desde la perspectiva que ofrece el principio de subsidiaridad introducido en la filosofía política por las encíclicas Rerum Novarum y Quadragesimo Anno, la ciudad y su gobierno son sus primeros eslabones de la responsabilidad política, como lo señaló Aristóteles al crear el término politeia para definir la naturaleza de la ciudad. Como lo explica Otfried Hoffe, el hombre carece de autarquía y está obligado por su naturaleza a convivir y a cooperar, primero para la reproducción y luego para la supervivencia y para la vida. Es un ser que ama. Pareja, familia, clan y comunidad política, en ese orden. En las relaciones humanas sucede un proceso de diferenciación y complejidad desde lo elemental biológico y afectivo, como la pareja, a la ciudad, en la búsqueda de la felicidad, del buen vivir, ya con estructuras diferenciadas, sistemas complejos, normas e instituciones. 
La ciudad es en la línea evolutiva de la organización social donde el hombre se encuentra con la política, la demanda de normas e instrumentos que se ocupan de la previsión existencial, de la organización de su entorno, la atención de las necesidades colectivas y la dirección de los asuntos del porvenir, es decir, del gobierno. La precariedad del ser humano le obliga a organizarse y a correr riesgos en su existencia individual, menores por supuesto en la ciudad, como lo observó Tocqueville cuando, sorprendido, constató que las bases del éxito de la sociedad norteamericana estaban en los condados, es decir, en la comunidad política local.

“La ciudad puede ser representada por «atributos» que son la expresión formal de las significaciones imaginarias que mantienen a la ciudad unida. Los individuos socializados pertenecen a la ciudad en la medida en que participan en las significaciones imaginarias, en sus normas, valores, mitos, representaciones, proyectos, tradiciones, etc., y porque comparten -lo sepan o no- la voluntad de ser de esta ciudad y de hacerla ser continuamente.” Tal es la propuesta de Cornelius Castoriadis, quien inspiró significativamente el mayo francés. Su aporte propone ver la ciudad como es y como la imaginan sus habitantes. Desde esta perspectiva, la ciudad es una realidad física que ocupa un espacio, en ella se realiza la existencia de una colectividad que interactúa y se socializa, que va construyendo un relato cotidiano, dinámico y complejo más o menos definido que identifica; pero también se dan las percepciones subjetivas individuales y de grupos que forman visiones particulares, ideas, prejuicios, paradigmas o imágenes que no por inmateriales dejan de formar parte de la ciudad, de su “marca”. Estas tres representaciones de la ciudad: objetiva, dinámica e idealizada admiten una valoración, y de la calidad de cada una y de su conjunto depende su fuerza humanizante, su potencial innovador y su visión de largo plazo, o su fracaso. Esta complejidad supone que el liderazgo debe si no conocer al menos comprender la ciudad. 

La mirada de Álvaro Sandia sobre su ciudad de Mérida, antes de Rafael Dávila expuesta en este salón, al menos obliga a preguntarse por qué el abandono de estos espacios históricos por sus linajudos habitantes de antaño. Y esa mirada no es la misma de los expertos sismólogos ni de los urbanistas aquí expuestas. Tampoco es la de un vecino de San Jacinto, abajo en Chama, ni de quien la contempla sorprendido entre su belleza y su lejanía desde su casa encaramada en las faldas del Cerro de Las Flores. Es la misma cuidad y sin embargo tan distinta y con significados que debieran encontrarse en algún punto real o imaginario y generar compromisos. Por éstas y muchas otras razones, la creación de un espacio político democrático no es una simple cuestión de disposiciones legales que garanticen a todos la libertad de expresión, de pensamiento, de acción y de oposición sino la más genuina expresión de la voluntad de sus habitantes. La clave está, además, en qué puede hacer la población con sus derechos. 

Dice Aristóteles que “Las leyes más útiles, las leyes sancionadas con aprobación unánime de todos los ciudadanos, se hacen ilusorias, si la educación y las costumbres no corresponden a los principios políticos”

Para ello es esencial la educación de los ciudadanos, la paideia griega, la toma de conciencia de que la ciudad nos crea al tiempo que nosotros la creamos a ella, que su destino depende también de nuestra reflexión, comportamiento y decisiones; en una palabra, la creación del espacio público político de la ciudad a través de la participación abierta en la vida política. Las ciudades de hoy, afirma Fabio Giraldo Isaza cuando comenta el aporte de Cornelius Castoriadis desde su perspectiva de lo imaginario, tienen la posibilidad de romper la clausura reinventando la política y haciendo nuevamente activa a la filosofía política: creando al ciudadano y al filósofo público en la ciudad, en el espacio público político y arquitectónico donde la política, pensamiento y arte lleguen a ser modos de vida, donde el ser humano crea la ciudad y ella crea a los seres humanos. La ciudad es creación y autocreación. Es una cuasi totalidad, dice, mantenida por lenguajes, normas, familias, herramientas, modos de producción, infraestructuras agrego, y por las significaciones imaginarias sociales que estas instituciones encarnan -tótems, tabúes, dioses, Dios, mercancía, riqueza, patria. Esta perspectiva analítica facilita la comprensión de la complejidad de la ciudad y de sus sistemas. 
  • SMART CITIES
Otra perspectiva es la que ofrece Ernst Forsthoff, filósofo alemán, quien señala que la vida en las ciudades hoy está cada vez más condicionada por los procesos técnico-industriales. Escuchamos hace poco al compañero numerario Luis Aguilar disertar sobre las smart cities que buscan la máxima y más óptima aplicación de las tecnologías de la información a la organización y funcionamiento de los servicios en las ciudades. La existencia individual del habitante de la ciudad y su calidad depende cada vez con mayor amplitud y calidad de los procesos tecnológicos. La previsión existencial, dice Forsthoff, significa un ámbito vital dominado por el Estado del que depende. Esa dependencia es real y también psicológica, como una novísima forma de enajenación, en el concepto de Marx

El ciudadano es un consumidor sometido a condicionantes oficiales y su modo y calidad de vida depende en alto grado de la burocracia. Es entonces cuando tiene sentido liberador el que la previsión existencial se ubique en el ámbito competencial del gobierno de la ciudad, en el Municipio, porque es una garantía de la existencia de la persona en tiempos de la nanociencia y de las tics. Es consumidor, pero antes ciudadano en el sentido aristotélico. No se puede descartar, en la especulación teórica, la posibilidad de que una ciudad pueda ser gobernada mediante procesos exclusivamente técnicos, pero esa posibilidad orwelliana tiene en la condición humana, en su dignidad e inteligencia y en sus pasiones la garantía de la libertad. El papa Francisco se refiere a este asunto en la encíclica Laudato si cuando afirma que “… en el origen de muchas dificultades del mundo actual, está ante todo la tendencia, no siempre consciente, a constituir la metodología y los objetivos de la tecnociencia en un paradigma de comprensión que condiciona la vida de las personas y el funcionamiento de la sociedad… Ciertas elecciones, que parecen puramente instrumentales, en realidad son elecciones acerca de la vida social que se quiere desarrollar... Por eso «intenta controlar tanto los elementos de la naturaleza como los de la existencia humana». La capacidad de decisión, la libertad más genuina y el espacio para la creatividad alternativa de los individuos se ven reducidos.”

La cuestión está en colocar al ser humano en el vértice, asumir un antropocentrismo radical y a la vez ecocéntrico que reconoce el valor superior del ser humano, su inteligencia, su libertad y su responsabilidad con la casa común. Sobre la ciudad han llovido todas las maldiciones: la peste negra, la guerra, el terror, el hambre, la miseria. Toda suerte de infortunios. En Dresde no quedó un ladrillo sobre otro, el poder atómico derritió Hiroshima, hoy la hermosa Alepo es una ruina que nos confronta como especie humana capaz de producir las más grandes atrocidades. No creo que los infiernos provienen de los avances científicos, ni los futuros vengan por la tecnociencia, sino, como siempre, de los propios seres humanos envenenados con las mismas antiguas pócimas malditas del poder, la codicia, las ideologías y los fanatismos. Toda la responsabilidad es humana, como todo el conocimiento.

Los grandes avances científicos y tecnológicos, como lo demuestra la historia de la civilización, ha contribuido al bienestar y a la prosperidad de la humanidad, que ha sido capaz de enfrentar los grandes desafíos de su existencia. La ciudad ha sido el escenario de este proceso que avanza a ritmo vertiginoso y de la antigua ciudad amurallada e insalubre de pocos moradores, hoy millones de personas viven en ciudades que aseguran una altísima calidad de vida. Los medios ofrecen la narrativa consuetudinaria de ambientes políticos y sociales estables con óptimos servicios de salud, educación, infraestructuras, ambiente saludable, entornos económicos y socioculturales de calidad, servicios públicos y transporte, recreación, bienes de consumo, acceso a viviendas, seguridad y naturaleza. 
Con vista a estos parámetros, varias instituciones elaboran anualmente la nómina de las ciudades de mayor a menor calidad de vida: Viena, Auckland, Vancouver, Tokio, Berlín, Copenhague, Múnich, Melbourne, Sídney, Kioto, Estocolmo, Helsinki, Zúrich, Madrid, Hamburgo, Lisboa, Barcelona, Honolulu, Portland y Montreal encabezan la lista, miles de pequeñas ciudades seguramente están por sobre estas, mucho más visibles. 
En la cola están Damasco, Trípoli, Lagos, Dacca, Port Moresby, Argel, Karachi, Harare, Duala y Kiev. En América Latina ocupan los primeros lugares pero a distancia considerable Montevideo, Buenos Aires y Santiago. En los últimos lugares están Caracas y Puerto Príncipe. Es la calidad de los procesos históricos, sociales y políticos lo que impone, para bien y para mal, sus condicionantes. La cultura urbana, afirma el jesuita Pedro Trigo, “está conformada por los modos que tienen los habitantes de la ciudad para realizar su condición humana, habida cuenta de su herencia histórica y de la mayor o menor calidad de los haberes históricos que impulsa al colectivo a humanizarse, a un ascenso en la calidad de sus relaciones”. 
Estos procesos ni son lineales ni siempre ascendentes, porque de pronto los hombres abren la caja de Pandora y dejan escapar los demonios que anidan en sus almas.
  • CASA COMUN
La ciudad es un ámbito delimitado, un espacio determinado por coordenadas geométricas y por el imaginario. Alguna vez dije que la gente de café Madrid comprendió esto tan sencillo cuando colocó su publicidad en avisos que decían: Bienvenido a…por un lado y feliz viaje por el otro, casi las únicas indicaciones en este país tan desguarnecido de señalización. Este espacio debe tener un diseño que cumpla al menos unas mínimas condiciones: humanizante para que asegure la convivencia de sus habitantes, belleza para elevar el espíritu y armonía con la naturaleza. El papa Francisco lo dice así: “Dada la interrelación entre el espacio y la conducta humana, quienes diseñan edificios, barrios, espacios públicos y ciudades necesitan del aporte de diversas disciplinas que permitan entender los procesos, el simbolismo y los comportamientos de las personas. No basta la búsqueda de la belleza en el diseño, porque más valioso todavía es el servicio a otra belleza: la calidad de vida de las personas, su adaptación al ambiente, el encuentro y la ayuda mutua…. Toda intervención en el paisaje urbano o rural debería considerar cómo los distintos elementos del lugar conforman un todo que es percibido por los habitantes como un cuadro coherente con su riqueza de significados… ¡Qué hermosas son las ciudades que superan la desconfianza enfermiza e integran a los diferentes, y que hacen de esa integración un nuevo factor de desarrollo! ¡Qué lindas son las ciudades que, aun en su diseño arquitectónico, están llenas de espacios que conectan, relacionan, favorecen el reconocimiento del otro!”

Son dos asuntos importantes: La ciudad debe tener calidad para que sea efectivamente humanizante, para que se enriquezca la condición humana; y debe ser integradora. Cuando la ciudad es compartida por todos sus habitantes habrá una sola cultura y en ciudades muy grandes, populosas o extendidas, no bien integradas, podrán coexistir varias culturas cuyas relaciones pueden ser armónicas o excluyentes. La humanización hacia el bienestar y la prosperidad de los habitantes de la ciudad dependerá de la calidad del proceso civilizatorio, y en caso de varias culturas en una misma ciudad, de la calidad de las relaciones interculturales. En la ciudad se producen relaciones entre personas que se conocen, pero prevalecen las relaciones anónimas. Para que se produzca este tipo de relación interpersonal y genere ciudadanía se requiere de infraestructuras que las favorezcan como los espacios públicos, que facilitan el intercambio: plazas, parques, áreas deportivas, espacios culturales, bosques, sitios de recreación, teatros, y lo mejor los centros históricos y lugares emblemáticos que generan, además, sentimientos de identidad y pertenencia.

Pedro Trigo afirma que la ciudad, como sistema de relaciones humanas, como infraestructura y como imaginario es también un anhelo en particular para los grupos excluidos, aquellos que están y no están en la ciudad. Desde una perspectiva antropológica y de convivir en la pobreza en barrios marginales de Caracas, nos dice que la ciudad es una referencia simbólica en cuanto puede actuar como paradigma…pero no es el lugar donde se están los pobres, los marginales. Se está en las afueras, en el extrarradio, en el suburbio.” 

Dice “si la ciudad fue el primer puerto del destino ideal, si ella es la fuente de la vida material, si de ella proceden tantos elementos que el habitante del barrio considera valiosos, y sin embargo la ciudad, meta, fuente y paradigma, lo desprecia, le cierra la puerta y además lo explota y domina ¿qué conflicto interno tiene que tener una persona rechazada por lo que valora y anhela?… ¿Se sentirán convocados a construirla?

Uno de los grandes desafíos de la ciudad de hoy es su dinámica integradora. No se trata de ser homogénea, sino que su diversidad tenga carácter de conjunto de modo que las diversas culturas, los distintos estratos, las comunidades diferenciadas sean valores reconocidos por el conjunto como componentes identitarios de la ciudad y tengan efectiva convivencia, sentido de pertenencia y participación política.

Jordi Borja y Manuel Castells han trabajado la ciudad y producido juntos y por separado una abundante literatura. Estos destacados urbanistas facilitan la exposición de unas proposiciones que no por conocidas dejan de ser importantes. Cada ciudad debe tener su proyecto formalmente establecido. Es más, el éxito de una ciudad depende en gran medida de que sus políticos y sus expertos, y ojalá sus ciudadanos, sepan leer y descubrir el proyecto que guarda en su naturaleza, como el mármol la obra que esconde, según Manuel de la Fuente. Mérida, por ejemplo es femenina y acuática, por lo tanto delicada y sensual, de temperamento que va de lo impetuosa a lo apacible, con una cultura definida por la particular influencia de la riqueza del paisaje donde se emplaza, una población que mezcla orígenes diversos y una historia que destaca por su calidad humanizante
Nadie puede imponerle a la ciudad su proyecto político, tampoco su improvisación irresponsable, ni puede elaborarse sin el concurso de expertos y sin el calor de sus ciudadanos, siempre a partir de la lectura de su asentamiento y de su proceso histórico. A partir de allí deben desprenderse sus planes, sus programas y sus proyectos. 

Hoy la ciudad y su gobierno no pueden actuar intramuros porque el impacto de la globalización la condena al fracaso. Los impactos de la neociencia y de las tics son ineludibles para bien y para mal. Serán muy negativos si se ignoran porque marginan en forma despiadada, y pueden ser positivos si se sigue el camino que sugiere Francisco González en su tesis de la lugarización, cuando señala lo siguiente: “La lugarización, como definición proemio, son todos los procesos que revalorizan a lo local, en el contexto de la globalización. Es la inclinación global hacia la valorización de lo local. Es el cambio en la naturaleza de los lugares, como consecuencia de los procesos de conexiones complejas y de transformaciones identitarias, propias de la globalización.” 

La ciudad supone unos mínimos, mejor óptimos, que aseguren la subsistencia, la calidad de la convivencia, el orden, la armonía con la naturaleza, la riqueza del lenguaje y de sus diálogos, su financiamiento lo más autárquico posible que sostenga su autonomía. En fin el cuidado de su economía, de su paisaje, de su orden y seguridad, de su integración, de su cultura y de su belleza. En fin, la ciudad requiere de la aptitud y honestidad de sus élites y de sus gobiernos con capacidad de asumir una gestión de largo aliento, abiertos a la participación ciudadana, al reconocimiento de los liderazgos dentro de un orden democrático que impida los daños de los autócratas, de los demagogos y de los ignorantes. 

El Informe Mundial de Ciudades 2016 que se presentó el pasado miércoles 5 de octubre en Nueva York, es el resultado de 20 años de estudio y sirvió de base de la tercera edición de la conferencia de ONU Hábitat sobre desarrollo urbano sostenible Hábitat III, que se efectuó en Quito, con el fin de marcar la agenda del crecimiento de las ciudades para las próximas décadas. El Informe incluye cinco principios irrenunciables: Asegurar un nuevo modelo que proteja los derechos humanos y el cumplimiento de la ley; garantizar un crecimiento inclusivo; empoderar a la sociedad civil, promover la sostenibilidad medioambiental y promover las innovaciones que faciliten el aprendizaje y compartir el conocimiento.

Todo, a fin de cuentas depende de la intensidad de la ciudadanía, de la pasión de los habitantes por su ciudad, del amor por ella expresado en acciones. Es la única garantía de que los procesos políticos estimulen la presencia de los mejores ciudadanos en el gobierno de la ciudad.