la suerte suprema

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Pepe Bienvenida / La suerte suprema

domingo, 11 de septiembre de 2011

QUITO: MUERTE EN EL RUEDO / Por Fortunato González Cruz

Vuelta al ruedo al toro de la ganadería de Triana
Lidiado y muerto por Enrique Ponce siendo premiado con dos orejas rabo /Fotografía La Loma/

Muerte en el ruedo

Fortunato González Cruz***

Mérida, Domingo 11 de septiembre de 2011

Apreciado amigo don Juan Lamarca: 

Me pides unas reflexiones sobre la prohibición de la muerte del toro en el ruedo contenida en la novísima Ordenanza sobre las corridas de toros en Quito. He iniciado el escrito varias veces y cuando avanzo unos párrafos se va la corriente eléctrica (entre 9 y 11 de la noche) a consecuencia de los apagones sorpresivos ordenados por el gobierno de Chávez. Recupero parte de lo escrito pero no el hilo de las ideas expuestas, sustituidas de repente por la impotencia y la rabia. Intento retomar la narrativa pero claman en mi subconsciente los miles de muertos de Nueva York –la televisión difunde imágenes de hace 10 años- que recuerdan la frialdad con la que el hombre es capaz de matar a sus semejantes en cantidades industriales, segando vidas que fueron cada una un proyecto, convertidas en muertes anónimas, en un túmulo erigido en símbolo, porque muchas de esas muertes no tienen ni siquiera identidad. 

Para vivir a plenitud no se puede pensar en la muerte, menos en la propia. Se aleja para que no interfiera en la cotidianidad de nuestras vidas pese a ser un acontecimiento impredecible e inaplazable. Nos desentendemos de la muerte para ocuparnos de la vida. A lo sumo la confiamos a Dios para hacer posible la libertad con todas sus consecuencias, pero sin plantearnos la posibilidad de nuestro turno. En su empeño por olvidar la fatalidad, la trasladamos al lenguaje de los símbolos en el que desarrolla plenamente sus posibilidades, porque en el mundo del misterio y la leyenda ya no es una amenaza, no pende sobre cada uno de nosotros, ni siquiera nos asusta como cuando la vacilante llama de una vela proyectaba sombras en las viejas tapias encaladas. En el mundo de la imaginación sí que puede extenderse la ilimitada posibilidad de jugar con ella, como el torero, embebido en su adrenalina, transmutado en ráfagas sólo perceptibles por los elegidos. Es la diferencia entre ver la muerte en los noticieros, ordenarla o ejecutarla por maldad, y hacer culto de ella reconvertida en un rito artístico y fugaz. 

Occidente hizo de la muerte un símbolo. Grecia la representó en Tánatos, los aztecas en Mictecacihuatl, los mayas en Ah Puch y los Incas en Supai, dioses individuales. Dante la colectiviza cuando la guadaña de la peste segaba pueblos enteros, y Juan Rulfo nos mete a todos en los diálogos que nunca se sabe si son reales o de ultratumba. Posada hizo de ella una seductora calavera: “La Catrina”, la representación más mexicana de la muerte, que me hechiza. Hace poco me hice tomar unas fotografías en una exposición de “catrinas” en la plaza de Guadalajara. Todas estas muertes están cargadas de valores simbólicos, incluso metafóricos, porque son alternativas a una realidad que tratamos de evitar. Pero la mayor carga alegórica de la muerte la propone el cristianismo, que la coloca en el centro de la esperanza. No una muerte cualquiera, sino la más cruel, injusta y brutal de todas las muertes, como para que todas quepan en ella y todos los muertos se abracen a la cruz del Redentor en su afán de prolongar la vida por todos los siglos. No en vano la fiesta brava ha estado tan ligada a los pueblos católicos como el español, el mexicano y el quiteño, aunque esto no lo entiendan muchos de los infelices que eventualmente ocupan cargos de autoridad sobre esas colectividades. 

La muerte humana despliega la esperanza mientras que otras muertes carecen absoluto de significado, salvo que el hombre le imprima uno gastronómico, experimental o ritual. ¡Hemos disfrutado juntos de un cochinillo a la segoviana! El toro de lidia es un ser escogido por los dioses para prolongar su existencia como ningún otro animal. Se le recordará por su nombre transmutado en alegoría de una estirpe única, porque ha de morir en una plaza luego de dar testimonio de su casta, de su bravura y de su nobleza. ¿Quién recordará los toros quiteños, retirados a morir apuntillados en los chiqueros? Sin el sacrificio ritual en el ara del ruedo, la lidia seguirá siendo un espectáculo pero jamás la liturgia cargada de estremecimientos. La voluntad legal de unos hipócritas transforma al toro, que nació y se crió para eternizarse en una plaza; al torero que ya no será matador de toros, y al arte en el que la muerte heroica es su esencia. ¿Qué se pretende? La consecuencia es la desnaturalización del arte taurino. Ahora los quiteños montarán algo como el rodeo norteamericano o maniobras de circo pero no llamen a eso corrida de toros. 

Apreciado don Juan: Nos ha correspondido vivir tiempos de grandes cambios muchos para bien y otros que nos parecen en franca negación de valores permanentes. El honor, la palabra empeñada, el respeto al derecho ajeno, el trabajo como única fuente legítima del bienestar y la prosperidad se mantienen, no tengo duda de ello; pero hay cosas que adquieren protagonismo que chocan contra esas convicciones que nos parecían eternas y que son eternas. Entre ellas obran algunas minorías portadoras de la peste que como votan, sus proposiciones alcanzan categoría política. Es el riesgo advertido hace más de 2000 años por Aristóteles. No sucede en todas las sociedades con semejante intensidad, pero vivimos en las que nos toco en suerte. Me dijiste una vez que la feria de Quito era la mejor de Iberoamérica por la cordialidad de la gente, el ambiente festivo y la calidad de sus corridas de toros. En torno a ella han surgido ganaderías emblemáticas, toreros valientes, empresas prósperas, grandes amistades que comparten sueños e ilusiones en las que el toro juega el papel de símbolo de los valores que cultivamos. ¿Y ahora? Unos cuantos farsantes la reducen a una monumental payasada. No dudo que acudirán a ella algunas de las figuras del toreo, como van a tantos feriales echando por delante los veedores que cuidarán la selección de toros cómodos y le harán los arreglos que disminuyan los peligros, de modo que el público circense los aplauda y cronistas de sobre los alaben; mientras tú y yo, y los amigos de la Dinastía Bienvenida y muchísimos más nos resignamos entre vinos y tapas a vivir la decadencia y tratar de hacer lo que humanamente podamos. 

No son tiempos de héroes, que los hay. El premio Príncipe de Asturias reconoce los de Fukushima, por ejemplo. En el arte taurino hay quienes merecen respeto, no a ellos se dirige la legislación quiteña al resignar la autoridad de la plaza en el empresario, como para que lo que suele arreglarse en la trastienda adquiera legitimidad, sin pudor, con el permiso de la autoridad porque el tiempo y las circunstancias lo permiten. Sin embargo, nos quedan alternativas, incluso en Ecuador. Te esperamos en el ferial merideño, donde también se cuecen habas.

Tu amigo 

Fortunato
*****
***Fortunato González Cruz, 
Catedratico de la U.L.A. de Mérida-Venezuela / Miembro de la Academia de Ciencias Políticas y Sociales / Fundador y Director de la Cátedra de Tauromaquia "G. Briceño Ferrigni" de la U.L.A.

El alguacilillo entrega a Enrique Ponce los máximos trofeos
concedidos por la Autoridad de Plaza.
/Quito 2010/ Fotografía La Loma