la suerte suprema

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Pepe Bienvenida / La suerte suprema

martes, 19 de junio de 2012

¡Y HABLÓ LA VIEJA FOTOGRAFÍA! / Jesús Cuesta Arana




 “...Es Juan Belmonte doctorando a Marcial Lalanda en la Maestranza de Sevilla en septiembre del año 21...” 
"...¿Qué le estaría diciendo el Pasmo de Triana a “Marcial el más grande”? ¿Qué le estaría diciendo?  ¿Qué palabras estaban sonando en aquél mágico instante? Aquélla obsesión de niño se me quedó para siempre en la entretela de la mente..."


¡Y HABLÓ LA VIEJA FOTOGRAFÍA!   
    EL SUR DE LUCES

Jesús Cuesta Arana   
                                                                                      
     Los talleres de los antiguos zapateros remendones semejaban auténticos museos o pequeños santuarios del Toreo. Las paredes a tente bonete. No había lugar un hueco para colgar tantos carteles, fotos, recortes de periódicos, estampas, postales… Todo según el devocionario del maestro  regente que de éste modo conjuraba el horror vacui (horror al vacío).

       Echándole hilo –o citando a la memoria-  se me presenta en la mente el recuerdo vivo –sin despintar– de Enrique Mejías que fue antes torero que zapatero. Que canjeó el estoque por la chaveta; el brillo de los caireles por el lustre del betún o el percal por el cuero o la badana. Tenía el hombre en su tallercito de Algeciras una auténtica galería taurina con todos los avíos y todo ello salpicados con sus recuerdos toreros –llegó a debutar con caballos–. Alternaba el oficio de machaco con el menester de mozo de espadas. 

      Así que tenía una enciclopedia que contar de lances vividos, de modo que era lugar abonado abiertamente para compartir tertulias y consejas taurinas. Por allí pasó mucha fiebre taurina desde el chavalillo romance de valentía hasta el ídolo Miguel Mateo “Miguelín” y toda la sapiencia de la tierra entre el pontificio o el último chascarrillo o chiste. Y el maestro venga echarle cerote a la labia para no desmentir el añejo adagio: “Zapatero que no habla / no trabaja”

       En lugar de privilegio, –en el testero principal– donde calaba más la luz, el maestro de la lezna tenía colgada una fotografía muy castigada por el humo, el vaho y las moscas donde se veía la  ceremonia de de una alternativa. El maestro de menor estatura cedía los trastos al nuevo matador. El zapatero pronto ilustró mi curiosidad de niño: “Es Juan Belmonte doctorando a Marcial Lalanda en la Maestranza de Sevilla en septiembre del año 21.” Se apreciaba al coloso trianero sonriente y parlamentado con el  recién estrenado matador  ¿Qué le estaría diciendo el Pasmo de Triana a “Marcial el más grande”? ¿Qué le estaría diciendo?  ¿Qué palabras estaban sonando en aquél mágico instante? Aquélla obsesión de niño se me quedó para siempre en la entretela de la mente.

      Con el tiempo supe –tirando de hemeroteca– que los toros  eran de Surga, terciados y desiguales. Que el toro de la alternativa (cuya cabeza se veía al fondo de la fotografía) respondía a Pichichi por nombre (209 kilos a la canal). Que todos fueron mansos y uno mereció la humillación de  las banderillas de fuego. Suerte  por suerte bien desaparecida del mapa. El alternativado sólo oyó  palmas. El padrino mal en el primero y valiente en el cuarto y el testigo (Chicuelo, el torero de la Alameda) no pasó de regular en sus dos astados. Un desastre. “De la corrida patriótica, ni los toros, ni los toreros , ni la entrada”, apunta Don Modesto en el Liberal.

       Pasado más de sesenta  años de aquella ceremonia, me cae del cielo la idea de llamar a Marcial Lalanda por teléfono –número que busqué en la guía– y se puso directamente el viejo torero al aparato ¡Increíble!

Don Marcial; sólo es para hacerle una pregunta.

Con voz todavía segura  –a pesar del paso del tiempo por los números negros y rojos– el maestro despeja mi brumosa situación.

–Pregunte usted lo que quiera y pueda buenamente responder.

 –¿Recuerda, usted las palabras que le dijo Juan Belmonte el día de su alternativa en Sevilla ?

–Sí señor, –respondió tajante–-; las recuerdos como si  las estuviera oyendo ahora mismo.

Con impaciencia apresuré al viejo torero de Vaciamadrid.

–¿Me las puede repetir?

–Pues; sí con su taradanza en la voz   y todo:  “Que-que… tenga usted tanta suerte en la vida y  en los toros cco-como… yo la he tenido”
 Me respondió así el maestro madrileño emulando la proverbial tartamudez del coloso trianero. Más con retranca filosófica que física . Más rittornello que atasco en la voz. 

      Así fue como habló aquella añeja foto. Foto que colgaba con orgullo en la pared aquel zapatero algecireño que fue torero. Ya por fin quedó desvelada la curiosidad terne de aquel niño con pantalón corto.

       Pero un día en su finca de “Gómez Cardeña” al Pasmo de Triana le cambió la suerte y se dejó matar “por un torillo  tan menudo” como en el verso de Benítez Carrasco.

      Marcial Lalanda al poco tiempo de revelarme el misterio de aquellas palabras –después de haber vivido tanta sangre y muerte por medio- se murió en la tranquilidad de una cama.

Así corre el sino por el reloj. Así vuela…