la suerte suprema

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Pepe Bienvenida / La suerte suprema

martes, 26 de junio de 2012

El espontáneo / JOAQUÍN ALBAICIN


Plaza de Las Ventas, 24 de Mayo de 2012
“Vaya gilipollez que he hecho”.
(John Fairfax)

El espontáneo


JOAQUÍN ALBAICIN 

es escritor y cronista.


Hace no mucho, leí el obituario de un aventurero llamado John Fairfax. Entre sus hazañas, se contaba la de haberlas pasado más que putas cruzado a remo, sobre una pequeña barca y en sólo ciento ochenta días, la distancia que separa las costas de Canarias de las de Miami. Al parecer, su primera frase a la prensa cuando culminó la travesía fue: “Vaya gilipollez que he hecho”.
Totalmente de acuerdo. Yo entiendo perfectamente, por ejemplo, que “Abengoa” esté echando el resto en la construcción, en Arizona, de la mayor planta de energía solar del mundo. O que un torero cite de lejos y espere a pie firme a uno de Dolores Aguirre, acicateado no sólo por el sueño de ser sacado a hombros por un tsunami de olés, sino porque es el camino para hincar el colmillo a los fajos de billetes guardados para las figuras en la caja fuerte de la empresa. Pero siempre me han sorprendido los insomnios encajados y los esfuerzos acometidos por la casta de los aventureros para, por ejemplo, conseguir que la Royal Geographical Society les eligiese —y por un dinero digamos que modesto- para convertirse en los afortunados que descubrirían un río o una cadena montañosa en el Matto Grosso o cualquier otra Chimbamba igual de peligrosa y recóndita.
Aquellos arrojados caballeros -a menudo, profesionales liberales nada duchos en escaladas, combates cuerpo a cuerpo o psicologías tribales- batallaban durante meses contra diarreas, hemorragias internas, enfermedades tropicales, sanguijuelas, picaduras, hinchazones, fieras, abejas comedoras de carne y carroña, poblaciones hostiles… Y todo esto, sin ver una mujer ni en sueños y mientras procuraban aprender sobre la marcha de qué demonios podían alimentarse en aquellos ignotos parajes cuya fauna y flora les eran por completo ajenas, y sólo para que, años después, sus mentores les impusieran una condecoración y se olvidasen automáticamente de ellos, salvo para alguna cena anual.
No recuerdo quién dijo aquello de que, quien viaja, siempre huye de algo. Puede que de la mediocridad, puede que del hastío, puede que de la pobreza… El caso es que fíjense si pintará mal el panorama que, mientras los hombres de Rajoy batallan en Bruselas (¿es en Bruselas?), ha resurgido la figura del espontáneo, un icono del hambre de triunfos arquetípico de la España de la alpargata y que en los años de “Cuéntame” parecía ya desterrado del horizonte. En Sevilla saltó uno mientras se los ponía aquí a las cuadrillas un sobrero del Conde de la Maza que casi se lo lleva por delante. En Madrid, saltó otro, aprovechando que iba a devolverse a los corrales, por cojo, el segundo de Aparicio.
La verdad es que la cosa está para pensárselo, aunque del dicho al hecho haya un trecho y, por lo menos yo, tenga los pies en el suelo y no contemple, ni ahora ni en el futuro, pasar a mayores: que, a estas alturas, los amigos me vieran saltar al ruedo de Castellón en vaqueros y con una muleta prestada, sería pegar el mitin para nada. Pero, dada la nula recompensa que, como cualquier aficionado sabe, puede hoy reportar el tirarse de espontáneo, me pregunto si, en este mundo ya cartografiado al milímetro, no encarnarán estos bravos lampantes la versión para el orbe globalizado de lo que antaño fueron Amundsen, Burton, Percy Fawcett o Livingstone. Exigir paso en el escalafón y un sitio en los carteles de las ferias sin haber toreado en la vida, ¿no entraña una emulación de aquellos soñadores que, ganándose el pan como maestros de escuela en Dorset, invertían años de su tiempo libre en la redacción de cartas a la Royal Geographical Society con la súplica de ser enviados al ignoto Amazonas al frente de una expedición científica, precisando el aspirante a aventurero que ya había comprado de su bolsillo los binoculares y el fusil?
Como otros antaño partieron —tiesos como la mojama- a descubrir y cartografiar las fuentes del Congo y el Magdalena y taxonomizar a sus moradores, ahora -así lo denotaban los rasgos faciales del espontáneo de Las Ventas- son los taxonomizados quienes recorren bajo un sol de castigo las orillas del Guadalquivir, el Manzanares o el Ebro para enfrentarse a pecho descubierto a fieras desconocidas, ante multitudes excitadas por el aroma de la sangre sacrificial y en las pirámides donde se ocultan las riquezas del Rey Salomón.
Ese emigrante pudo haber tratado de hacerse torero en Colombia. Sin duda, vino a Occidente sin otra pretensión que la de prosperar en el desempeño de un trabajo corriente y moliente, mejor pagado aquí que en su país. Y, al final, tras atravesar el Atlántico casi a remo, ha llegado a la misma conclusión que Fairfax: “Vaya gilipollez que he hecho”. Ha tenido que llegar hasta aquí y toparse con el agreste panorama para darse cuenta de que lo único que, a la postre, le quedaba era dar con Eldorado o Cíbola, aun a riesgo de perecer en el intento. Y saltó.
Con dos pares, sí señor.
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