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Pepe Bienvenida / La suerte suprema

domingo, 17 de junio de 2012

Ferias / Por Ignacio Ruiz Quintano


Haciendo de tripas corazón 
(de Gárgoris y Habidis) en la carpa de Dragó

Ferias
Ignacio Ruiz Quintano
Abc Cultural

En el principio fue el ganado.

Pero ahora, en Madrid, todas las ferias son de Arte y Cultura.

Y si Millán sacaba la pistola cada vez que oía la palabra “cultura”, nosotros, meros contribuyentes desarmados, sólo podemos levantar las manos.

La feria taurina de San Isidro ha sido sustituida por una “performance” bovina de Arte y Cultura a las órdenes de un diletante francés, Simón Casas, y un feriante español, Dragó, que han clavado el último clavo en el ataúd de la tauromaquia.

Mientras los toros bravos mueren a tiros en los campos, en la plaza de Madrid han sido estoqueadas en mayo decenas de bueyes amaestrados para dejarse hacer en el ruedo cuantas monerías ensayadas ante un espejo quisiera hacerles un caballero vestido de hada, pues a los toreros de arte y cultura todo el rumbo se les va en diseño.

En la feria del toro el Arte y la Cultura han matado al toro como en la del libro han matado al libro.
Libros que se venden y que nadie debería comprar y libros que se compran y que nadie debería vender.

Como en los toros.

Y no lo digo por Eduardo Galeano o Ana Obregón, por citar a los dos autores estelares de la feria (de la feria del libro, no del toro), pues se supone que Galeano y Obregón, Obregón y Galeano deben formar hoy parte de lo que los viejos burgueses llamaban “una mente bien amueblada”.

En cualquier caso, Galeano y Obregón venden, pero poco, y los fabricantes del Arte y la Cultura desatan tormentas de ideas para sacar a flote bosques enteros de papel emborronado por las ocurrencias domésticas de nuestros espíritus más sensibles.

En el Ayuntamiento, que antes cortaba árboles y ahora hace que pega libros, el encargado del ramo es Timothy Chapman, cuyo nombre castizo dispara la imaginación de los contribuyentes, que tienen en “Madrid Arte y Cultura”, esa cosa fundada por Alicia Moreno, la majeza que con sus óbolos demandan.

Pero en el principio fue el ganado.