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Pepe Bienvenida / La suerte suprema

lunes, 25 de junio de 2012

EL IMAM DE TARRASA / por JOAQUÍN ALBAICÍN




EL IMAM DE TARRASA

"... Y, ¿por qué no denuncia el gremio periodístico que, a tenor de las leyes vigentes, y simplemente con sacarse un carnet de cineasta y comprar una videocámara, cualquiera puede dedicarse al proxenetismo sin recibir la consideración jurídica de chulo?..."

JOAQUÍN ALBAICÍN [1]
Altar Mayor nº 147, May-Jun 2012

  Anda la prensa revolucionada con el caso del imam que, en una mezquita de Cataluña, supuestamente alecciona sobre cómo inflingir determinados correctivos más o menos violentos a las feligresas. No conozco al señor en cuestión ni a nadie de su círculo, ni he puesto jamás los pies en su templo ni –que recuerde- en ningún lugar próximo a Tarrasa. Tampoco soy un erudito en preceptos coránicos, ni creo que los malos tratos sean de recibo. Lo que me sume en la perplejidad es el asombro e indignación suscitados por sus presuntas enseñanzas entre los profesionales de la comunicación y de los derechos humanos. He llegado a leer no en uno, sino en varios medios, que, si las mujeres habitualmente asistentes a sus sermones han declarado la inocencia del imam, así como no sentirse ofendidas o amenazadas por sus discursos, sólo se entiende porque sus maridos las habrán aleccionado para expresarse en ese sentido, o porque su vivencia del día a día en un ambiente “cerrado” y “misógino” las mantiene en una suerte de estado de abducción mental que las impide ser “ellas mismas” y pensar como es debido.

  Me quedo atónito, por cuanto tales argumentaciones denotan un sensible desconocimiento de la realidad social del país, impropio de profesionales de los medios. Porque, ¿alguien ha cursado alguna denuncia contra la exhibición, en cadenas de televisión y salas de cine españolas, de la película La duda? Sí, la de la gran interpretación de Meryl Streep, esa en la que, al final, se invita al espectador a meditar sobre si el cura homosexual y progresista que adiestra en el sexo a un niño, con consentimiento de éste, no estará en realidad haciendo un bien (¡!) al tierno y cariñoso muchachito y contribuyendo a su “normal” integración en la sociedad (¡!). Que yo sepa, ni un solo periodista ha comentado lo delicado y cuestionable de tal planteamiento, ni ha lanzado la voz de alarma por detectar en el mismo una invitación a reconsiderar la ilicitud de la pederastia, ni ha atribuido tan resbaladizo “final abierto” a lo “cerrado” e “hipersexualizado” del mundo en que desarrollarían su trabajo los guionistas de Hollywood.

  Y, ¿por qué no denuncia el gremio periodístico que, a tenor de las leyes vigentes, y simplemente con sacarse un carnet de cineasta y comprar una videocámara, cualquiera puede dedicarse al proxenetismo sin recibir la consideración jurídica de chulo? Lo cierto es que desconozco el número de querellas presentadas por entidades feministas contra las productoras de cine porno con motivo de las innumerables películas del género que muestran, por ejemplo, cómo una mujer se va excitando más y más a medida que la violación consumada contra ella sigue adelante… Parece no existir ningún impedimento legal hacia la invitación al disfrute –ocular o práctico- de una violación padecida con “consentimiento previo”. Y aún no he escuchado ni leído, en ningún medio, que la aceptación de tan meritorios papeles por las damiselas duchas en esos guiones deba ser atribuida a una abducción psíquica ejercida sobre ellas por el ambiente “cerrado” y “antidemocrático” propio del mundo del porno, o por las presiones de macarras reconvertidos en “realizadores” que, gracias a un cóctel de hipnosis, libido, cocaína y euros, se adueñarían de su voluntad.

  Y, sobre todo, los periodistas parecen olvidar que, en España, la ley no persigue ni castiga conductas tan lesivas para la integridad corporal como las propias del sadomasoquismo. En ellas toman parte un “amo” y un “esclavo”, palabras que, en el diccionario, tienen –me parece- un significado muy preciso –y ciertamente poco democrático- y que dejan bastante claro de qué va la cosa. Sé que estoy simplificando, pero, más o menos es así: siempre que estés desnudo y des el visto bueno, zurrar y que te zurren, humillar y que te humillen… es legal.

  Las revistas, películas y folletos a mayor gloria del sadomasoquismo se encuentran al alcance de cualquiera que haya cumplido dieciocho años, sin que ningún comunicador parezca reparar en lo dudosamente democrático de sus contenidos y recomendaciones. Es más: todos hemos visto varias veces, en la televisión, entrevistas con parejas sadomasoquistas. Las cadenas en cuestión no sólo pagaron a “amo” y “esclavo” jugosísimos honorarios por su intervención, sino que los periodistas encargados de la interviú les aplaudieron a rabiar antes de proclamarlos ante su audiencia… ¡ejemplo de libertad y de ausencia de prejuicios! A nadie se le ocurre referirse, en el plató, a la lamentable “abducción” perpetrada por el “amo” sobre la persona del “esclavo”, ni sugerir que éste viva encerrado en un microcosmos “autoritario” y “filo-fascista”.

  Así que… No sé qué habrá dicho este imam en sus sermones. ¿Cómo juzgar lo que no he escuchado? Pero sí he leído las retorcidas argumentaciones de muchos periodistas. Y, señores míos… ¿No es la ley igual para todos? Y, declaraciones como las que –no sé si con motivo o no- son atribuidas al imam, ¿resulta razonable que levanten controversia en un país cuya legislación se quita el sombrero ante “amos” y “esclavos”, y para la que no parece existir ninguna objeción por que la sangre llegue al río, siempre que la paliza se administre en pelota y con “previo consentimiento entre adultos”? ¿Resulta razonable encender polémica alguna en un país donde, sin cortapisa legal de ninguna clase, son comercializadas infinidad de películas que muestran a mujeres poseídas por una excitación y un goce aparentemente imparables a medida que va siendo consumada su violación por uno o varios individuos?

  Como las fotos no permiten cuestionar que el imam sea mayor de edad, empiezo a sospechar que el problema, a lo mejor, resida en que no predica desnudo, o engalanado con un tanga de látex y un látigo de nueve colas. O en que no produce películas sobre lo placentero de la violación. O en que no invita a replantearse lo educativa que puede llegar a ser la pederastia. Quizá sea eso lo que indigne: el exceso de ropa.


[1] JOAQUÍN ALBAICÍN es escritor, conferenciante y cronista de la vida artística, autor de –entre otras obras- En pos del Sol: los gitanos en la historia, el mito y la leyenda (Obelisco), La serpiente terrenal (Anagrama) y Diario de un paulista (El Europeo). Sus artículos de opinión pueden leerse regularmente en el diario El Imparcial (www.elimparcial.es).