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Pepe Bienvenida / La suerte suprema

jueves, 30 de octubre de 2014

En la hora del adiós: Eterno Manzanares / por J. A. del Moral



"...Manzanares puede ser considerado uno de los mejores intérpretes del toreo de todos los tiempos. La cadencia natural de su tauromaquia, que viajó de la retórica de sus inicios a la expresión barroca de su madurez, es una referencia inexcusable que siempre se movió dentro de los cánones del clasicismo. No siempre quiso pero casi siempre pudo..."


En la hora del adiós: Eterno Manzanares
  • José María Manzanares apareció muerto anteayer en su recóndita finca cacereña. Lo encontró una empleada de la casa. Dicen que un fulminante paro cardíaco tuvo la culpa de su muerte. Pero el torero ya es eterno…

La última vez que toreó en Sevilla lo sacaron a hombros por la Puerta del Príncipe. No había cortado las tres orejas modernamente preceptivas; ni siquiera había logrado dar un solo muletazo a los dos mulos que completaban aquella extraña corrida mixta organizada el 1 de mayo de 2006. Fue en el epílogo de la Feria de Abril, se trataba de arropar el debut de Cayetano Rivera. Pero aquel día rompió las cadenas como sólo saben hacerlo los grandes: después de dar muerte a su segundo toro pidió unas tijeras y se las entregó a su hijo que, entre lágrimas, cercenó la simbólica coleta. El círculo se había cerrado. El maestro había cumplido su misión y fueron los propios toreros – algo se cocía en el ambiente – los que izaron a hombros al maestro. Lo hicieron pasando por encima de los mediocres que no querían descorrer el pesado cerrojo de una gloria que le fue negada tantas veces por mezquindades que no vienen al caso.

Han pasado algunos años y sólo ahora se comprende el gesto del veterano torero. ¿Se había mantenido en activo para mostrar a su hijo el camino correcto? El vástago tenía el don, había nacido con él, pero quedó prácticamente disipado por la vida y la inmadurez de una juventud vivida en las esquinas del toro después de su lujosa alternativa alicantina. Mientras tanto, apurando sus años en la profesión, el viejo maestro aún salpicaba éste o cual ruedo de faenones antológicos. Aquellos trasteos reveladores enseñaban el verdadero camino a seguir y descubrían a las nuevas generaciones la auténtica dimensión del clasicismo en el arte de torear. Visto ahora, ése es su mejor legado…

José María Manzanares apareció muerto anteayer en su recóndita finca cacereña. Lo encontró una empleada de la casa. Dicen que un fulminante paro cardíaco tuvo la culpa de su muerte. Pero el torero ya es eterno… El viejo maestro alicantino había escogido ese rincón cacereño como refugio de algunos naufragios personales aunque vivía una segunda vida taurina y personal proyectada en la eclosión de su hijo Josemari como gran figura del toreo. Algunos titubeos de la carrera del heredero – que no terminaba de encontrar el camino definitivo en sus primeros años de alternativa- tuvieron la culpa de esa última etapa del padre que estuvo sembrada de lecciones inolvidables, como la dictada en Antequera; como la faena de de Almagro o aquella de Algeciras. Más que un exigente espejo en el que mirarse, el joven Manzanares encontró en su padre una piedra angular, el concepto de un arte basado en la búsqueda de la naturalidad y en el apoyo de un sólido oficio. A su ilustre progenitor le sacó a hombros por la Puerta del Príncipe una tarde crepuscular la flor y nata de la torería. Estaban certificando su condición de torero de toreros, el mejor título que a la postre se puede llevar a la otra orilla uno de los matadores que con mayor y mejor merecimiento recibió la Medalla de Oro al mérito en las Bellas Artes de manos del Rey en la Catedral de Córdoba.

Manzanares puede ser considerado uno de los mejores intérpretes del toreo de todos los tiempos. La cadencia natural de su tauromaquia, que viajó de la retórica de sus inicios a la expresión barroca de su madurez, es una referencia inexcusable que siempre se movió dentro de los cánones del clasicismo. No siempre quiso pero casi siempre pudo y hasta aquella última tarde de Sevilla mantuvo intacta la capacidad de cuajar a los toros a los que atisbaba un mínimo de posibilidades o por simple empeño personal.

José María Dols Abellán nació en Alicante hace 61 años. Su padre era un banderillero modesto y bohemio – el recordado Pepe Manzanares – que le transmitió ese excelente concepto del toreo que pasó de la utopía a la materialización en la muleta del hijo antes de llegar, como en la transmisión de un legado nobiliario, hasta las manos del nieto. El penúltimo Manzanares desembarcaba ayer en México – tenía que torear el domingo en la Monumental del DF – encontrándose con la amarga noticia. El veterano maestro había hablado con él antes de tomar el avión. Habían quedado atrás algunos distanciamientos que nunca lograron romper el cariño; tampoco la admiración y el espejo del que siempre fue su maestro. El veterano matador, recluido en su refugio campero, también había escuchado la voz de sus nietos.

La vida le abría nuevas invitaciones a ser feliz y el vértigo del vestido de torear quedaba ya muy lejos. El primero – un terno blanco y plata de Palomo Linares – se lo había puesto en Andújar en 1969. Tres años después llegó la alternativa en Alicante de manos del gran Luis Miguel Dominguín. El joven matador alicantino fue figura desde el mismo día de su doctorado y ya no se apeó de esa condición a pesar de los vaivenes de una carrera en la que hubo cimas y simas; idas y venidas; travesías del desierto; faenas inolvidables y hasta fracasos estrepitosos pero siempre, siempre, la fidelidad a un concepto que se revelaba en fechas, plazas y toros que se han convertido en referente. Podríamos anotar muchas faenas. Hay un trasteo, cuajado a un nobilísimo ejemplar de Gabriel Rojas en la feria de Málaga del 93, que podría definir el punto de armonía al que llegó el toreo de José María Manzanares en su definitiva madurez. Aún le quedaba más de una década para despedirse definitivamente. Los últimos años toreó con el alma y de forma descarnada; despojando a sus muletazos del último resto de retórica o composición. Posiblemente había llegado a rozar la utopía, el definitivo toreo puro, que un día le enseñó el viejo Pepe Manzanares, aquel empleado del puerto de Alicante que forjó una dinastía que sigue reverdeciendo a pie y a caballo. Manzanares se ha marchado sin avisar. Lo hizo en una mañana veraniega del primer otoño. Los teléfonos del toreo siguen echando humo. Se ha ido uno de los grandes. Los hombres de luces lo saben.