la suerte suprema

la suerte suprema
Pepe Bienvenida / La suerte suprema

domingo, 19 de octubre de 2014

RECORDANDO UNA HAZAÑA DE CESAR GIRON / por Pablo Duque

Gran suceso en la plaza de toros de Sevilla
César Girón cortó en la feria de 1954
¡¡¡ 4 OREJAS Y DOS RABOS!!!


RECORDANDO UNA HAZAÑA DE CESAR GIRON

  • Fue una verdadera apoteosis, porque César no sólo supo aprovechar dos toros muy bravos: el cobaleda, por su extraordinaria nobleza y al guardiola, con su fiereza y temperamento. y por eso Sevilla se le entregó de esa forma. De esa gesta han transcurrido 60 años y sabrá Dios cuántos más.

César Girón en la Real Maestranza de Sevilla. Abril 1954. Foto: Arjona.
(Archivo: Hnos. Dupouy Gómez)

Pablo Duque
San Cristóbal (Venezuela).- Quisiera comenzar esta nota, olvidando el fatídico accidente en el que perdió la vida un 19 de octubre de 1971, el gran César de la torería universal, pero es inevitable; por esa razón, este día, en lugar de ampliar detalles de tan fatídico suceso, hace ya 43 años, quiero traer al recuerdo algo que hizo 60 años atrás. Se trata de una hazaña hecha por César ─ de tantas que realizó en su fructífera vida de torero ─, un tanto difícil de igualar y mayor aún, de superar, si tomamos en cuenta que eso sucedió en una región y en una plaza donde históricamente ha concitado el toro de lidia y el toreo, en una conversión de arte, cultura y sentimiento, que ha engrandecido durante siglos lo que conocemos como la fiesta de los toros. Esa región es la Provincia de Sevilla y ese acontecimiento ocurrió en su capital, Sevilla y en su plaza, la Real Maestranza de Caballería. Y no es que el toro, el toreo y la fiesta sean exclusividad de Sevilla, pero sin los aportes que ella ha dado a esas cosas, ninguna sería lo que son; y allí, ante ese cónclave, debutando nada menos que en su feria de abril, un día 27 de 1954, en la primera corrida de esa importantísima feria, César Girón realizó la gesta. 

Una fuerte gripe le azotaba, a ello se unía a algo más fuerte y era el sentido de la responsabilidad de estar allí. Una lluvia matinal hacía más preocupantes las cosas; para colmo, los veterinarios previendo problemas hacen que se cambien dos toros del hierro anunciado y la corrida de don Fernando Sánchez Cobaleda la remiendan con dos de Guardiola que a la postre no sirvieron. Pero a la hora del paseíllo, el sol en el cielo de la antigua capital hispalense, hizo que el oro del vestido de torear de César destellara con más brillo, que los de Manolo Vázquez y Pedrés, cuando el segundo de la tarde, un buen toro, bajo, con arrobas y muy armado, que de salida hirió al banderillero Francisco Agudo cuando salió a pararlo. Ese amargo abre boca a César no lo amilanó, pues embarcó al toro con decididos lances, templados y tersos; dos varas, dieron paso para que ese día César también diera cuenta cómo hay que estar ante los toros en el segundo tercio. Como era de esperarse, brindó el toro al público. Con las zapatillas clavadas en el dorado albero, dibujó tres ceñidos estatuarios que fueron de cartel, como anunciando que el toreo fundamental de muleta sería de antología, como efectivamente fue, pues manejó la pañosa con suavidad, con magistrales giros de muñeca en ambas manos, que obligó a la prestigiosa banda del coso del baratillo, entonar el pasodoble. 
En los medios instrumentó series de naturales, tan ligadas, que al no enmendarse, forzaba el de pecho como él supo hacerlo; tampoco hubo diferencia en calidad, con lo realizado con la diestra, pues los pases circulares fueron de antología, por largos y suaves, templados y mandones; los oles de la muchedumbre, que ensordecían la música, presagiaba el triunfo. Girón remató con tres giraldillas de rodillas. 
Había que matar; en eso se puede decir que César fue casi infalible, le pegó un estoconazo hasta la bola, que el toro en segundos rodó sin puntilla. La plaza se tornó de blanco y el Presidente asomó hasta un tercer pañuelo. ¡César Girón ha cortado un rabo en Sevilla! Cuando le fueron a sacar en hombros, el torero se rehusó y prefirió salir por sus propios medios. 

Lo ocurrido el día 29, fue ante toros de Salvador Guardiola, haciendo el paseíllo bajo la lluvia con Ángel Peralta, Manolo Carmona y Juan Posada, ante otro tío de respeto, con genio y hacía cosas malas con el pitón derecho. César salió a jugársela, siendo aplaudido en el toreo de capa; con las banderillas estuvo soberbio; solo que al salir del tercero, lo resbaladizo del terreno hizo que cayera en la cara del toro. Fue la primera campanada trágica. El toro brindado a Lola Flores, lo saludó con tres soberbios doblones, que bastaron para que mermara sus ímpetus, como también bastaron para su toreo con esa mano, porque de ahí hasta el final toreó únicamente con la zurda, quiso que solo se conjugara el toreo fundamental de principio a fin, con series ceñidas y templadas y en
valiente oposición a la brusquedad del toro, toreó con una escalofriante quietud y haciendo todo, todo donde debía ser─ cuando de mayor mérito se trata ─, en la soledad de los medios; pero de pronto, los gritos se confundieron con el pasodoble, cuando al final de una serie de naturales el torero fue prendido en el tercero, cayendo de mala manera; se temió por su continuidad, pero se logró reponer; esta vez, la serie fue de cinco bordados naturales y no contento con eso, antes de entrar a matar, instrumentó cuatro pinturas mas. Sin darle más tiempo a su oponente, ha pegado un espadazo como mandan los cánones, que hizo rodar al guardiola sin puntilla. La plaza se convirtió en un manicomio y más, cuando el torero se desvaneció en el momento que saludaba a la presidencia. César Girón volvía a cortar 2 orejas y un rabo en la maestranza sevillana. Tampoco abrió la puerta del príncipe, al ser intervenido en la enfermería por el doctor Leal Castaño. 

Fue una verdadera apoteosis, porque César no sólo supo aprovechar dos toros muy bravos: el cobaleda, por su extraordinaria nobleza y al guardiola, con su fiereza y temperamento. y por eso Sevilla se le entregó de esa forma. De esa gesta han transcurrido 60 años y sabrá Dios cuántos más.

"...El toro brindado a Lola Flores, lo saludó con tres soberbios doblones..."