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Pepe Bienvenida / La suerte suprema

jueves, 16 de octubre de 2014

Los políticos vuelven a las andadas con la plaza de Las Ventas / por José Ramón Márquez


Huevo frito con sartén / Pepe Molleda

La cúpula vaticana de Taurodelta
Proyecto

La cúpula vaticana de Taurodelta
Resultado

Los políticos vuelven a las andadas con la plaza de Las Ventas
  •  Los toros les importan un bledo, quieren una cubierta que les permita profanar el bendito ruedo con lo que sea y, si pudiesen, de buen seguro que arrancarían una noche esos azulejos que hay sobre la Puerta grande en los que pone esa inmunda leyenda que reza «Plaza de Toros».

Nos enteramos por pureza y emoción.com de que lo mismo que aquellas pelmazas golondrinas de Bécquer -cuyo antepasado fue uno de los ganaderos de los que se quedaron con parte de la testamentaría de Cabrera-, vuela hacia nosotros una segunda cubierta para Las Ventas, una reedición de la que se hundió como un soufflé mal cocinado ante la rechifla general dos días antes de su inauguración.

Una vez más tenemos a esos incansables padre e hijo, a esos father and son, choperón, ron, ron, saca los juampedros al sol, amparados por la beatífica mirada del más simpatico Pultafagónides de la capital, el exquisito gentleman de Barcelona a quien todos los que sentimos hacia él la más sana envidia conocemos como Abeya, empeñados todos en poner como sea otra boina en la Monumental, del mismo jaez que la precedente, dejando fuera las gradas y las andanadas y, quizás, algo mejor calculada.

Parece mentira que aún nadie sepa a estas alturas qué pasó con la carpa precedente, con ese primer y fallido intento que al menos por unos días consiguió tener al empresario «feliz con [aquel] logro bajo su gestión» (ABC, 26/01/2013). Parece también mentira que nadie asumiese entonces ninguna responsabilidad por el colapso de aquella birria de la ingeniería inspirada en «las cúpulas de San Pedro del Vaticano» (sic) y que todo el mundo quedase mirando para otro lado, estatuas de sal gorda, como si allí no hubiese pasado nada. Como si fuese un motivo de estudio de Iker Jiménez, que ya estoy viendo el titular en Cuarto Milenio: «Los OVNIS de Ganímedes, los mismos que hicieron las pirámides de Egipto, son los culpables del derrumbamiento de la cubierta de Abeya».

Parece increíble que Ch. González, cuando visitó las obras en noviembre de 2012, no detectase con su fino ojo avizor problema alguno en el diseño o, al menos, que no impulsase con mano firme la depuración de las responsabilidades que dieron lugar al esperpento del hundimiento, sacando al menos una miserable nota de prensa o echando a alguien a patadas por no haber hecho bien su trabajo. Lo único que hubo, como siempre, fue una ampulosa declaración de un correveidile, en este caso de un tal Salvador Victoria, que dijo en los sacrosantos pasillos de la Asamblea de Madrid (organismo harto innecesario) lo siguiente: “Quedan totalmente descartados otros proyectos para cubrir el coso madrileño” (madridiario.es 30/01/2013). Claro es que las declaraciones de uno de estos tienen el mismo valor temporal que el de un billete del metro, pues nuestros próceres han superado el nanosegundo como unidad de medida de duración media en cuanto a cumplir lo que declaran cuando los plumillas les achuchan por algo.

Ahora vuelven por sus fueros (¿desafueros?) y ya tendrán por ahí preparados otros 160.000 kilogramos de aluminio y acero con los que izar el nuevo mamarracho. Acaso esta vez el «referente» sea Brunelleschi, sin salir de Italia, acaso esta vez no se les vaya abajo, acaso esta vez consigan alzarla para mancillar la arquitectura como mancillan a diario a la ganadería, al toreo y a la afición. 


Mientras tanto, cocidito madrileño (o escudella y carn d’olla) en Lhardy, y mucho, muchísimo agasajo postinero. No cabe duda de que los regüeldos de los garbanzos y la modorra del vinillo se pasan muchísimo mejor con cubierta y calefacción central que a la intemperie, y por eso no extraña el celo impetuoso que tienen en montar eso. Los toros les importan un bledo, quieren una cubierta que les permita profanar el bendito ruedo con lo que sea y, si pudiesen, de buen seguro que arrancarían una noche esos azulejos que hay sobre la Puerta grande en los que pone esa inmunda leyenda que reza «Plaza de Toros».


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