la suerte suprema

la suerte suprema
Pepe Bienvenida / La suerte suprema

miércoles, 29 de octubre de 2014

Manzanares murió como hombre, pero por su toreo vivirá eternamente / por J. A. del Moral



"...Un verdadera pena que, inevitablemente, convierte en lágrimas cada una de estas palabras. Un inconsolable dolor tan solo compensado por los recuerdos de su paso por los ruedos de todo el mundo. Y es que el torero no ha muerto. El torero vivirá para siempre. El torero vivirá toda la eternidad..."


Manzanares murió como hombre, pero por su toreo vivirá eternamente

Le conocí personalmente poco tiempo después de tomar la alternativa en Alicante, que vi en directo con mi padre. Decidimos viajar a la bella ciudad de las palmeras un día antes, mientras asistíamos a su despedida de novillero en Las Ventas, actuando mano a mano con José Luís Galloso. En ambas ocasiones nos encantó y, desde esos dos días, nos hicimos partidarios y seguidores suyos.
Recuerdo que nuestro primer encuentro tuvo lugar en el hall del hotel Astoria Palace de Valencia una tarde fallera. Fue José María quien vino a saludarme porque, según me dijo, había leído la entrevista que me hicieron en la revista El Ruedo, recién iniciada mi carrera periodística, y se mostró encantado de coincidir en todo lo que dije. Como podrán imaginar y por las mutuas coincidencias, nos hicimos amigos de inmediato aunque yo guardando las distancias para no perder mi ecuanimidad ni mi independencia. Cuando decidí dedicarme a la crítica taurina, mi padre me dijo: “Si me entero que trincas, te mato…” Frase que, por cierto, siempre la tuve y la sigo teniendo presente.

José María se dio cuenta enseguida de quien y como era yo. Y lo mismo que le encantaban mis crónicas positivas, jamás me afeó por nada las negativas que, dicho sea de paso, fueron bastantes mientras atravesaba sus famosos baches de ánimo. Pero en esos largos baches, jamás dejó de cumplir con sus compromisos en las plazas más importantes por duras que fueran y, de vez en vez, se destapaba en geniales oasis triunfales en medio de los desiertos.

Como a casi todos los grandes del toreo, Madrid le trató fatal salvo en sus tarde incuestionablemente triunfales que fueron menos que las ingratas. Al contrario que en Sevilla, porque La Maestranza siempre le adoró aunque no tanto como actualmente a su hijo. Los sevillanos quisieron mucho al padre pero, tras muy buenas faenas de dos orejas, solo pedían una. Como sería la cosa que nunca salió a hombros por la Puerta del Príncipe hasta en la última corrida de su vida cuando, tras fracasar con dos toros malísimos de sus apoderados, los hermanos Lozano, y pedir a su hijo que le cortara la coleta en medio de la desbordada emoción de la plaza puesta en pie, todos los toreros que había en la plaza, tanto en el ruedo como en los tendidos, le auparon a hombros y, turnándose, le llevaron hasta el Paseo de Colón mientras caía ese sol único que, en Sevilla por abril, tiñe el cielo de tonos anaranjados y celestes que se reflejan en las aguas del Guadalquivir como si fueran el fondo de un cuadro de Velázquez… Por lo que significó aquello y por la dulce belleza del momento, esa fue y sigue siendo la salida a hombros más bonita que he visto en vida.


Y es que José María, Josemari para la familia y para los amigos, siempre fue un romántico controlado por un clásico. Precisamente por esta doble condición, se pudo permitir el lujo de permanecer tantos años en activo, alternado los periodos negros con los blancos porque en estos, en los blancos, además de mostrarse como un consumado maestro, su peculiar arte, sus maneras de torear y de estar en la plaza, se convertían en sublimes a la par que en paradigmáticos. Por eso también fue torero de toreros. Pocos he conocido de esta clase. En mi vida, solamente tres o a lo sumo cuatro. Uno de ellos y durante mucho tiempo que aún dura, fue José María Dols Abellán. El que murió repentinamente por la mañana en su finca de Cáceres. Una catástrofe para los que de tratamos, admiramos y quisimos. Un verdadera pena que, inevitablemente, convierte en lágrimas cada una de estas palabras. Un inconsolable dolor tan solo compensado por los recuerdos de su paso por los ruedos de todo el mundo. Y es que el torero no ha muerto. El torero vivirá para siempre. El torero vivirá toda la eternidad.