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Pepe Bienvenida / La suerte suprema

lunes, 25 de abril de 2016

El triunfador de la feria / Por Paco Delgado




Castaño, como Padilla, como El Soro, no se rindió, peleó, luchó, seguramente se desmoralizaría en algún momento, pero supo no dejarse vencer por el abatimiento y volvió a la carga. Hasta que un día, el mal había desaparecido y él estaba anunciado en Sevilla. Y para medirse, por si fuera poco, a una corrida de Miura, que no es cualquier cosa.


El triunfador de la feria

En la vida hay otros valores y otras marcas cuya superación está por encima de lo profesional. Y aquí es donde aparece Castaño.

Acabó la feria de abril de Sevilla, la segunda cita de primera del calendario taurino español, y tras dos semanas de toros, quince días de festejos, y pasar por La Maestranza todos los que son, si ha habido un triunfador de este ciclo - y lo ha habido, claro que lo ha habido-, este, sin duda, no puede ser otro que... Javier Castaño.

Y eso que este año han pasado cosas y ha ocurrido de todo. Desde mucha gente hasta un indulto -un toro de Victorino Martín que ha vuelto a dejar claro qué es un toro bravo y qué es lo que necesita urgentemente la fiesta para que su resurgir sea efectivo-, faenas brillantes y trasteos de oropel y brillantina, diestros capaces, poderosos y solventes y otros que no han sabido resolver. Aunque alguno de este grupo hasta haya salido a hombros.

Morante, que derrochó personalidad -ese precioso don tan cada vez más escaso-, podría ser tenido, cómo no, por el gran destacado. Tampoco hay que olvidar lo hecho por López Simón y Roca Rey, las dos novedades que ya están dando mucho jugo y más juego; el pundonor y fondo de El Juli, el valor, la casta y la clase de Ureña; la potencia de Ventura y el cada día más depurado e increíble magisterio de Ponce, son, igualmente, motivos de mucho peso para ser tenidos en consideración. Pero en la vida hay otros valores y otras marcas cuya superación está por encima de lo profesional. Y aquí es donde aparece Castaño.

El torero leonés -aunque por crianza y puchero se le tiene por salmantino- reapareció vestido de luces después de superar una de las pruebas más duras de su vida. Un cáncer, nada más y nada menos. Esas seis letras malditas cuya lectura produce pavor y escucharla de boca del médico que te trata y ha reconocido, hace tambalearse al más pintado.

Pero Castaño, demostrando que lo de ser torero no es pura casualidad ni capricho, cogió al toro por los cuernos y le plantó cara, como tantas veces ha hecho en el ruedo con morlacos de intenciones tan aviesas como las de esa enfermedad. Han debido ser meses tremendos, espantosos -y lo sé por recientes experiencias muy cercanas: mi hermana, mi suegra y mi amigo del alma-, llenos de incertidumbres, dudas y miedos. Hay que ser muy valiente para no derrumbarse, para no sucumbir. Por que ya lo dijo el filósofo y escritor francés Blaise Pascal: es más fácil soportar la muerte sin pensar en ella que soportar el pensamiento de la muerte.

Pero también es cierto, como acuñó Concepción Arenal, que el dolor, cuando no se convierte en verdugo, es un gran maestro. Sobre todo si se sabe sacar consecuencias, enseñanzas y conclusiones de lo pasado. 

La mente es consuelo y suele ser remedio de todo, o de casi todo. Y que nos ayuda a valorar la salud como debe serlo: un estado transitorio entre dos épocas de enfermedad y que, además, no presagia nada bueno, como afirmaba Winston Churchill. Corremos y nos matamos por dinero, poder, riqueza y otros etcéteras y no nos damos cuenta de que, en ese afán, perdemos lo único que de verdad tenemos, la vida, que sin salud y sin disfrute no vale nada. O menos.

Castaño, como Padilla, como El Soro, no se rindió, peleó, luchó, seguramente se desmoralizaría en algún momento, pero supo no dejarse vencer por el abatimiento y volvió a la carga. Hasta que un día, el mal había desaparecido y él estaba anunciado en Sevilla. Y para medirse, por si fuera poco, a una corrida de Miura, que no es cualquier cosa.

Lo de cómo estuvo en la arena (que según las crónicas tampoco fue para no tener en cuenta) es ahora lo de menos. Lo que importa es cómo se fajó con la enfermedad, como se arrimó con ella y cómo acabó derrotándola. Como a los miuras a los que se enfrentó el otro día, le bajó la mano al cáncer y tras una dura brega logró poderle, someterle y cortarle las orejas. Para acabar siendo el gran triunfador de Sevilla.