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Pepe Bienvenida / La suerte suprema

miércoles, 17 de agosto de 2016

4ª y última de la Semana Grande en San Sebastián. Afortunados al final, Manzanares y López Simón dieron contenido a una corrida tambaleante de Juan Pedro / por J.A. del Moral



El desastre ganadero llegó a tanto, que muchos espectadores empezaron a impacientarse y hasta algunos abandonaron sus localidades. Pues ante el absolutamente decepcionante estado de los cuatro primeros toros, más de uno pensó en que no merecía la pena soportar la lidia de los dos que faltaban.

San Sebastián. Plaza de Illumbe. Tarde bochornosa con lleno de no hay billetes.


 ¡Afortunados al final, Manzanares y López Simón dieron contenido a una corrida tambaleante de Juan Pedro 

Siete toros de Juan Pedro Domecq, incluido el sobrero que reemplazó al que abrió plaza, devuelto por inválido. Desigualmente presentados en tres y tres, en mayor o menor grado, adolecieron de lo mismo el sobrero que terminó rompiéndose una mano, y también el segundo, el tercero y el cuarto. Todos nobles pero absolutamente faltos de fuerza y, por tanto, prácticamente inviables e inservibles. El quinto, además de noble, resistió bastante más que sus hermanos anteriores por lo que resultó posible. La corrida terminó de arreglarla un sexto realmente extraordinario por bravo, fuerte, encastado y con clase.

Enrique Ponce (amapola y oro): Descabello, silencio. Tres pinchazos, estocada trasera y descabello, silencio.
José María Manzanares (marino y oro) Gran estocada, ovación. Estocada corta en la suerte de recibir, oreja.
Alberto López Simón (pizarra y plata): Bajonazo, silencio. Estoconazo, dos orejas. Salió de la plaza en hombros.
Por buena ejecución, destacó a caballo José Antonio Barroso. Y en banderillas, Rafael Rosa, Domingo Siro y Luís Blázquez.

Hasta llegar la lidia y la faena de Manzanares al quinto toro de la tarde, sobre la última corrida de este año en Illumbe solo podemos reseñar lamentos, penas y desesperación de los matadores y del público por harto de esta funesta clase de ganado. El desastre ganadero llegó a tanto, que muchos espectadores empezaron a impacientarse y hasta algunos abandonaron sus localidades. Pues ante el absolutamente decepcionante estado de los cuatro primeros toros, más de uno pensó en que no merecía la pena soportar la lidia de los dos que faltaban. No sabían que de toros nunca nadie sabe nada a ciencia cierta del juego que pueden dar. Es el gran misterio. Y la pregunta de siempre en casos como el de ayer, pues los dos últimos toros y, sobre todo, el lidiado en último lugar, remediaron con creces la catástrofe.

¿Cómo es posible, se preguntarán muchos, que de una misma ganadería y en la misma corrida salgan ejemplares de tan opuesta condición? Pues lo es y lo seguirá siendo. Así es el toreo de imprevisible. Además de efímero e irrepetible y de ahí la atracción que suele provocar.

Pero claro, luego está la suerte. Eso de que a quien le va a sonreír y a quién no. Ayer, el colmo de la mala suerte se cebó triplemente en Enrique Ponce hasta el punto de quedar prácticamente inédito, justo en este momento glorioso que está atravesando. El primer toro se lo echaron a los corrales. El sobrero, otro calamitoso, acabó rompiéndose una mano por lo que Ponce ni siquiera pudo matarlo a estoque y lo tuvo que hacer con el descabello. Y con el cuarto, tras lancear muy templado a la verónica en el saludo, apenas pudo apuntar unas notas artísticas marca de la casa con la muleta y en la desesperación, imagino, que interiormente debió sentir, sobre todo porque la faena se la había brindado a la gran cantante de ópera, Ainoa Arteta. Una pena.


Casi lo mismo les pasó a Manzanares y a López Simón con sus primeros toros. Pero, a Dios gracias, el cambio de decoración aconteció en la lidia de los dos últimos toros.


José María Manzanares bordó un saludo por verónicas y una galleó tan variado como originalísimo para llevar al caballo a su enemigo que, finalmente, no resultó todo lo bueno que hubiéramos querido. Un animal noble sin clase pero resistente hasta el punto de permitir que el joven maestro alicantino pudiera expresarse en los cites con la majestuosidad que le es propia en el la ejecución de los muletazos no del todo a su mayor placer porque, pendiente de sostener la limitada fuerza del animal, no pudo torear completamente entregado y relajado. Buena la faena pero no como sus más grandes. Y una estocada que no enterró del todo en la suerte de recibir aunque resultó suficiente. Justa la oreja que le concedieron. Y justa la alegría que Josemari sintió por haberse podido librar del mal fario de la tarde.


Quien se libró del todo fue Alberto López Simón que, a su modo de valor y firmeza intachables, cuajó una faena tan redonda y tan completa como falta de clase. No la tiene el joven torero y por eso no se le puede pedir más. Lo que si le continúo pidiendo es que prescinda del ya famoso e inevitable apuntador que continúa persiguiéndole por el callejón, ordenándole qué y cómo hacerles a los toros. Tanto es así, que puede que llegue un día en el que si el torero corta dos orejas, como ayer, una la pasee el protagonista y otra su pertinaz consejero. Se lo merece.