la suerte suprema

la suerte suprema
Pepe Bienvenida / La suerte suprema

viernes, 19 de agosto de 2016

Málaga: El milagro de un heroico Roca Rey / por Rosario Pérez

El milagro de un heroico Roca Rey
Roca Rey, durante la cogida - REUTERS 




El peruano sufre un horrible percance y Morante oye tres avisos en una mansada infumable

ABC, Málaga 18/08/2016
Silencio. Se rueda. Una película real, pero con hechos de otra galaxia.Protagonista: Andrés Roca Rey, un torero nacido en Lima hace diecinueve años. La Malagueta fue testigo de un filme no apto para cardíacos. Aquello no era un valor terrenal ni de hoy, era un valor de otra dimensión, de otro tiempo. Pero no era solo valor, eran tantos los valores... Valores para enseñar en una escuela, desde el sacrificio a la superación, desde el esfuerzo a la ambición para lograr lo que parece (casi) imposible. «Los que piensan que es imposible dejen trabajar a los que estamos intentándolo», se leía al fondo. Roca Rey no solo lo intentó, sino que lo consiguió tras ser cogido de manera espeluznante por el tercero de la deslucidísima y mansa corrida de Garcigrande, vacía de casta.

Tampoco apuntaba este garcigrande notas de bravura, pero Roca lo atacó en corto en dos series en redondo. Un cambio de mano y la zurda, por donde llegó el percance. «Fermentado» le puso los pitones en todos lados. No hubo zona que no le lamiera en una escena escalofriante. Grogui, se lo llevaron a la enfermería, con sangre en la boca, como un boxeador noqueado, como Rocky en su combate más duro. Cuando su compañero se disponía a matarlo, se obró el milagro: Roca volvió al ring para ganarle la partida a «Fermentado» y al propio destino. Sin chaquetilla, con el chaleco hecho añicos, un boquete por la barriga, otro en el pecho, uno más por encima de la ingle y otro en la parte trasera de la taleguilla. El vestido, ni para el sastre. Y el torero, hecho un eccehomo, haciendo de tripas corazón.

En un gesto de amor propio, regresó al mismo sitio, con series diestras que calaron hondo y el atrevimiento de coger otra vez la izquierda. Se quedaba corto el garcigrande y le lanzó un nuevo recado, pero Roca ni se inmutó pese a notársele mermado físicamente. Además, el calor era asfixiante. Ni la temperatura ni la cogida parecieron importarle a la joven figura, que conectó una barbaridad con el público, puesto en pie. El termómetro de la emoción se disparaba. La plaza era un clamor. El héroe del Perú tenía ganado ya todo, más allá de las orejas que no fueron, pero quiso marcarse unas manoletinas milimétricas. Se perfiló para matar y pinchó. No podía ni con su alma y se desplomó en la arena. Quiso incorporarse, pero volvió a desmayarse. Y las cuadrillas se lo llevaron. Fue trasladado a una clínica para realizarse un estudio. En una primera exploración se le apreció una herida en el abdomen y otra en la boca.

La tarde no tuvo buenos principios. Morante, que había recibido el Capote de Paseo a la mejor faena de la pasada feria, se dejó el primer toro vivo. «Pillito» no le agradó desde que pisó la arena con esa manera de irse al capote. Aun así, se le cantó una verónica y un bonito inicio de faena. Inicio que fue final. Escarbaba el toro, se quedaba corto y se defendía por sus justas fuerzas. Y el de La Puebla, con el mismo vestido celeste y azabache de su tarde maestrante con tres avisos, abrevió y se preparó para darle matarile. Tuvo que tomar el olivo cuando «Pillito» pegó un arreón de manso al sentir el pinchazo. No era fácil descabellarlo. Y tras perseguir al toro, que se fue a chiqueros, Morante se alejó hasta que sonó el tercer aviso. La vuelta a chiqueros tardó más que la formación de Gobierno... Y la bronca para Morante fue monumental.

Visto lo visto luego, más vale que se hubiese quedado todo el sexteto en toriles, porque ¡vaya corridita! El genio de La Puebla, que tuvo que matar otros tres por el percance de Roca Rey, sopló al cuarto unas verónicas con su aquel y un broche por bajo de lujo. Gotas de arte en un mar de mansedumbre, como el último de la noche.

La actitud de figura de El Juli en el segundo hizo presagiar esperanzas. Un quite por chicuelinas de manos bajas, con remates ralentizados, se antojó una maravilla replicada con gallardía por Roca. El madrileño brindó y lo imantó a su muleta en una ronda, pero en el de la firma se rajó con descaro. Con un quinto que iba y venía sin gracia, desgranó algún momento lucido, aunque con semejante encierro no había modo de remontar la jornada.

La tarde fue del heroico Roca Rey, que obró el milagro de una faena imposible y de vivir para contarla.