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Pepe Bienvenida / La suerte suprema

martes, 17 de enero de 2017

El beso azul / Novela de Jordi Sierra i Fabra



"...Tanta memoria histórica, tanta guerra civil, tanta cuenta pendiente… Podría acabarse de un plumazo con que los agitadores de quinta fila que azuzan el fantasma leyeran este libro, porque de nada sirve exhumar y reinhumar al abuelo paseado si ese proceso no se ha llevado a cabo antes en el corazón y la psique..."

Encantado de conocerte, Rogelio

Alcanzo el final de la nueva novela de Jordi Sierra i Fabra, El beso azul (HarperCollins Ibérica), la cierro y reparo en que no recuerdo el nombre del pueblo donde el autor ambienta su historia de rencores, silencios, miedos y, sobre todo, reconciliación. Sierra i Fabra, diría yo que uno de los novelistas más prolíficos del planeta, ha dejado por el momento atrás Barcelona y la guerra civil recién conclusa de su magnífica serie detectivesca y estamos en 1977. Ha sido legalizado el PCE, ETA ha secuestrado y asesinado de modo vil a Ybarra -uno más en una lista que alcanzará casi los mil nombres- y los “topos” que no salieron de sus escondites con la amnistía de 1969 lo hacen ahora y ya pueden ver Un, dos, tres, responda otra vez en el salón y no encogidos en el fondo falso del armario. Y bueno, sólo recuerdo que el pueblo de El beso azul no cae por tren, al parecer, demasiado lejos de Madrid.

Hojeo un poco el libro, y nada. Sospecho que el olvido ha sido deliberado, pues esta trama de muertos sin desenterrar de las cunetas podría haber tenido lugar -y lo tuvo- en centenares de pueblos españoles donde, en la impunidad de la retaguardia, amigos mataron a amigos y vecinos mataron a vecinos, tanto en uno como en otro bando. Hoy se saca mucho a pasear la pancarta de la memoria histórica, si bien casi siempre pasando por alto que si se quiere hablar de memoria histórica hay que referirse a las víctimas y familias de ambas mesnadas en liza, no sólo a los de una, que es lo que hicieron en su día los vencedores y están haciendo ahora los vencidos, porque si no, ya no hablamos de memoria histórica, sino de memoria ideológica, que ya sabemos adónde nos conduce.

Uno de los personajes de la novela de Sierra i Fabra, vecino de uno de esos pueblos donde todos se conocen, asevera que si los padres guardan secretos, no es bueno que los hijos se enteren de ellos y, en caso de que éstos estén al tanto, no conviene que los padres sepan que lo están. Además de imposible, un mundo sin secretos sería, en efecto, harto aburrido. Justo lo contrario, sin embargo, es lo postulado hoy por los gurúes laicos especializados en el trazado de constelaciones familiares, es decir, que los secretos de familia -precisamente por ser secretos- condicionan de modo inconsciente nuestros actos y son fuente de un sinnúmero de traumas, fracasos, decisiones en apariencia irracionales… La verdad es que Rogelio, el “rojo” exiliado y luego combatiente en la Resistencia gala que en esta novela, ya muerto Franco y transcurridos cuarenta años de haber escapado de una fosa común, regresa al pueblo donde nació y “murió”, denota -con el natural arte que exhibe a la hora de reconciliar con sus actos y omisiones al que le fusiló, al que no le fusiló, al que lo delató, al que le birló la novia, al vencedor y al vencido- ser todo un maestro en esta disciplina que en el 77 estaba apenas en fase de gestación.

El beso azul podría servir, sí, perfectamente para poner en pie un coloquio o taller de constelaciones al estilo de los de los psicogenealogistas -Didier Dumas, Schützenberger…- entrevistados por Patrice Van Eersel y Catherine Maillard en Mis antepasados me duelen (Obelisco). Tanta memoria histórica, tanta guerra civil, tanta cuenta pendiente… Podría acabarse de un plumazo con que los agitadores de quinta fila que azuzan el fantasma leyeran este libro, porque de nada sirve exhumar y reinhumar al abuelo paseado si ese proceso no se ha llevado a cabo antes en el corazón y la psique. Pero no van a hacerlo, claro. Mucho memorialista obra y vive del fantasma, de que asome un poco por el borde de la cuneta, pero sin salir del todo, no vaya a perdonar a los vivos y les finiquite el negocio. Que Rogelio, en fin, les estorba. A mí no, claro. ¡Al contrario! Así que encantado de conocerte, Rogelio.