la suerte suprema

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Pepe Bienvenida / La suerte suprema

lunes, 30 de enero de 2017

HOY RECORDANDO AL MAESTRO, 27 AÑOS SIN PEPE ALAMEDA



Y un buen día, tarde de toros, domingo 28 de enero de 1990, Pepe Alameda decide morirse. Dieron la noticia en el parlante de la gran plaza y estalló una sentida ovación, una de las mas dolientes y más tristes que se hayan dado en la México.

Alameda fue siempre ‘el Maestro Alameda’, un maestro entre muchos profesores.
Y sabiéndose mucho tiempo atrás que era un gran poeta, nos dejó en sentidos versos, su biografía, su autorretrato:

Paso a paso he pasado por la Tierra/ camino a la muerte prometida/ Sin poder detenerme/Y la muerte me ha dado cada día/ un poco de su polvo. Y he vivido/ con una vida ambigua,/ creciéndome la muerte por adentro/ detrás de la sonrisa/ Hasta quedar al cabo en un pequeño/ montón de huesos y ceniza/ Ese soy yo/ Tal es mi biografía.


HOY RECORDANDO AL MAESTRO 
27 AÑOS SIN PEPE ALAMEDA

A LOS TOROS / El Vito
Nació José Alameda en la madrileña calle de Goya, el 24 de noviembre de 1912, por lo que en noviembre de este año de 2014 se cumplirán 102 años del nacimiento del famoso periodista.

Carlos Fernández Valdemoro nació en la misma calle donde años más tarde llegaría a la vida a Antonio Chenel Antoñete. Fue hombre de las circunstancias, en el sentido del también madrileño Ortega y Gasset. A Carlos Fernández las circunstancias lo echaron de Madrid, de aquel Madrid de la época de Rafael Guerra Guerrita, y lo llevaron de niño a Marchena, Sevilla, donde en brazos del gallismo primero y más tarde del chicuelismo, bebió las gotas fundamentales de la leche del toreo.

Ya hombre —como él mismo lo indica en su Retrato inconcluso— regresó a la Villa del Oso y del Madroño al compás de la vida. Se formó intelectualmente, casi sin estación de paso, hasta que el río de los acontecimientos lo arrojó sobre la playa de las circunstancias de la Segunda República, y en la expresión de sus intelectuales encuentra el cántaro donde se bebe su propia curva literaria, la del pozo de la generación del 28.

Aquellos acontecimientos y circunstancias de la España convulsa le llevaron al París Socialista, la ciudad de las libertades. Allí, en la ciudad de Víctor Hugo y de Zola y en las aulas de la Universidad de la Sorbona, remató sus estudios de Derecho Romano, y bebió tragos del periodismo de libertades y de protestas; y con un título de abogado —pergamino que olvidó en algún rincón de la bohemia parisién – ya licenciado para ejercer una profesión que jamás ejerció, partió del Havre a Southhampton, Inglaterra. Saltó el Canal de la Mancha plagado de minas alemanas y llegó a Londres el 13 de febrero de 1940.

Con un pie en Londres, muy distinta a este Londres de los Juegos Olímpicos, y con la mirada puesta en el Nueva York que anunciaba Federico García Lorca cruzó el Atlántico. Al pisar tierra norteamericana encauzó su destino por las líneas del ferrocarril, caminos y caballos de hierro sobre los que se erigió el gigantismo del capitalismo, la franja derecha de los Estados Unidos.
Fueron trenes que le llevaron a México.
Carlos Fernández Valdemoro, quedó fascinado con México. Encantado con el abigarramiento mexicano. Firmó con el nombre de Carlos Fernández Valdemoro, porque fue hijo de Fernández Clérigo, que había sido secretario de don Manuel Azaña. Era a su vez el nieto del marqués de las Navas, y con todo su cortesano linaje, Fernández Valdemoro era demasiado republicano.

Así que, para cruzar la arena del toreo, y meterse en el corazón del pueblo taurino con alma de literato, se autonombra Alameda, por la Alameda de Hércules, allá en Sevilla, en recuerdo de Manuel Jiménez Chicuelo, y José, nada más ni nada menos que por Joselito.

José Alameda nació, frente a la Alameda Central, de la Ciudad de los Palacios el México que haría suyo y que exaltaría con su prosa, su poesía, la narrativa singular y personalidad admirable.
Fueron 50 años de actividad. Medio siglo de cátedra permanente, de “apasionada entrega” a la fiesta de los toros. Vida catalogada a manera de índice, en su obra de literatura taurina: El arte del toreo Católico, Los arquitectos del toreo moderno, Los heterodoxos del toreo, La pantorrilla de Florinda y el origen bélico del toreo, Retrato inconcluso, Crónicas de sangre, La evolución del toreo, Al hilo del toreo y la infinidad de artículos y reportajes que a su larga trayectoria literaria preñó de positivismo taurino las páginas de diarios y de revistas del universo taurino.

José Alameda será más recordado como literato que como incomparable relator y comentarista en los medios radiofónicos. Fue el más profundo de todos cuantos han existido; y coincidencialmente con su partida, España Calpe lanzó al mercado de los libros su última obra, Al hilo del toreo, aunque su trabajo periodístico fue una gran alabanza, grande por su pluma, a manera de agradecimiento por la dedicatoria que le hice del libro Solera brava. Artículo publicado en “El Heraldo de México”, su postrera tribuna taurina.
Como ocurre cuando suceden estas cosas, aquel despacho informativo de la Agencia de Noticias llegó frío a la redacción aquella tarde de 1990. Simplemente anunció la muerte de José Alameda, “conocido periodista taurino”.

Afortunadamente no fue así, porque quien ha escrito tanto, y tan bien, quien grabó su voz, no en la mente y en el recuerdo, como él grabó la voz de “Gallito”, sino que hirió los electrones y se metió en cientos de cintas mil veces reproducidas, en videos y en magnetófonos, no puede morir.
Allí, con ese tono leve de su grata voz, perfecta dicción, sonora prosa y verbo fácil, estará siempre José Alameda. Un crítico que con una frase podía hacer figura a un torero, y que al leer entre líneas puso ser capaz de descubrir cosas profundas pero que nunca, jamás, hirió ni utilizó sus escrituras taurinas para atacar ni para participar en la vida privada de otros.

La tarde anterior al fallecimiento me había comunicado con Guillermo Leal, en aquellos momentos su alumno más directo. Memo Leal fue directo y dijo que le quedaba poco “al Maestro”.

Su busto se eterniza en tallas de duro pedernal o lustroso bronce. Hay uno en la “México” con el facsímil de su firma, otro en plazas y cosos taurinos, y uno, muy particular, en León, Guanajuato.

Es una hermosa obra del escultor Humberto Peraza, con la dedicatoria del ganadero Alberto Bailleres, que dice:

“A José Alameda, por su labor literaria en La Fiesta”.

El bronce a sus espaldas tiene, grabado por el escultor, el Soneto de las ascuas. Alameda, agradecido a Peraza, le escribió el siguiente poema, que hoy con su “graciosa” huida adquiere carácter trascendental.

La emoción de la escultura
cuando esculpido me vi,
fue verme fuera de mí
reducido en forma pura,
deshabitada figura. 
Prisionera de tal suerte
la imagen en bronce inerte
tiene una emoción real,
pues anticipa, inmortal,
el vacío de la muerte”. 

JOSÉ ALAMEDA