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Pepe Bienvenida / La suerte suprema

domingo, 10 de abril de 2016

7ª de feria en Sevilla. A Ponce, maestro de maestros, no le afectan las grandes novedades / por J.A. del Moral


"...La presencia del Rey Juan Carlos y el cariñosísimo recibimiento que le tributaron los espectadores puestos en pie con una ovación interminable al asomar en el Palco del Príncipe, fue una demostración más, como hace años ocurrió en Las Ventas de Madrid, de que las plazas de toros son el gran parlamento natural de España..."

A Ponce, maestro de maestros, no le afectan las grandes novedades

Sevilla,10/04/2016.- Plaza de la Real Maestranza. Sábado 9 de
abril de 2016. Séptima de feria. Tarde soleada aunque muy fresca y con momentos de viento con lleno absoluto.
Siete toros de Juan Pedro Domecq, incluido el sobrero que reemplazó al cuatro, devuelto por su extrema debilidad. Negativa característica que predominó en el envió en mayor o menor grado. Desigualmente presentados y en su mayor parte fuera del tipo de su encaste. Noble por el lado derecho y justísimo de fuerza el primero. Muy pronto venido a menos el también noble segundo. Noble, blando y soso el tercero. Inviable el sobrero cuarto por muy mirón y cortísimo de viajes. Bravo en los primeros tercios aunque muy tardo en su embestir y también noble el quinto. Noble sin clase y muy a menos en la muleta el sexto.

Enrique Ponce (corinto y oro): Estocada caída, oreja y petición de la segunda. Estocada baja, gran ovación.
José María Manzanares (cobalto y oro): Estoconazo tendido, leve petición y ovación. Estocada corta, palma y pititos.
Andrés Roca Rey (avellana y oro): Buena estocada, vuelta al ruedo. Pinchazo y estocada, ovación.

S.M El Rey Emérito, Don Juan Calos I, presidió el festejo desde el Palco del Príncipe, acompañado por la Infanta Elena. Los tres espadas le brindaron sus primeros toros. En su llegada al Palco Regio, fue largamente aclamado por el público, así como tras los brindis y al abandonar la plaza entrando en el Palacio de La Real Maestranza a donde subieron los tres matadores para saludarle.

La presencia del Rey Juan Carlos y el cariñosísimo recibimiento que le tributaron los espectadores puestos en pie con una ovación interminable al asomar en el Palco del Príncipe, fue una demostración más, como hace años ocurrió en Las Ventas de Madrid, de que las plazas de toros son el gran parlamento natural de España. La unanimidad en aclamar al Rey fue absoluta. Eso para los que quieren acabar con la Monarquía, con nuestra Democracia y con la unidad de la Nación. La general emoción por su presencia fue sentida y expresada como Don Juan Carlos merece porque a Él debemos y le deberemos siempre las libertades que tenemos y el periodo más estable además del más largo y más feliz progreso de España.

El pobre juego del ganado de Juan Pedro Domecq desmereció la soleada tarde salvo en los pasajes más felices que protagonizaron los espadas, especialmente la actuación de Enrique Ponce, sobre todo su faena sublime con el toro que abrió el festejo, premiada cicateramente con una sola oreja que sin duda hubieran sido dos de haber hecho la faena en cuarto lugar. Inconveniencias de actuar por delante como siempre ocurrió y ocurrirá.

Digamos para empezar nuestros juicios respecto al ganado y no solo son lamentos de ayer, también de los pesares que desde hace años venimos sufriendo, que la moda ya irremediablemente instalada del toro grande y sobrepesado aunque haya excepciones, viene teniendo funestos resultados. Ello, sumado al descastamiento de la mayoría de las ganaderías de bravo por la pertinaz búsqueda de los criadores en cuanto a la docilidad por encima de las demás características de sus productos, nos están llevando a situaciones lamentables.

Llevo muchísimos años viendo toros y no dejo de recordar cómo eran y como se comportaban los toros en general y los de Juan Pedro Domecq en particular en los tiempos de Antonio Ordóñez. Ninguno pasaba de los 500 kilos y, sin embargo, embestían de principio a fin de la lidia con encastada fuerza tras soportar crecidos dos o tres puyazos en regla. Y me da pena pensar que esto no le volveremos a ver mientras los ganaderos sigan criando reses con la mente puesta en los reconocimientos de los dictatoriales veterinarios, a su vez empeñados y asustados de los juicios críticos que rechazan reses por su menor tamaño sin darse cuenta del error que están cometiendo. Desgraciadamente va a ser muy difícil regresar al pasado y más cuando no vivamos los que podemos contarlo.
Pero bueno, Es lo que hay y tenemos que limitarnos a los hechos toreros en función del juego de los animales. Esta es y seguirá siendo la misión de la crítica.


Ayer, Enrique Ponce continuó ejerciendo de rey inamovible del toreo, como pudimos comprobar y celebrar en su doble actuación, más vistosa con el toro que abrió plaza que con el marrajo que solo le permitió lidiarlo con su sin igual maestría hasta comprobar y hacer ver que el animal era inservible para el toreo como ahora lo entendemos.
Pero su primera faena fue de altísima nota tanto desde el punto de vista técnico como del artístico. El sumo y extremado templar de Enrique Ponce a un animal tan blando que, sin duda, se hubiera caído y recaído con el menor tironazo muletero del espada, es una de las virtudes cardinales del hacer del gran maestro valenciano, experto en tantas cosas además de ser el torero que con más natural y elegante facilidad torea de cuantos he visto en mi vida. Esa facilidad – dificilísima facilidad – es la virtud que le separa de todo el escalafón y la que le mantiene en lo alto ya desde hace 27 años como matador de toros. Sumar tan preclara y sosegada técnica a unas maneras tan dulces como profundas
e ir año a año perfeccionando todo en un progreso que parece no tener fin, es lo que permite a
Ponce ser quien es por encima de cualquier acontecer torero, como estamos viendo este año con la irrupción de importantes nuevos valores toreros que están trayendo de cabeza a la primeras figuras por lo que se les viene encima en pos de mantenerse en sus puestos. Cuestión sin duda positiva porque hacía muchos años que esto no sucedía.
Pero a lo que vamos sobre lo sucedido ayer en la Maestranza con este Ponce tan inmaculado y a la vez tan resistente como un cristal indestructible. Señores, qué manera más dulce de torear, con cuanta precisión, con cuanto sentimiento, con cuanto placer propio que se transforma en ajeno mientras Enrique va desarrollando y estructurando una obra de arte de inconmensurables medidas hasta hacer rendirse a todos los presentes ante tamaña evidencia.
Soñar el toreo para hacerlo realidad. Así está toreando este gran señor del toreo para la eternidad porque, lo más inaudito de su histórico caso, es que lo está llevando a cabo en unas postrimerías profesionales que parecen no tener fin sin que nadie pueda adivinar cuál y cómo será su techo.

Es tan grande el prodigio poncista, que no choca poder decir que el único torero actual al que no le afecta la irrupción de los nuevos valores es el mago de Chiva. Y no le afectan mientras a otros grandísimos toreros, sí que se les nota el inevitable y evidente esfuerzo que tienen que hacer para no quedar arrollados por el tsunami que trae de cabeza a la cúpula del toreo contemporáneo y a los que quedan por venir para nuestra suerte.

Para nuestra suerte, uno de ellos, quizá el más prometedor, es el limeño Andrés Roca Rey que viene arrasando desde el albor de la presente temporada hasta ayer mismo sin poder lograrlo por cuanto acabo de decir sobre Enrique Ponce. A Ponce, ya lo he dicho, no hay quien logre consiga debilitar su pulso y su inaudita tranquilidad por saberse quién es y por lograr evidenciarlo cada tarde.


Andrés Roca Rey sí que fue quien ayer más se esforzó en pos de triunfar como fuera. Hasta el punto le llegar al momento dramático de la terrible cogida que sufrió al final de su faena con el sexto toro, por milagro de Dios sin consecuencias, cuando por insistir e insistir en exponerse al percance superó lo irrazonable ante un animal al que no había manera de meterlo en cintura.
Hasta tal punto llegó la cosa que me veo obligado a decirle al nuevo fenómeno que las cogidas son admisibles y hasta admirables cuando se padecen mientras se torea. Pero de ninguna manera lo son cuando se buscan como ayer lo buscó y lo rebuscó Andrés hasta que llegó el inevitable percance. Torear es todo lo contrario. Se trata de que no te cojan los toros mientras se torea.
La suerte le acompañó, no obstante, porque hubiera sido terrible que esa tremenda por tremendista cogida se hubiera traducido en un cornalón que quién sabe las consecuencias que hubiera tenido para el que está llamado a ser un figurón del toreo de larga vida profesional.


Andrés salió ayer a por todas como viene haciendo cada tarde y más en las de tanto compromiso como la que nos ocupa y otra vez más no cesó de empujar, empujar y empujar contra viento y marea tanto con su deslucido primer toro como con el imposible sexto, llegando hasta molestar a José María Manzanares con los quites – con el capote fue cuando los sevillanos descubrieron la variedad y la enjundia que le son propias – cuando los hizo en los dos toros del alicantino. Dos quites tan hermosos como ayer inconvenientes porque, sobre todo el que llevó a cabo en el segundo toro, restó posibilidades muleteras al diestro que correspondía matarlo. Ya legarán los días de sosiego y de respetuosa moderación cuando Andrés reine en el toreo. Lo que está por ver.


José María Manzanares no fue ayer el gran Manzanares que en la Maestranza llegó a los cielos en tantas ocasiones. La gente, todos, nos impacientamos cada vez que no le vemos como le hemos visto en sus muchas tardes de gloria mayor. Con su primer toro llegó a empacarse, aunque muy brevemente, con esa dulzura imperial que atesora. Y con el más bravo de la tarde, el quinto – extraordinariamente picado por el gran Chocolate – no se halló a gusto ni descubrirnos si el culpable fue el toro o el torero. Le queda otra corrida. Le esperamos esperanzados.