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Pepe Bienvenida / La suerte suprema

viernes, 15 de julio de 2016

10ª y última de San Fermín en Pamplona. Eduardo Dávila Miura reaparece para homenajear a la ganadería de la familia y corta una oreja / por J.A. del Moral.



"...como homenaje a la ganadería de su familia, reapareció por una sola tarde el sobrino de los ganaderos, Eduardo Dávila Miura, que terminó siendo el principal protagonista de la tarde. Como también ocurrió hace años en Sevilla, Eduardo tuvo suerte y la supo aprovechar..."


Eduardo Dávila Miura reaparece para homenajear a la ganadería de la familia y corta una oreja

J.A. del Moral .14/07/2016
Plaza de toros de Pamplona. Jueves 14 de julio de 2016. Tarde medio nublada y muy fresca con lleno total.

Seis toros de Miura, presentados en los tamaños, tipos, pelajes y hechuras de la casa. Resultaron excesivamente flojos en distintos grados de manejabilidad. Por más nobles destacaron el segundo que fue el mejor del envío y el quinto aunque este acabó molesto y gazapeando. Los peores fueron el primero y el sexto. Los otros dos, tercero y cuatro, apenas manejables con problemas.

Rafaelillo (añil y oro): Estocada muy habilidosa, gran ovación. Estocada caída, petición insuficiente aunque muy ruidosa y vuelta al ruedo con posterior bronca al palco por no conceder el trofeo.
Eduardo Dávila Miura (marino y oro): Buena estocada, oreja. Pinchazo, otro hondo y dos descabellos, dos avisos y gran ovación con saludos.
Javier Castaño (nazareno y oro): Estocada de entrega saliendo prendido por el pecho con el chaleco roto y descabello, aviso y petición insuficiente con vuelta al ruedo. Estocada trasera, palmas.

En la brega y en banderillas destacó Javier Ambel. Y con los palos, Alberto Zayas, Joselito Rus y, muy especialmente, Fernando Sánchez.

Los tres espadas brindaron sus primeras faenas con la montera alzada hacia el Cielo en memoria de Víctor Barrio. Dávila Miura brindó a su tío Antonio su faena al quinto toro.

En esta última corrida de San Fermín de 2016 se celebró la corrida numero 50 de Miura, lidiadas en otros tantos ciclos sanfermineros. Para la ocasión y, como homenaje a la ganadería de su familia, reapareció por una sola tarde el sobrino de los ganaderos, Eduardo Dávila Miura, que terminó siendo el principal protagonista de la tarde. Como también ocurrió hace años en Sevilla, Eduardo tuvo suerte y la supo aprovechar. Estupendo anduvo con el segundo toro que, sin lugar a dudas, fue el mejor ejemplar de la tarde con notable diferencia. Pero es que, con el quinto, que en principio se dejó aunque se puso muy difícil para entrarlo a matar, poco faltó para que cortara otra oreja aunque también faltaron unos segundos para que le hubieran dado el tercer aviso. Una cosa por la otra, el caso fue que Eduardo, desde su primer retiro convertido en notable y muy querido personaje taurino multiusos al ejercer con gran desenvoltura las tareas de apoderamiento, de comentarista radiofónico, de brillante conferenciante y de profesor de toreo de salón, volvió por segunda vez a los ruedos y lo hizo con importantes actuaciones. ¡Enhorabuena¡


Hay que reconocer encomiablemente su puesta a punto, perfecta, como también su maestría al saber entender y acoplarse muy bien con sus dos toros. Y muy especialmente con el segundo. Un toro ciertamente grato al que, sin embargo, hubo que perderle los pasos precisos entre pases y entre tandas, logrando lancear de salida y muletear con acendrado temple y hermosa donosura.




Quizá por alargar demasiado la faena al quinto toro en su empeño por repetir el éxito, algo inconveniente con los de este singular encaste, el animal llegó a alcanzarle en le pecho sin mayores consecuencias que destrozarle el chaleco del que tuvo que desprenderse. Luego se rajó el animal y empezó a babear tablas con un molesto gazapeo, poniéndose muy complicado de cuadrar y, por consiguiente, de matar pronto y bien. Fue una pena porque, de acertar en la suerte suprema al primer envite, Dávila Miura podría haber salido de la plaza a hombros. Pero bueno, ahí quedó para el recuerdo esta al fin y al cabo feliz jornada que Eduardo había merecido con sobradas creces.


El resto del festejo resultó inevitablemente deslucido por el mal juego que dieron los demás toros aunque tanto Rafaelillo como Javier Castaño anduvieron por encima de las condiciones más o menos difíciles de sus enemigos. Ambos fueron premiados con una vuelta al ruedo. Castaño tras matar al tercero y Rafaelillo lo mismo en el cuarto.



Dos vueltas al ruedo con fuerza y unánime aquiescencia tras sendas peticiones de oreja visiblemente insuficientes aunque un tanto ruidosas, son mejor premio que esos despojos que muchos pensamos no fueron totalmente merecidos. Los gestos de disgusto dedicados a la presidencia, sobraron, Rafaelillo. Y sobraron porque su faena más aclamada al pésimo cuarto de Miura fue una estupenda escenificación del riesgo, un efectista sortear las cortísimas y descompuestas embestidas aunque decir que eso que hacía este toro era embestir es una mentira digamos que piadosa. Rafaelillo sabe y puede hacer esto magníficamente, sí. Como también torear como se debe cuando los toros “embisten”. Defenderse no es embestir como también dar saltos con inevitables enganchones al compás de las tarascadas no es torear. Si el toro no pasa, no hay pases posibles. De ahí que a los muletazos también les llamemos “pases”.

Quizá discrepen muchos de esta opinión pero yo sé lo que digo y por qué lo digo. Cuando un toro se comporta como los dos de Rafaelillo que, indudablemente, compusieron el peor lote de la corrida, prefiero que la faena sea corta y que se mate más pronto que tan tarde como ayer hizo el murciano. Sé que es la moda. Pero antes, los toreros y, sobre todo los maestros, a esta clase de animales se los quitaban muy pronto de en medio. Esta mala clase de animales se ponen peor de lo que fueron de salida cuando las faenas – o lo que sean – se prolongan con inevitables enganchones incluidos que esa y no otra es la principal razón del empeoramiento del animal. Y esto vale para todas las reses de lidia. Hasta los mejores toros empeoran cuando el torero se deja enganchar las telas. ¿O no? Con el primer toro le ocurrió lo mismo a Rafaelillo a quien le dieron un aviso bastante antes de entrarlo a matar. Y no hubo tanto teatro como en el cuarto. Por lo demás, reconocer las muchas ganas del murciano. Sus recibos con largas de rodillas a los dos toros que mató y su gran decisión al matarlos. 


Me agradó mucho ver a Javier Castaño con el pelo ya crecido tras sus actuaciones en Sevilla y en Madrid con la cabeza como una bola de billar, blanca como la nieve en la Maestranza y gris en las Ventas. Ayer en la plaza de Pamplona no se le aplaudió antes de que comenzara la lidia para celebrar su cuasi milagrosa recuperación del cáncer que había padecido. Pero dio gusto verle tal cual fue antes del desastre. En su primer toro, el tercero de la tarde, luchó denodadamente hasta sacar algunos medios muletazos templados con la mano derecha. El a la poste escondidísimo lado de este barrabás. Y al sexto también le “robó” algunos. Pocos por cierto. No tuvieron más que hacer.



Por lo demás y aparte de celebrar como merece que esta mítica ganadería haya alcanzado medio centenar de comparecencia en los Sanfermines, reconozcamos el disgusto que supuso ver a tantos animales sin fuerza. Justo lo contrario de cómo se comportaban los toros de Miura de hace un par de décadas. Me encantaban si se puede decir “encanto” el de aquellos toros que no cesaban de acosar a todos los que estaban en el ruedo al mismo tiempo. Nadie podía parar tranquilo. Como también los toros buenos de verdad que entonces también echaban. Me acuerdo ahora mismo del excelente al que toreó excelentemente Tomás Campuzano en Bilbao. Y de estos que rememoro hace años que no vemos ninguno de esta histórica ganadería. ¿O no? Ahora salen algunos simplemente manejables y lo celebramos como si fueran bravos y nobles. ¡Aleluya¡. Pues eso amigos, eso…