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Pepe Bienvenida / La suerte suprema

jueves, 19 de julio de 2018

Astérix, Obélix y los Lozano / Por Carlos Ruiz Villasuso

Eduardo, José Luis, y Pablo Lozano

Pontevedra no está lejos pero está allá. Conseguir que permanezca el toro en toda su plenitud en una zona donde nadie da toros es un milagro fruto de la dedicación, la fe y el respeto. La lucha de los Lozano no es desde el victimismo sino desde la inteligencia, desde el esfuerzo y desde las convicciones.


 Astérix, Obélix y los Lozano

Carlos Ruiz Villasuso
Va por zonas. En algunas, donde el toreo está fuerte y consolidado, se presenta una batalla vía no prohibicionista de forma directa, sino mediante impedimentos que exijan las nuevas leyes. Las de Bienestar Animal votadas en Andalucía y Madrid la semana pasada, zonas estables del toreo han perdido el primer asalto. La estrategia es así, les es tan importante perder como ganar, pues avanzan en mensaje social. En otras zonas, el toreo se hace espuma volátil, se disuelve, desaparece, se va y ya no regresa. Muerte dulce que dicen.

Son en esas zonas donde hemos fallado en lo social, como Baleares, Canarias, Cataluña, zonas del norte donde resiste Gijón, plazas del País Vasco, Santander y pocas más en Cantabria y... ninguna en Galicia, la tierra de Cela. ¿Ninguna? Sí. Hay una. Una que es propiedad de unos señores apellidados Lozano. Una en la capital de Pontevedra. Una que, al igual que las demás que daban toros, ha sido atacada por todos los frentes posibles: animalismo, política, presión económica y administrativa... pero resiste. Y además, no resiste de cualquier manera, sino echando cada año la casa por la ventana para hacer que la gente acuda a las plazas y que no dé la espalda a la feria. Se lo gastan. Apuestan.

Lanzan el mensaje de que los toros sí tienen afecto social y socializan la alegría ciudadana en las peñas. Logran que la plaza, un día de toros, siga teniendo la transversalidad social que representa a todo tipo de ciudadanos. No cuentan apenas con un contexto de veraneantes aficionados como puede tener El Puerto e incluso Málaga. Ni accesos de AVE y similar. Pontevedra no está lejos pero está allá. Conseguir que permanezca el toro en toda su plenitud en una zona donde nadie da toros es un milagro fruto de la dedicación, la fe y el respeto. Me dirán que, claro, es su plaza. Les diré que, claro, era su plaza o son sus plazas, las de Balañá. No todos son iguales.

Pontevedra no está lejos pero está allá. Conseguir que permanezca el toro en toda su plenitud en una zona donde nadie da toros es un milagro fruto de la dedicación, la fe y el respeto. La lucha de los Lozano no es desde el victimismo sino desde la inteligencia, desde el esfuerzo y desde las convicciones

Hay un cómic de sátira humorística internacional de los franceses Goscinny y Uderzo, Astérix y Obélix, que tiene un paralelismo con la Pontevedra de los Lozano. Los héroes galos luchaban contra la invasión romana en el noroeste (Galia francesa) al igual que la lucha por el toreo de esta casa se plantea en el noroeste de España. En ambos casos el enemigo es poderoso y en los dos casos, todo lo que hay alrededor es terreno conquistado por el enemigo. Una isla, aldea y plaza de toros, que resiste con orgullo, con gracia, con trabajo, con ilusión.

En los dos casos, en la aldea de la Galia y en la “aldea” taurina pontevedresa, hay felicidad. Su lucha no es desde el victimismo sino desde la inteligencia, desde el esfuerzo y desde las convicciones. En los dos casos, la fuerza para la lucha titánica nace de muchos años de trabajo y de dedicación, no es un pelotazo o flor de un día. Por temer, sólo temen, como insiste Abraracúrcix, que “el cielo caiga sobre nuestras cabezas”, a lo que él mismo responde: “Pero eso no va a pasar mañana”. Frases ambas que pueden salir de una boca sabia como la de José Luis Lozano, de la templanza de Pablo o de la mente ágil de Eduardo.

Y en los dos casos, aldea y plaza, cuentan con algo que no tiene el enemigo. La poción mágica. Esa bebida cuyo secreto guarda celosamente el druida Panoramix y que, antes de cada batalla, bebe la aldea entera y los hace invencibles. Esa bebida que Astérix lleva en una pequeña cantimplora y que, con dos tragos, se convierte en un gigante de fuerza. El único que nunca bebe de ese brebaje mágico es Obélix. Cuentan que, siendo chico, se cayó dentro del caldero de la poción y se hartó de ella. No le hace efecto porque ya tiene el efecto de invencible desde niño. Puede que los Lozano se cayeran dentro de ese caldero en su infancia, nada fácil por cierto. Porque ellos tienen la pócima que dicen que es secreta pero que es vox populi: afición, pasión, entrega y lealtad al toreo.