Por su parte, Pedro Sánchez ha pisado el acelerador en la misma dirección para regularizar la situación de muchos cientos de miles de ilegales que, entre ellos y sus familiares reagrupados, cambiarán el resultado de futuras votaciones y la composición de la sociedad española para siempre. Y los españoles, en su mayoría, o están encantados o siguen sin enterarse de lo que está en juego.
Angela Merkel acaba de demostrar por enésima vez la perfecta sintonía de las derechas y las izquierdas europeas en tan esencial asunto al pedir a los inmigrantes que voten contra la malvada Alianza por Alemania. A los gobernantes europeos de nuestros días no les gustan sus compatriotas, por eso hacen todo lo posible para cambiarlos.
Pero la llegada de millones de extraeuropeos, que se sumarán a los muchos millones ya instalados, es solamente la mitad del plan. La otra mitad consiste en la simultánea eliminación de los europeos. Con curiosa sincronía que a casi todos pasa inadvertida, países como Francia, España y Reino Unido se han embarcado en la tarea, superflua dado el avasallador alud de abortos pero de enorme carga simbólica, de elevar su categoría jurídica, que en pocas décadas ha pasado de delito a derecho y ahora a derecho constitucional con aspiraciones a sacrosanto en cuanto las diversas iglesias excristianas lo bendigan, que no tardarán.
La penúltima noticia al respecto, por el momento, es que la Cámara de los Lores británicos, ese veterano y hoy absurdo bastión del orden tradicional, ha aprobado el derecho a abortar hasta el día del nacimiento. La estrategia, seguida en todo el mundo con, una vez más, significativa sincronía, ha sido minuciosamente perversa:
Primero, en los mismos años en los que se lanzaba, con alborozo universal, el flamante invento de la píldora anticonceptiva, se comenzó con los excepcionales casos de embarazos por violación, con la defensa de la vida de la madre en los casos complicados y con la resbaladiza cuestión de las malformaciones.
De allí se pasó a los plazos, y de los plazos se ha pasado finalmente a descartar cualquier límite por causa, tipo o tiempo. Naturalmente, si no se hubiera seguido este anestesiador proceso y se hubiera implantado de una sola vez, no se habría aceptado. Para evitar que la rana brinque en el agua hirviendo hay que cocerla muy poco a poco, sin que se dé cuenta.
Recordemos, para terminar, un detalle histórico poco conocido, el de los cambios en los asuntos abortivos en la Unión Soviética. Con el triunfo de la revolución bolchevique en 1917, se legalizó el aborto porque se consideró un paso importante para la liberación de la mujer de las opresivas cadenas de la religión, la moral, la familia y la biología. Pero diecinueve años más tarde se prohibió. ¿Rectificación moral de los arrepentidos bolcheviques? No, algo mucho más sencillo: la amenaza de guerra contra el Tercer Reich se acercaba por el horizonte y no se podía desperdiciar material humano.
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