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Pepe Bienvenida / La suerte suprema

martes, 10 de marzo de 2026

Consagrar el aborto / por Esperanza Ruiz


'..Cuando se consagre —nunca antes el lenguaje jurídico y el espiritual estuvieron tan cerca— el derecho al aborto en la Constitución, la respuesta será 
«sí». Siempre que con «esto» nos refiramos a un ser humano inocente. No sé qué tal lo tienen los gatos..'

Consagrar el aborto

Esperanza Ruiz
El 8 de marzo de 2024, Francia se convirtió en el primer país del mundo en elevar el «derecho al aborto» a rango constitucional. La plaza Vendôme de París, zona cero de la joyería y la banca de inversión, albergó la fiesta de celebración coincidiendo con el Día Internacional de los Derechos de las Mujeres (ya nacidas). Diez años atrás, el mismo enclave había alojado el plug anal gigante de McCarthy —grandiosa conexión simbólica entre el llamado «Arte Contemporáneo», la economía financiera y la République—. En la ocasión que nos ocupa, la cantante y actriz porno Catherine Ringer entonó la Marsellesa introduciendo el lenguaje inclusivo en el himno nacional: Aux armes, citoyens, citoyennes! Durante la ceremonia, el presidente Macron aseguró que no pensaba detenerse ahí:

 «Quiero que se inscriba esta libertad garantizada de recurrir al aborto en la Carta de los Derechos Fundamentales de la Unión Europea»

Hubo aplausos, vítores y estallido de júbilo. Francia acababa de consagrar, rito por el cual algo se dedica a un culto, el derecho de las mujeres a matar voluntariamente a sus hijos en gestación. Nunca antes el lenguaje jurídico y el espiritual estuvieron tan cerca.

La reforma constitucional omitió la vía del referéndum y se logró gracias a la votación parlamentaria en el Congreso. El resultado fue aplastante: 780 sufragios a favor, 72 en contra (Dios reconocerá a los suyos) y 55 abstenciones. Sí, Marine Le Pen votó a favor. Ya pueden soltarme el brazo.

En la República francesa, el país de los derechos humanos, primogénito de la parca, tienen lugar 250.000 de los 73 millones de abortos que se practican anualmente en el mundo. Al otro lado de los Pirineos, el aborto es legal desde la ley Veil de 1975. La franja de edad de las mujeres que más recurren a él es la que está entre los 20 y los 29. En un ejercicio de cinismo, justo el día en que soplen las velas del último año de la veintena, recibirán una carta del «apreciado» inquilino del Elíseo. Como parte de su plan para combatir la baja natalidad en el Hexágono, Manu les recordará —joyeux anniversaire— que se les pasa el arroz y deberían ir pensando en congelar sus óvulos.

En ocasiones parece que asistimos a una especie de competición delirante entre Sánchez y Macron por conseguir la medalla de empleado del mes de la plutocracia. Así, tan pronto les preocupa mucho la infancia (ambos pugnan por ser los primeros en prohibir el acceso a redes a menores) como nos venden «derechos reproductivos» cuando quieren decir «negocio». Con respecto a la inclusión del «derecho» al aborto en la Carta Magna, Pedro Sánchez tendrá que conformarse con la plata. Tras el visto bueno del Consejo de Estado sobre el dictamen solicitado por el gobierno, nuestro país sería el segundo del mundo en colar el asunto. La arquitectura defectuosa de una Constitución concebida para que todo quepa en ella —desde un separatismo a la negación del derecho a la vida— lo permite. Que se lo digan, si no, a Herrero de Miñón.

La editorial Rialp publicó el año pasado La razón es provida de Matthieu Lavagna. Se trata de un texto desapasionado que omite la argumentación de tipo religioso —no procede, el aborto es una cuestión (in)moral— y se centra en la reflexión estructurada y racional. La obra tiene enorme interés para los que, dispuestos a la honestidad intelectual, se nieguen a que la ley sea su pedagogo y discierna por ellos. El autor explica la anécdota de una pareja que está en la cocina lavando los platos. Si su hijo de cinco años les preguntara «¿puedo matar esto?», lo lógico sería que averiguaran a qué se refiere con «esto». No es lo mismo si está hablando de una araña que del gato. O de la hermana de dos años.

Cuando se consagre —nunca antes el lenguaje jurídico y el espiritual estuvieron tan cerca— el derecho al aborto en la Constitución, la respuesta será «sí». Siempre que con «esto» nos refiramos a un ser humano inocente. No sé qué tal lo tienen los gatos.

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