
'..Arbeloa, con su cazadora Take on me, ha dado un cambiazo al Madrid, pero la impresión es que ha sido, por lo que sea, como en una reacción química feliz, por la aparición de los jóvenes. Si desaparecen, quizás vuelvan los vicios. Como diría Perales: que jueguen los niños, que alcen la voz...'
Hughes. Real Madrid, 3; Atlético, 2.
Un derbi muy vivido
Hughes
Pura Golosina Deportiva
Vi el partido en un bar de barrio de los que Espinosa de los Monteros llamaría obrerismo y además rodeado de colchoneros, con su habitual nihilismo. Completaba la visión del mundo de la semana: antiamericanismo, antitrumpismo, antisionismo y antimadridismo.
Dejar a Thiago era una machada, y ya salir con Carvajal y Fran García una torería, pero es que Arbeloa llevaba una chaquetilla años ochenta. Tras la camisa de cuadros de Pep, algo se mueve en los banquillos. Algo que no conmueve a Simeone y su black on the outside cause black is how I feel on he inside...
@nocontextfooty
Unloveable solía ser el juego del Atleti, ahora con mucha calidad. Hubo un brioso inicio con intercambio de presiones. El Madrid sorprendía con energía y buen toque. Thiago se movía mucho. Ha sido como meter una grúa en el centro del campo. Empiezan con él los movimientos de tierra. Se mueve dentro del partido, en sus tripas, pero a la vez con una cierta distancia, quizás por no participar mucho del sobeteo de la pelota. Pases a un toque, a dos, entregas rápidas y algún error. Esto lo señalará la gente, pero Thiago se movía por el partido más granítico con ligereza, propósito y un feliz entusiasmo que parece llevar dentro, y además muy pensado.
El Madrid estaba bien. Jugaba bonito, y el estilete era Valverde, que pudo marcar de nuevo echándose la pelota a correr como un jugador de campo más que de calle, jugador de era o de predio o de pampa. Tiró al palo en otro momento de estar en la espuma del fútbol.
Vinicius, por comparación, parecía un poco más lento. También sabemos que el motor se le va calentando (¿cuánto de ese calentamiento no es también cabreo?). Además, tenía enfrente a Llorente, el vitamínico atleta-influencer del Atlético, con envidiable melena de camomila. En una de sus carreras una voz rasgó el ambiente cargado del bar:
-Maaaaaaquinaaa
Era un colchonero que cargaba en ese primer “ma” todo el madrileñismo posible.
Pudo marcar el Madrid, pero lo hizo el Atleti en una salida rápida en la que Carvajal se dejó olvidado a Lookman. Hubo ahí un buen toque del temible, élfico y filial Giuliano. Y aun pidió más el atletismo en otra rápida ocasión en la que Carvajal, ya sin balón pero por poco, arrasaba a Llorente.
Esto trajo mucha cola en el bar y hubo minutos y minutos de comentarios sardónicos, conspiranoicos y amargos.
Tras el ir y venir del principio, el Madrid iba afrontando el clásico bloque bajo que exige finura y desborde de alguien, piececitos sacacorchos. Lo intentaba Güler, sin llegar, y a Valverde, sin espacio, no le dejaban armar su tiro... Iba a ser (tenía que ser) el pequeño Brahim, cuando, ya en la segunda parte, se deslizó por el área e hizo una maniobra con un regate tan rápido que se ganó el penalti. Contra el bloque bajo, lo único útil ahí era redoblar lo bajo, lo bajito: Brahim, su centro de gravedad y sus miniaturas.
Empató Vini de penalti y el Madrid cogió una confianza de la que tiró Valverde para presionar, robar, y colocar con el exterior en una jugada en tromba personal.
Ya estaba papá encima de mamá, y entonces Arbeloa quitó a Pitarch para dejar en la media a Brahim. Esto a mí me pareció malo y sentimos, creo, que al irse Pitarch se iba el talismán del Madrid, la misteriosa razón de su bonito dinamismo.
Esta sensación aciaga sobrevino cuando Molina clavó un golazo digno de Valverde. Cargó todo el tiro en los ojos. Antes de chutar miró mucho el balón y el sitio de remite, se le agrandaron los ojos, como si bebiese las cosas por allí. Ese chut pareció entrar primero por lo ocular.
Mi compañero de mesa colchonero (por ese azar de quienes comparten un asiento en el tren) había aprovechado para ir a mear con paso renqueante, cojo como un defensa del Madrid, y al volver me tocó explicarle lo que se había perdido. “Vaya mala suerte”. Todo son penurias...
En cada falta del Madrid había mucho lamento:
-¿Esto qué es? ¿Un homenaje a Chú Norris?
Y un madridista, con flema de zarzuela:
-Ha sido for-tu-i-to
Me gustaría vivir más tiempo en Madrid, y vivir más Madrid (aunque sin ganas de Madrid con ganas... porque Madrid es sobre todo una desgana) para desarrollar mi tesis: hay un acento madrileño madridista y otro acento madrileño colchonero.
Me podía la empatía con los de mi alrededor y yo hacía eso tan típico y cobardón de darles la razón sobre el árbitro. Les concedía todas las tarjetas (mi guerra es otra, me decía a mí mismo) pero cuando marcó Vinicius, cuando hizo su jugada de firma, tras evolución sedosa y medianera de Trent: área, regate hacia dentro, otro toque más y chut ajustadísimo; cuando la pelota entró mi puño se cerró poderoso e instintivo como el de Alcaraz tras anotarse un punto extenuante. Me salió el forofo.
El Madrid pudo haber tenido un final de partido fácil, entraron Camavinga y Belingham, pero Valverde fue expulsado por una entrada dura ma non troppo que, por supuesto, yo no discutí.
El Madrid quedó con diez y luchó pero algunos dejaron la sensación de estar fuera de tono. Ver a todos los cracks en el campo no me tranquilizó ni me ilusionó. Muy al contrario. Yo me he enamorado un poco del centro del campo B: Thiago, Manuel Ángel, Güler y Mastantuono: pequeñitos, jovencísimos... Y que me perdone el dios del fútbol, pero el correr de Bellingham me devolvió sensaciones de pereza y depresión, mientras que en el paso de Thiago veo o quiero ver sorpresa, desconcierto y maravilla (”¿hacia dónde corre este muchacho?”).
Arbeloa, con su cazadora Take on me, ha dado un cambiazo al Madrid, pero la impresión es que ha sido, por lo que sea, como en una reacción química feliz, por la aparición de los jóvenes. Si desaparecen, quizás vuelvan los vicios. Como diría Perales: que jueguen los niños, que alcen la voz...


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