
'..Aunque más que santa o cristiana, a Sevilla lo que le interesa, por encima de todo, es ser Sevilla. Y si eso conlleva profesar la religión verdadera, pues mira tú qué suerte. Así visto es providencial. ¿Cuántos permanecerán en el buen camino gracias a su devoción hispalense? Porque pocos fervores hay más intensos..'
Sevillanía
José Mª Contreras Espuny
Sevilla es suya, muy suya, tan suya que ha acabado convertida en otra cosa: un bastión espiritual, una nueva Covadonga. La secularización —esa peste protestante que asoló la península de norte a sur— se frenó en seco ante esta aldea de irreductibles sevillanos. Una resistencia admirable, sin duda, pero sostenida medio sin querer. Porque si esta ciudad se ha mantenido al margen de ciertas moderneces, ha sido como consecuencia de permanecer fiel a sí misma; esto sí buscado a toda costa. Sevilla se ha quedado tan quieta que el devenir del mundo la ha colocado en vanguardia. Y si, como auguran algunos, cabe esperar un regreso de la tradición, una reconquista de sur a norte, incluso una nueva contrarreforma, nacerá en estas calles en las que, si no hay un Cristo, es porque ya ha pasado y estamos a la espera de la Virgen.
La idiosincrasia sevillana arrastra una vieja sospecha de superficialidad. Muchos opinan que su arraigo consiste mayormente en pereza mental, que el rito no es más que el pretexto de un pueblo que se echa a la calle porque la tarde está buena. Y tienen razón, al menos en lo de la superficialidad. Pero como dijo Eugenio d´Ors: «En el principio fue la APARIENCIA». Todo lo demás son añadidos, ornamentos. Porque la forma suscita el fondo, porque Sevilla lleva lo de dentro por fuera, o mejor dicho, es lo mismo por dentro que por fuera, es reversible. Además, la posición estética y la querencia barroca han demostrado ser el mejor repelente contra la secularización; a las pruebas me remito. Esa religiosidad natural —que los gnósticos de nuevo cuño desprecian como si los sevillanos fuesen papúes con capirote— ha mantenido el laicismo a raya. Sevilla tal vez no sea santa, pero sin duda es cristiana.
Aunque más que santa o cristiana, a Sevilla lo que le interesa, por encima de todo, es ser Sevilla. Y si eso conlleva profesar la religión verdadera, pues mira tú qué suerte. Así visto es providencial. ¿Cuántos permanecerán en el buen camino gracias a su devoción hispalense? Porque pocos fervores hay más intensos. El sevillano ―especialmente el que ha de hacerse perdonar haber nacido en otra parte― demuestra un celo desmedido, emocionante, algo ripioso. Cuando dos devotos se cruzan, buscan una barra y empiezan un desafío de elogios que mal se tiene que dar para que no escale a barbaridades del tipo Sevilla, el Edén recobrado. Quita: ¡Sevilla… Corredentora de la humanidad!
El problema es que si Sevilla ya es perfecta, cualquier cambio supone una corrupción, una merma. No puede avanzar sino hacia sus adentros. Mientras Málaga cabalga a lomos de no sé qué innovaciones, la capital andaluza permanece, se adormece, se atrinchera en la satisfacción de ser lo que ya es; pose gatopardiana que la aboca a un inevitable declive. Un declive lúcido, siempre y cuando el resto haya equivocado el rumbo. Está claro que Sevilla es una excepción, y será una excepción estimable solo si la regla merece ser contravenida.
Yo, que no soy sevillano ni aspirante a tal, que estoy aquí medio de paso, creo que acierta en su dejación. En efecto, Sevilla está llamada a ser la nueva Covadonga. Aunque puede que mi enardecimiento se deba a la época del año. Ahora mismo la ciudad está en sazón, henchida. Es su momento propicio. Empieza a mediados de Cuaresma ―cuando uno ya ha abandonado el propósito de convertirse y se contenta con sobrevivir― y se prolonga hasta la llegada de los primeros rigores del verano. Florece el azahar y el oficio de estar vivo no parece el peor de los desempeños. Llega la Semana Santa, se adivina la Feria, y entretanto Sevilla se mantiene en sus trece, decayendo hacia arriba.
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