
Que la vida no es fácil es algo que el común de los mortales sabe y conoce de primera mano y en sus carnes. Ya la Biblia sentenció en firme con lo de ganar el pan con el sudor de la frente y doblar el lomo. Pero quien se dedica a torear de manera profesional sabe que las dificultades para hacer camino y lograr destacar son infinitamente mayores que las enfrentadas por otra persona.
El largo y curvo camino
Es la de torero, efectivamente, una de las profesiones más bonitas, espectaculares y deslumbrantes que ejercerse puedan. Pero no es, para nada, fácil ni el llegar ni, mucho menos, mantenerse. Alcanzar las más altas cotas de la especialidad sólo está al alcance de un puñado de privilegiados que, ellos bien lo saben, han logrado ese estatus a base de muchísimo sacrificio y no menos sinsabores y disgustos, aunque desde este otro lado de la barrera su brillo ciegue nuestros ojos -como el humo de la célebre canción de Jerome Kern y Otto Harbach que popularizaron, antes que nadie y otros muchos, The Platters- y son muchos los que intentan imitarles y seguir sus pasos.
Qué duda cabe que los tiempos han cambiado y lo que, en su momento, fue una de las más importantes fórmulas de ascensión social, ahora ha perdido buena parte de su preponderancia en ese aspecto y ha descendido muchos puestos en la lista de preferencias del personal que busca ser alguien y, si es posible, por la vía rápida.
No obstante, asombra y maravilla el ver cómo ha aumentado el número de escuelas taurinas y la cantidad de chavales que se matriculan en las mismas. Claro que muchos son los llamados y pocos los elegidos y aunque son bastantes los que se muestran contrarios a estos centros y se quejan de sus resultados, lo bien cierto es que, al margen de que se ha ganado en educación y formación humana del alumnado taurino, lo que antes costaba años, porrazos, hambre y calamidades, ahora en los dos o tres años que están en las escuelas, los aspirantes aprenden la técnica y rudimentos del arte de torear.
Otra cosa es que luego sean capaces de aplicar lo que se les ha explicado y enseñado en el sitio y momento adecuados y dotar a su quehacer de una personalidad, estilo y distinción que les permita aspirar a llegar, o al menos merodear, a las cercanías de donde tan pocos han conseguido sentar sus reales. Ser torero es imposible y figura un milagro, ya saben.
No es sencillo abrirse camino a los que empiezan, a pesar de los conocimientos que se imparten y lo mucho que las escuelas hacen que toreen, en el campo, certámenes y festejos que ellas mismas organizan. El problema llega cuando finaliza su estancia en estos centros. No abundan los mecenas que apuestan por un novillero y las grandes empresas sólo miran a su balance de resultados, sin tener muy en cuenta que el futuro necesita de savia nueva y el cliente termina cansado de ver durante mucho años a los mismos.
Paul McCartney, en una de las para mí mejores canciones de The Beatles, The long and winding road, contaba que pese a ser entonces -entre 1968 y 1969- las más rutilantes estrellas del firmamento musical y del mundo del show bussiness, cada día era una batalla: con sus propios compañeros, especialmente con Lennon, con Phil Spector, quien produjo ese tema y el disco en el que aparecía y al que no gustaba nada cómo McCartney tocaba el bajo, con los críticos musicales, cada vez más exigentes, con su mánager, Allen Klein, que miraba más por sus intereses que por los de sus poderdantes y un largo etcétera de problemas que solventar. Y eso, como digo, en alguien que era, y es, uno de los más grandes y famosos artistas de la historia.
Un novillero o un torero que da sus primeros pasos debe tener paciencia, perseverar, no aburrirse y seguir trabajando a diario, buscando aprovechar la más mínima ocasión y oportunidad de destacar. Y tener fe en sus propias condiciones y posibilidades. Desde luego, el camino que ha emprendido es largo y sinuoso, pero el trabajo y la constancia suelen conducir a buen puerto.
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