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Pepe Bienvenida / La suerte suprema

martes, 24 de marzo de 2026

Emociones / por Carlos Esteban


'..La Conferencia Episcopal tiene razón para advertir de los peligros de la emoción, aunque todo el mundo sabe perfectamente contra qué grupos concretos dirige el tiro. La fe es lo más frío que existe. Y estaría bien que la política también lo fuera..'

Emociones

Carlos Esteban
Los católicos estamos obligados a creer que el episcopado es una institución de origen divino. Felizmente, no estamos obligados a creer lo mismo sobre la conferencia episcopal, algo que a muchos, especialmente en España, nos proporciona un considerable alivio.

La Conferencia Episcopal no es meramente un medio para burocratizar la fe y restarle fuerza profética al obispo, soberano en su diócesis, sino también una manera de diluir cualquier mensaje en lenguaje funcionarial y convertirlo en una papilla de consensos del que los ordinarios particulares pueden desentenderse a título personal.

De la CEE nos han llegado en los últimos años, más que ninguna otra cosa digna de mención, declaraciones sospechosamente cercanas al pensamiento único progresista, lo que podríamos denominar el Mundo en su sentido teológico, como enemigo del alma. Conocemos de la institución su súbito entusiasmo por la «conversión ecológica», casualmente descubierta bajo un pontificado obsesionado con el Cambio Climático, el cuasidogma, y su entusiasmo ante la perspectiva de vaciar África en nuestra tierra avejentada.

También nos llega su voz por las ondas, desde una emisora inconfundiblemente partidista hasta el sonrojo que nos sermonea contra los «populismos», hasta el punto de criticar de partidos rivales incluso las medidas provida.

En suma, no espero nada bueno del organismo. A tanto llega mi recelo, que aun cuando sacan un documento cuya premisa me parece enormemente oportuna, desconfío instintivamente y tiendo, que Dios me perdone, a buscarle las vueltas.

Recientemente han publicado un documento advirtiendo sobre los peligros de la emotividad en la práctica de la fe. Recientemente han publicado un documento advirtiendo sobre los peligros de la emotividad en la práctica de la fe, y no sin razón: la religión convertida en sentimentalismo es una caricatura. Una fe reducida a emociones depende del estado de ánimo, se enciende y se apaga, no obliga a nada y, en última instancia, no transforma nada.

El problema es que uno no puede evitar cierta perplejidad cuando escucha esta advertencia precisamente de quienes llevan años apelando sistemáticamente a la emoción en su intervención pública. Han reducido cuestiones complejas —como la inmigración masiva— a un sentimentalismo dulzón diseñado para evitar el juicio prudencial y sustituirlo por una reacción emocional inmediata.

Pero no dejan de rimar con todo lo demás. Si algo define nuestra vida pública es precisamente la sustitución sistemática del juicio por la emoción. No se gobierna ya apelando a la razón del ciudadano, sino a sus reflejos más primarios. Miedo, compasión, indignación, culpa. Sobre esos cuatro resortes se construye buena parte del discurso político contemporáneo. ¿No nos gobierna, al fin, un hombre «profundamente enamorado»?

La razón da repelús, es fascista, como la realidad. Mejor convertir la política en una mala serie de Netflix. Por eso los políticos repiten tanto la palabra «ilusión», que no deja de ser sinónimo de «engaño».

La Conferencia Episcopal tiene razón para advertir de los peligros de la emoción, aunque todo el mundo sabe perfectamente contra qué grupos concretos dirige el tiro. La fe es lo más frío que existe. Y estaría bien que la política también lo fuera.

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