Novillos de La Machamona y Flor de Jara para César de Juste (Tabaco y oro), Jaime de Pedro (Turquesa y oro), Rodrigo Cobo (Berenjena y oro), Israel Guirao (Blanco y plata), Armando Rojo (Celeste y oro) y Rubén Vara (Blanco y plata)

Con la pañosa, César inauguró su obra esculpiendo unos ayudados por alto de profunda estética. Fue en ese primer encuentro cuando el noble animal confesó su justeza de fuerzas, exigiendo al torero un pulso de cristal. Entendió enseguida el espada que no era tarde para el sometimiento, sino para la caricia. El tiempo pareció detenerse en los tendidos de Valdemorillo. La faena se derramó en pasajes de un relajo absoluto y una despaciosidad exquisita, donde todo tuvo el tacto de la seda. El novillo, derrochando clase, persiguió la tela a cámara lenta, regalando unas embestidas dormidas al más dulce ralentí.
Como rúbrica a un trasteo de tanta suavidad, el diestro dejó el acero en una estocada tendida pero de certera colocación. Cayeron los pañuelos y paseó la primera oreja de la tarde; un merecido trofeo a la paciencia, el tacto y el buen gusto.
Asomó por chiqueros el segundo de la tarde, un serio y cuajado ejemplar de la mítica sangre de Flor de Jara. Fue saludado por el capote de Jaime de Pedro, quien barrió la arena meciendo el percal en hondas verónicas de mano desmayada. El tercio de quites prendió la llama en los tendidos: Rodrigo Cobo dejó su impronta a la verónica, encontrando fiera y hermosa réplica en el propio Jaime, que trenzó un nuevo manojo de lances rematados con el vuelo picante y grácil de las chicuelinas.
Con la montera en mano y el solemne brindis dirigido al matador Esaú Fernández, el joven espada granadino descorchó el último tercio. Lo hizo con sabor, arrancando en el tercio para sacar al animal hacia los medios a base de doblones por bajo preñados de suavidad. Allí, en el corazón del ruedo de La Candelaria, cimentó una primera y rotunda serie por el pitón derecho. Pero la codicia del encaste exigió los papeles. El novillo, rebosante de clase y fijeza, se bebía literalmente la sarga pidiendo mando y gobierno. Llegaron los enganchones y la zozobra; por instantes, el ímpetu y la excelsa calidad del animal parecieron desbordar al novillero, a quien le costó encontrarle el aire y la distancia a tan franca y exigente embestida.
Mas la raza del torero afloró a medida que avanzaban los compases de la faena. Tras el peaje del acoplamiento, logró centrarse y atemperar aquel torrente bravo, abandonándose para cincelar pasajes al natural de exquisito trazo y hondo regusto. El uso de los aceros, caprichoso juez de las emociones, dilató el premio. A un primer encuentro desafortunado —un pinchazo trasero y caído— le sucedió una estocada casi entera. La sabia afición de Valdemorillo, siempre cabal, le obligó a recoger una calurosa ovación con saludos desde el tercio.
Saltó al albero de Valdemorillo el tercero del festejo, un armónico y bien hecho astado de La Machamona, de hechuras más dulces y amables por delante que sus hermanos. Lo aguardaba el percal de Rodrigo Cobo, quien supo dormir el engaño en los vuelos, meciendo los brazos para dibujar un saludo a la verónica de exquisita compostura y larguísimo trazo.
El tercio de quites encogió los corazones y elevó la temperatura en los tendidos. Israel Guirao clavó las zapatillas en la arena, pasándose los pitones lamiendo los alamares en unas gaoneras de infarto, pisando terrenos de fuego. Quiso Cobo reclamar su sitio dando la réplica a la verónica, mas en esta ocasión los mimbres no se trenzaron igual y la suerte quedó deslucida.
Con la montera en el centro del anillo y tras el respetuoso brindis al cónclave, el silencio expectante se adueñó de la plaza. Cobo descorchó su obra clavando una rodilla en tierra; genuflexo y poderoso, barrió la arena sometiendo por bajo al astado, enseñándole el camino con trazos de una largura infinita.
Pero el manantial de su toreo brotó en su máximo esplendor al echarse la sarga a la mano zurda. La obra se hizo grande al natural. Citando sutilmente, apenas con los flecos de la muleta, se enroscó la embestida para llevar al animal cosido hasta el final de la cintura, desbordando empaque y señorío en cada muletazo. Entendió a la perfección la lidia y la geometría del ruedo, concediendo generosas distancias a su oponente, esperando su galopada para engancharlo y acompañar el viaje hundiendo los riñones de puro gusto.
Una rúbrica caprichosa amenazó con enfriar el premio tras un pinchazo inicial, pero en el segundo encuentro el acero viajó letal, cobrando una estocada fulminante de efectos inmediatos. Asomó el pañuelo blanco en el palco y paseó una oreja de mucho peso; el justo reconocimiento a una labor cimentada en el empaque y la encajada verdad de su toreo.
Saltó a la arena el cuarto, un ejemplar de La Machamona de dulces y armónicas facciones. Lo esperaba la efervescencia de Israel Guirao, que iluminó el ruedo recibiéndolo con la brillantez de un bello farol, preludio de un ramillete de verónicas hilvanadas con gusto y abrochadas con unas medias de auténtico cartel.
La angustia, eterna compañera de la fiesta, sobrecogió a La Candelaria durante el turno de quites. Armando Rojo, al citar por ceñidas tafalleras, fue prendido con tremenda violencia; un secuestro en el aire del que, milagrosamente, emergió sin el peaje de la cornada. Con el corazón de los tendidos aún en un puño, el valenciano Guirao reclamó su turno para dar la réplica, enroscándose al animal en unas ajustadísimas chicuelinas que evidenciaron una facilidad y una torería desbordantes. Tras un tercio de banderillas sumido en el caos y el despropósito —una lidia para el olvido—, llegó el momento de la verdad. Montera en mano, Guirao alzó la voz para brindar su obra a su tierra, a la ciudad de la pólvora, evocando a una Valencia que ya respira el inminente aroma de sus Fallas.
El astado de La Machamona guardaba carbón y picante en sus embestidas, exigiendo los papeles. Pero se encontró con una muleta de hierro. Guirao, paso a paso, fue imponiendo su ley, sometiendo la aspereza de su oponente. Al natural brotó un toreo de inmenso poso, aunque el cénit de la tarde estalló por el pitón derecho: las series de derechazos, mecidas con una cadencia hipnótica, pusieron la plaza de Valdemorillo literalmente boca arriba. Fue la obra de un torero hecho y cuajado, una labor de lidiador capaz de tapar, uno a uno, todos los defectos de un animal complejo. El epílogo fue un alarde de valor sincero, acortando las distancias para pasarse los pitones por la faja en un rotundo y sincero toreo en redondo. Y como preludio a la suerte suprema, el éxtasis: hincó las rodillas en tierra y enjaretó cuatro manoletinas soberbias que pararon los relojes de la sierra madrileña.
Mas la espada, tantas veces verdugo de las ilusiones, emborronó el triunfo soñado. Hizo guardia el acero en el primer encuentro, sobrevino un pinchazo y finalmente cobró una estocada tendida. El atasco con el descabello, que le costó escuchar un aviso, fue una verdadera lástima tras una faena de tanta dimensión. Aun así, la afición, sabia y agradecida, no permitió que su esfuerzo quedara huérfano y lo sacó a dar una calurosa vuelta al ruedo, arropado por el cariño de los tendidos.
El ecuador de la tarde trajo consigo al quinto, una auténtica joya viva con la legendaria divisa de Flor de Jara y una lámina de irreprochable belleza. La arena reclamaba entrega, y el sevillano Armando Rojo no dudó en hincar los hinojos en el frío albero para recibirlo con la explosividad de dos largas afaroladas de rodillas. Ya en pie, meció los brazos para esculpir, a cámara lenta, la que quedaría grabada en la retina de los presentes como la mejor media verónica de toda la tarde; un lance donde el tiempo y el vuelo del percal parecieron detenerse. El duelo en el tercio de quites mantuvo el pulso vibrante de la tarde. Rubén Vara pisó los terrenos del compromiso recetando unas bellas saltilleras cargadas de mando y poder, a las que el propio Armando Rojo dio encendida réplica por el mismo palo, tejiendo un quite de idéntica gallardía.
Con el eco de los capotes aún flotando, el espada andaluz brindó al cónclave de Valdemorillo. Caminó solemne hacia los medios y allí, convertido en efigie, inició el trasteo con unos estatuarios de infinita quietud, con las zapatillas imantadas al ruedo como raíces centenarias. Pronto desveló el novillo esa enclasada nobleza propia de la sangre santacolomeña. Rojo hilvanó series de buen trazo por ambos pitones, dejando para el recuerdo pasajes al natural de hondo calado, abrochados siempre con remates pintureros por bajo que rezumaban aroma a Guadalquivir. Sin embargo, el duende de la tauromaquia es misterioso, y faltó ese chispazo mágico de la transmisión; la obra, bella en su concepción geométrica, no terminó de caldear los tendidos. A medida que avanzaban los tercios, el ejemplar fue sacando a relucir la exigencia de su estirpe, poniéndose correoso y saliendo con la cara suelta y desentendida al final de cada muletazo, haciendo honor al temperamento de su encaste. Sabedor de la condición de su oponente, el torero cerró la faena recetando unos ayudados por bajo de profundo sabor y gran calado.
Mas la suerte suprema se tornó en un auténtico calvario de acero, emborronando por completo el esfuerzo. Hasta cuatro dolorosos pinchazos precedieron a dos medias estocadas tendidas que el animal, en su instinto, terminó escupiendo, para dejar finalmente una estocada trasera. Tras el recado en forma de aviso desde el palco, la plaza guardó un gélido y respetuoso silencio, abrazado ya por el atardecer de Valdemorillo.
El telón de la tarde en Valdemorillo se bajó con el sexto, y Rubén Vara decidió que no iba a dejarse nada en el tintero. Con la tarde agonizando, se fue a la puerta de los espantos, a porta gayola, para tragarse el miedo de rodillas. El coso cubierto de La Candelaria rugía, convertido en una auténtica olla a presión. Ya en el tercio, el joven espada continuó su alarde de valor endosando unas vibrantes largas cambiadas de hinojos, abrochadas finalmente con una media verónica al ralentí que hizo crujir los cimientos de la plaza.
Llegó el tercio de banderillas y Vara reclamó los palos para sí. Dejó pares en todo lo alto, cuadrando en la cara con una precisión quirúrgica, demostrando que la torería y la técnica le vienen de cuna, fiel herencia de las enseñanzas de su padre.
Fue precisamente a su progenitor a quien entregó el alma en un brindis cargado de emotividad, antes de irse a los medios y clavar, de nuevo, las rodillas en la arena. Desde esa geografía del compromiso trenzó un inicio de faena soberbio, hilvanando derechazos de un estoicismo sobrecogedor. Con la mano zurda, el toreo al natural brotó como un manantial: girando magistralmente sobre el eje de una pierna derecha convertida en columna de mármol, compuso trazos de infinita hondura. Toda la obra destiló el aroma de la verdad y la honradez más absoluta. Hizo gala, además, de la inteligencia de los elegidos: tuvo un perfecto sentido de la medida. No quiso alargar el metraje de su obra, sabedor de que el toreo grande no necesita aburrir, y se perfiló en el momento de máximo clamor. Como epílogo, y para mantener la temperatura en ebullición, regaló unas manoletinas de rodillas de alto voltaje.
Pero la espada, jueza inexorable de esta fiesta, volvió a negar la gloria de la puerta grande. Tras dos pinchazos y una estocada contraria, el atasco con el descabello enfrió los ánimos y le hizo escuchar un aviso. A pesar del trago amargo de los aceros, la afición de Valdemorillo le obligó a dar una clamorosa vuelta al ruedo que supo a triunfo moral.
FICHA:
Valdemorillo (Madrid) .- Novillos de La Machamona y Flor de Jara ,
Entrada: Un tercio de plaza.
César de Juste (Tabaco y oro), oreja
Jaime de Pedro (Turquesa y oro), ovación con saludos
Rodrigo Cobo (Berenjena y oro), Oreja
Israel Guirao (Blanco y plata), Vuelta al ruedo
Armando Rojo (Celeste y oro), silencio
Rubén Vara (Blanco y plata), Vuelta al ruedo;

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