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Pepe Bienvenida / La suerte suprema

jueves, 12 de marzo de 2026

Tiempos muertos / por Carlos Bueno


'..Agilizar las lidias, eliminar tiempos muertos y ajustar la duración de las faenas permitiría devolverle al espectáculo parte de la intensidad que hoy se diluye. Se recuperaría el ritmo de la corrida, ese que mantiene al público pendiente del ruedo y que hace que todo tenga el peso dramático que merece..'

Tiempos muertos

Carlos Bueno
La emoción del toreo depende en gran medida de su intensidad. Sin embargo, muchas corridas actuales parecen haber perdido ese pulso vibrante que convierte cada instante en decisivo. Faenas excesivamente largas y numerosos tiempos muertos entre toro y toro diluyen el impacto del espectáculo y alargan innecesariamente festejos que, con un ritmo más ágil, ganarían en emoción, continuidad y rotundidad.

La tauromaquia, para ser plenamente emocionante, necesita intensidad. Su esencia más profunda reside en la concentración de emoción en un tiempo limitado, la sensación de que en cada instante puede suceder algo definitivo. El toreo alcanza su plenitud cuando es una sucesión de momentos cargados de verdad y de tensión. Sin embargo, en la actualidad esa intensidad parece diluirse con demasiada frecuencia por la excesiva duración de las faenas y los abundantes tiempos muertos que rompen el ritmo del espectáculo.

Cada vez es más habitual que los toreros prolonguen sus faenas más allá de lo que pide el toro y más allá de lo que necesita la emoción. Se insiste en series que ya no aportan novedad, se repiten los mismos muletazos cuando el argumento del animal ya está contado. Y lo que en un principio pudo tener hondura y belleza termina perdiendo impacto. La rotundidad reside en saber cerrar a tiempo, en rematar cuando la obra ha alcanzado su punto culminante.

Pero no es ese el único problema. También influyen los largos paréntesis que se producen entre los distintos momentos de la lidia. Una corrida de toros debería tener continuidad, un ritmo que mantenga al espectador dentro de la historia que se desarrolla en el ruedo. Cuando esa continuidad se rompe con pausas innecesarias, la atención del público se dispersa y la emoción se enfría.

Las primeras funciones de la actual feria de Fallas son un claro ejemplo. Ambas superaron las dos horas y media de duración. Y eso que la primera de ellas fue un festejo sin caballos. Resulta inevitable preguntarse hasta dónde se habría alargado la tarde de haber intervenido los picadores.

En la segunda función, mi compañero de localidad decidió cronometrar el tiempo que se pierde entre astado y astado. Entre el saludo final de cada matador tras su actuación y la salida del siguiente ejemplar transcurrían alrededor de tres minutos. A ello se sumaba aproximadamente otro minuto desde que abandonaban el ruedo los picadores hasta que comenzaba el tercio de banderillas. En total, más de cuatro minutos de pausa por cada animal.

Eso significa que cada festejo podría durar veinte minutos menos que no aportan absolutamente nada al desarrollo de la lidia ni a la emoción del espectáculo. Veinte minutos de vacío que únicamente sirven para romper el ritmo y para que el público desconecte.

Agilizar las lidias, eliminar tiempos muertos y ajustar la duración de las faenas permitiría devolverle al espectáculo parte de la intensidad que hoy se diluye. Se recuperaría el ritmo de la corrida, ese que mantiene al público pendiente del ruedo y que hace que todo tenga el peso dramático que merece.

Buscar esa intensidad sería deseable, necesario y, sin duda, muy de agradecer por parte de quienes acuden a la plaza esperando vivir la emoción irrepetible del toreo. Autoridades y profesionales deberían tomar cartas en el asunto y buscar soluciones.

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