
'..El toreo no puede conformarse con ser bonito, algo que, siendo importante, resulta insuficiente. Lo que realmente distingue a las grandes faenas es su capacidad de emocionar, y esa emoción nace del ritmo y de la intensidad con que el torero construye su obra, del sentimiento que imprime. Sólo entonces el toreo alcanza su plenitud y perdura en la memoria...'
CAPOTAZO LARGO
Ritmo e intensidad para conmocionar
Por Carlos Bueno
La emoción es el motor de la tauromaquia, una emoción que no surge únicamente de la estética o de la belleza plástica de un muletazo. Para que el toreo alcance su verdadera dimensión, es imprescindible que los trasteos tengan ritmo e intensidad, dos elementos capaces de conmover a los tendidos.
En demasiadas ocasiones se confunde el buen toreo con una acumulación de lances ejecutados con pulcritud pero sin alma. El toreo puede ser elegante, pero nunca debe ser intrascendente. La lidia exige algo más profundo: disposición, entrega y compromiso por parte del torero. Esa actitud es el punto de partida imprescindible, la que confiere fundamento a cuanto se realiza, y el público la percibe inmediatamente.
A partir de esa disposición inicial, las faenas han de tener una directriz clara, y el torero debe construir una obra compacta, maciza, con sentido. Cada pase debe conducir al siguiente, cada serie debe elevar la intensidad de la anterior, convirtiendo el toreo en un relato lleno de tensión y emoción.
Ese relato necesita ritmo, una cadencia que marque el pulso de la lidia. El ritmo es lo que evita que la labor se diluya en tiempos muertos o en pausas innecesarias. Cuando el torero encuentra ese compás exacto, los muletazos fluyen con naturalidad y el público late al mismo tiempo que el toreo con una expectación creciente.
Pero junto al ritmo resulta imprescindible la intensidad. El toreo se alimenta del riesgo y de la verdad. Sin esa vibración interior que transmite el torero cuando se compromete de verdad con lo que hace, el quehacer pierde su capacidad de conmover. La intensidad se advierte en la forma de citar, en la quietud con la que se espera la embestida, en la firmeza con la que se gobierna al toro, en la profundidad con la que se rematan los muletazos y en el alma que se pone en el empeño.
Torear es mandar, nunca acompañar los viajes del toro, y la esencia del toreo radica en imponer mando sobre la embestida, llevarla sometida, templarla y conducirla con autoridad. De ahí nacen los muletazos largos y profundos, los que arrancan el clamor de los tendidos. Ese dominio exige serenidad para quedarse en el sitio, capacidad de acompasar la embestida y sello personal.
Cuando todos esos elementos se conjugan y se articulan dentro de una labor con ritmo creciente, el resultado es una verdadera conmoción colectiva. El público deja de ser un simple observador para convertirse en parte del espectáculo.
El toreo no puede conformarse con ser bonito, algo que, siendo importante, resulta insuficiente. Lo que realmente distingue a las grandes faenas es su capacidad de emocionar, y esa emoción nace del ritmo y de la intensidad con que el torero construye su obra, del sentimiento que imprime. Sólo entonces el toreo alcanza su plenitud y perdura en la memoria.
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