
'..La geopolítica clásica suponía que las naciones actuaban movidas por instintos de supervivencia bastante elementales. Pero ese supuesto solo funciona si quienes toman las decisiones sienten que su propio destino está ligado al del país..'
Gobernar a la contra
Carlos Esteban
Ahora todo el mundo es experto en geopolítica y habla de Mackinder como de un viejo compañero de colegio, igual que hace unos años lo era de virología. Y es una pena que hayan llegado a una ciencia tan fascinante precisamente cuando empieza a renquear, a fallar, a no cuadrar.
No hay modo de hablar de relaciones internacionales sin que se nos vaya la retórica hacia la metonimia y empecemos a referirnos a lo que quiere España, lo que necesita Estados Unidos o lo que teme Irán, como si los países fueran señores con una personalidad única.
Y hasta hace poco, durante la mayor parte del tiempo, tenía sentido hablar así. La ciencia parte de que los países se comportan de manera racional en búsqueda de su interés nacional, condicionados por su geografía, sus recursos, su nivel de desarrollo.
Sólo que eso sólo es cierto con una condición, que se daba por supuesta: que las élites representan de algún modo a sus pueblos o, al menos, trabajan en el escenario mundial en su interés. Y eso empieza a ser cada vez menos cierto.
Los pueblos siguen siendo necesariamente locales. Están atados a un territorio, a una lengua, a una historia y, sobre todo, a una vida cotidiana que no se puede trasladar de un día para otro a otro lugar del planeta. Las élites, en cambio, cada vez lo están menos.
Pertenecen a una tribu peculiar, la gente de ninguna parte o de cualquier parte, perfectamente cómoda en Bruselas, Londres, Nueva York o Dubái. Gente cuya vida, cuya fortuna y cuyas relaciones profesionales forman parte de un ecosistema global que funciona con relativa independencia del destino concreto de cualquier país.
En un mundo realmente globalizado, hoy están aquí y mañana en cualquier otra parte. Si el país se va al guano por su mala cabeza, ellos tienen todo un planeta donde escoger un confortable refugio para sí mismos, sus familias y su fortuna. En esas condiciones, hablar de lo que «quiere España» empieza a resultar casi una figura literaria.
Porque España, como tal, no quiere nada. Quieren cosas muy concretas quienes toman decisiones en su nombre. Y esos individuos pertenecen cada vez más a una clase que no necesariamente comparte el destino de la comunidad política a la que dice representar.
La geopolítica clásica suponía que las naciones actuaban movidas por instintos de supervivencia bastante elementales. Pero ese supuesto solo funciona si quienes toman las decisiones sienten que su propio destino está ligado al del país.
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