la suerte suprema

la suerte suprema
Pepe Bienvenida / La suerte suprema

viernes, 27 de marzo de 2026

El propósito de un sistema es lo que hace / por Carlos Esteban


'..y lo que hacen los partidos es partir. La democracia de partidos es una guerra de facciones en la que se cuentan los efectivos de cada bando para evitar derramamiento de sangre..'

Carlos Esteban
El 85% de los estadounidenses cree que la violencia política está aumentando. Ocho de cada diez aseguran que demócratas y republicanos ya no comparten ni siquiera los hechos básicos sobre los que discutir. Y alrededor de uno de cada cinco admite que, en determinadas circunstancias, la violencia puede estar justificada. La política ha dejado ser para el común un desacuerdo y se ha convertido en una amenaza.

El propósito de un sistema es lo que hace, y lo que hacen los partidos es partir. La democracia de partidos es una guerra de facciones en la que se cuentan los efectivos de cada bando para evitar derramamiento de sangre.

El sistema funcionó durante un buen tiempo porque el enfrentamiento, la división del país, era sólo sobre política, y la política abarcaba una parte menor de la vida de la gente.

La política era la forma de organizar la sociedad, una organización que, en cualquier caso, no podía alterar nada verdaderamente importante, porque lo importante ya quedaba preestablecido en una constitución, formal o informal. Todo el mundo vivía en una misma realidad, y sólo era cuestión de decidir cómo actuar sobre ella en el gobierno de la comunidad.

Pero la propia lucha feroz por el poder evolucionó en dos sentidos nefastos.

Primero, la política, antaño una actividad circunscrita y especializada, acabó abarcándolo todo, desde el arte hasta el cortejo, desde la comunidad de vecinos hasta las iglesias. La política no dejó rincón de la vida sin contaminar y, por tanto, sin dividir y enfrentar. Y, en segundo lugar, las ideologías que animaban las propuestas de los partidos se convirtieron en verdaderas visiones totales, no de la forma óptima de gobernar, sino del mundo y la realidad. Votar por un partido ya no reflejaba —o se esperaba que no reflejase— preferencias sobre la acción del gobierno y ordenación de la vida pública, sino toda una cosmovisión, una antropología, una ontología distinta.

La consecuencia inevitable es que lo que sólo constituía una fractura puntual y limitada de la comunidad se fue convirtiendo en una sima. Ya no vivíamos en el mismo mundo, incluso habitando el mismo suelo.

Eso lleva al punto final, cuando el rival político no es meramente alguien equivocado en su visión, sino un malvado, un idiota o, más frecuentemente, ambas cosas. El resultado es un conflicto civil latente, pero muy real, una brecha que se ensancha de día en día y que aboca a nuestras sociedades a la ruptura e incluso el enfrentamiento violento.

Durante mucho tiempo, esa tensión se contenía porque había un suelo común. Una realidad compartida, unas verdades básicas, incluso unos límites implícitos que nadie cruzaba. Hoy ese suelo ha desaparecido o, al menos, se ha resquebrajado.

La ley judía tiene una figura llamada «din rodef», «ley del perseguidor», que legitima matar a alguien que se dirige a matar a algún otro o a uno mismo. Tiene sentido, pero también un riesgo evidente: considerar erróneamente que tu «enemigo» va a acabar contigo y que, por tanto, es justo y necesario que te adelantes en un movimiento preventivo.

En Estados Unidos cada vez se habla más por comentaristas y en redes sociales de la «venganza» de los demócratas contra los republicanos cuando estos vuelvan al poder. Se espera una purga implacable. Y tiene sentido, porque los propios demócratas temen lo mismo de sus rivales.

Es todo una locura suicida. No hay sociedad que aguante este nivel de desconfianza mutua y miedo sin quebrarse. Y no es, en absoluto, un asunto exclusivo de Estados Unidos; puede apreciarse en todas las sociedades occidentales, empezando por la nuestra. Urge una desescalada, empezando por despolitizar cada aspecto de nuestras vidas.

No hay comentarios:

Publicar un comentario