
'..Las relaciones están asentadas en el amor, si somos románticos, o en el deber, si somos realistas, pero el día a día de una relación es la igualdad. Es la tensión que la mueve. El «haz tu parte» y examinar ellas, como inspectoras internacionales, si el uranio ha sido cocido o enriquecido…'
La Igualdad mueve el sol y las estrellas
HUGHES
El 8M ya no es lo que era. Había que estar hace unos años en el periodismo para saberlo. Qué cosas se escribían… La Historia estaba pariendo un movimiento y los cronistas machos se asomaban como ginecólogos…
Ahora el 8M sirve para hacer reportajes de fauna ibérica estilo Vito Quiles donde vemos a auténticos australopithecus socialistas del brazo de sus compañeras: ¡tú calla, mujé, que del facha me encargo yo! Sobre todo sirve para grandes momentos de humor como el de Yolanda Díaz, que se solidarizó con las iraníes con su ayatólico No a la Guerra y dijo que todas las mujeres, por serlo, están sometidas al «maltrato permanente»; lo mismo ella que las de Afganistán, donde sale más barato pegarle a la mujer que al camello.
Sin embargo, el feminismo sí ha triunfado socialmente. Incluso las que digan que no son feministas, lo son. Ha triunfado porque la igualdad se ha extendido, tanto en las mujeres de izquierdas como en las de derechas, especialmente en las de derechas.
Las relaciones están asentadas en el amor, si somos románticos, o en el deber, si somos realistas, pero el día a día de una relación es la igualdad. Es la tensión que la mueve. El «haz tu parte» y examinar ellas, como inspectoras internacionales, si el uranio ha sido cocido o enriquecido…
Hace unos días, me senté brevemente en una cafetería y al lado había una joven con un carrito y un ordenador portátil abierto. Trabajaba o lo intentaba y me fijé, con envidia, en lo bien que dormía su bebé, de muy pocos meses.
Yo elucubré. ¿No está de baja? ¿Será una autónoma devorada por las facturas? Ella hablaba por teléfono con tono quejicoso, cortante a veces, y hacía preguntas, daba órdenes… ¿A quién? ¿A un subordinado? Pidió a alguien que acudiera.
Yo manejaba aun mi café ardiente, y no había podido dar ni dos sorbos cuando apareció un joven de aspecto descansado, relajado, como si vacacionara. Era el marido o pareja y ella le pedía explicaciones:
–¿No ibas a venir?
–¿Qué has estado haciendo?
–¿Por qué has tardado tanto?
–¿No dijiste que me ibas a ayudar?
Hubo una ráfaga de preguntas que el joven, como un tenista torpe, respondió con balbuceos poco convincentes (incluso para mí, que estaba instintivamente de su parte) y entonces ella dijo algo: «Quedamos en que ahora tú eras mi putita«.
Prometo al lector que escuché eso, aunque no tengo constancia documental. El marido se puso constructivo más que serio: «Vale, pero sin faltarnos el respeto»; a lo que ella respondió con otro rapapolvo. Empezaba ahí una discusión, estaba claro, y yo, el único allí, me sentí de más y de un modo totalmente antiperiodístico acabé de una mi ulcerante café y me marché para dejarles la intimidad necesaria.
Al alejarme pensé: qué machista eres, no te vas por discreto, ¡te vas para que él pueda decirle dos cosas!
Pero entendí a la joven, que había sido madre a tiempo completo y ahora necesitaba que lo fuera el padre… El legislador ha creado para ello el permiso de paternidad. El hombre queda en casa al servicio de la mujer aunque en realidad es a la orden de la mujer. No puede salir. No puede huir. No tiene escapatoria. Y esa muchacha, que no parecía ninguna radical, estaba dando la interpretación justa: ahora te toca a ti, ahora tú… serás mi putita.
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