
Buena parte de lo que se está diciendo y de lo que está pasando en torno a VOX obedece a esto, y no creo que se pueda entender de otra manera. También cuando se trata de distinguidos veteranos del grupo que ahora se ven desplazados o superados. «El VOX de verdad soy yo», parecen decir. Pero la ola verde les pasa por encima y ellos se quedan ahí, tal vez satisfechos con unos minutos de televisión y unos cuantos titulares, pero arrumbados por un movimiento que han dejado de entender. Y es que la tele y los titulares y los obispos y los ex presidentes y los tribunos pertenecen a un mundo que no es el mundo del votante de VOX. Todas esas cosas, como los cálculos de los brujos electorales o las maniobras de los príncipes de la opinión, están en un estrato cerrado y autosuficiente, el de los que mandan, mientras que el voto de VOX se nutre cada vez más de un estrato distinto y más profundo: el de los que están abajo, esas voces que no escuchan ni los tecnócratas ni los ex presidentes.
De todos los partidos presentes, VOX es el único que se ha movido al ritmo que se movía la sociedad española. Esto no sólo no es malo, sino que es lo deseable, porque toda política debe actuar siempre sobre una realidad social concreta, y la realidad española se ha transformado de manera intensísima en el ultimo decenio. Hubo un momento en el que podía pensarse que el objetivo era conservar un cierto número de rasgos sociales y culturales, pero eso quedó muy atrás por el frenético masaje de nihilismo que se ha aplicado sobre la sociedad española. Después pudo pensarse que el objetivo era salvaguardar el orden institucional, pero eso también quedó atrás desde el momento en que tal orden se ha desmantelado casi por completo. No es que esas cosas se abandonaran, sino que, más bien, pasaban al fondo de la mochila a medida que el cambio social generaba nuevas problemáticas: la vivienda, la inmigración, el campo, la seguridad, etc. El acierto de VOX ha sido no dejar de moverse al ritmo de la propia sociedad. Aunque eso haya costado que algunos, mareados por el vértigo, terminaran bajándose del avión… en pleno vuelo.
Es fascinante ver cómo el resto de los partidos ha sido incapaz de incorporar todo eso a su discurso. El PSOE se ha convertido en una especie de secta caudillista que maquilla su vacío ideológico con retórica guerracivilista y poses woke. Tampoco fue capaz de reactualizarse Podemos, que lo tenía todo para ser la cara más flexible de la izquierda, pero careció del valor para liberarse de sus propios fantasmas y ha terminado enredándose en una especie de fraseología lunática. En cuanto al PP, es evidente que sus estrategas están intentando recuperar a toda prisa ciertas temáticas propias de VOX, desde la inmigración al problema agrario, pero tiene una grave dolencia: su propia trayectoria. No puedes abanderar la restricción de la inmigración cuando fuiste el primero en abrir las puertas y hasta ayer por la tarde estabas pidiendo regularizaciones masivas. No puedes exigir que se termine con la estafa de los «menas» cuando hasta hace unos meses estabas negándote a que se les hicieran pruebas de edad. No puedes manifestarte contra Mercosur en Madrid mientras estás votando a favor en Bruselas. Sobre esa panoplia de contradicciones, el PP añade su propia evolución: es un partido de poder que se ha mimetizado por completo con el Estado de las Autonomías, de manera que su estructura depende en buena medida de las redes clientelares engordadas al calor de la política regional, redes que, por su propia naturaleza, serán refractarias a cualquier cambio. Y por esto, entre otras cosas, tampoco el PP está en condiciones de moverse al ritmo que el pueblo le marca.
VOX seguirá creciendo mientras siga siendo capaz de leer las corrientes más profundas del cambio social, esas que sólo se perciben en un bar de pueblo o en un polígono suburbano; esas que los demás han dejado hace tiempo de escuchar. Eso le obligará también a estar en perpetua crisis en el sentido etimológico del término: decisión, separación, criba. Pero justamente por eso representa para tanta gente una esperanza.
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