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Pepe Bienvenida / La suerte suprema

martes, 19 de enero de 2016

Árboles que dejan ver un bosque / Por Paco Delgado


Uno de los más prioritarios afanes de buena parte de la nueva clase política es acabar con todo lo que signifique España.


Árboles que dejan ver un bosque

No deja uno de sorprenderse, -lo cuál es buena señal: de todos los sabios, los que más han aportado intelectualmente a la humanidad son aquéllos que se han asombrado, porque cada vez que conocen es como un pequeño milagro- ante las actitudes, posturas y decisiones de muchos de nuestros nuevos dirigentes.

Políticos muchos años en la sombra de, en el mejor de los casos, una oposición que no siempre fue leal pero que sí cimentó en ellos una especie de afán de venganza y esperar su turno para, al final de la jugada, hacer prácticamente lo mismo que criticaban.

Uno de sus más prioritarios afanes es acabar, de una vez por todas, no con la cultura, cosa que intentó en uno de sus más divertidos libros Woody Allen, sino con la tauromaquia, en cualquiera de sus manifestaciones, como afirmaba Podemos en su programa y trata de aplicar allá donde este partido - o sus sucursales: Compromís en el caso de Valencia- tiene cuota de poder. Y para ello dedica buena parte de sus esfuerzos, dejando para mañana -o nunca- problemas que de verdad sí son tan reales como preocupantes y acuciantes.

Y en esa dinámica, en la que subsiste clarísimamente un intento por eliminar todo aquello que a ellos les molesta -por su supuesta vinculación a un país que no consideran suyo-, y en claro menosprecio y hasta desprecio de millones de ciudadanos con ideas diferentes, no se dan cuenta de las contradicciones en que incurren ni en los disparates que cometen.

Anda el Ayuntamiento de Valencia empeñado en liberar a la ciudad del maltrato animal, prohibiendo festejos populares -las corridas, de momento, no pueden, pero ya les gustaría ya- el circo y hasta la presencia de caballos o camellos en cabalgatas o desfiles para evitar el estrés que pueda suponer en equinos o camélidos y, al mismo tiempo, se descuelga con la orden de talar miles de árboles -la cifra se sitúa entre los tres mil y pico y cuatro mil- no porque estén enfermos o ya secos o muertos, sino porque la caída de sus hojas ensucia la vía pública, pretendiendo dejar sin arbolado cerca de doscientas calles de la ciudad del Turia, la misma en la que la vicepresidenta de la Generalidad quiere invertir - o ya lo ha hecho- casi medio millón de euros para matar las palomas que pueblan sus plazas y tejados y no alcanzan a tener la dignidad de caballos, dromedarios ni, por supuesto, los toros que a toda costa pretenden salvar de su tan siniestro, macabro y salvaje destino. ¿Dónde está aquí su tan sensible ecologismo?.

No caen en la cuenta de que tanto las palomas -cuyo control, evidentemente hay que hacer efectivo- como los árboles que han condenado son seres tan vivos como los otros y son capaces de sentir; son seres orgánicos que crecen, viven y se reproducen; no tienen órganos de los sentidos pero sí responden a ciertos estímulos: las raíces se desarrollan hacia el suelo y buscan el agua; los tallos suben hacia la luz, siendo, además, imprescindibles para la oxigenación de la atmósfera y su renovación al margen de ser elementos de disfrute común. Pero su tala hará que se ahorre en la poda anual y la limpieza de las aceras, según aduce la delegada de la Concejalía de Medio Ambiente del consistorio valenciano, lo cual, claro, les hace estar por debajo del toro en su escala de valores.

Si Rosa Montero tiene un sueño -en el que a los animales les era asignada una personalidad y unos derechos, siendo asimilados a las personas humanas y, por tanto, inviolables e intocables- habrá que ver qué piensa con respecto a los componentes del reino vegetal y si se les deja al albur de decisiones municipales tan peregrinas como esta de Valencia o se les reconoce su sagrada inmunidad como seres con personalidad propia.

Todo esto deja ver qué grado de despropósito y cuanto absurdo hay en nuestra nueva clase política y adyacentes y que esos árboles que ahora caen en una de las ciudades más bonitas del mundo -y que ya no lo será tanto- dejan ver un bosque oscuro y tenebroso en el que el rencor y la revancha crecen descontrolados por doquier sin que nadie aquí tire de tijeras ni pase el cortacésped.