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Pepe Bienvenida / La suerte suprema

viernes, 8 de abril de 2016

5ª de feria en Sevilla. Con la suerte de su lado, López Simón arrolló a Castella / por J.A. del Moral




Con la suerte de su lado, López Simón arrolló a Castella

J.A. del Moral
Sevilla, 08/04/2016.- Plaza de la Real Maestranza. Jueves, 7 de abril de 2016. Quinta de feria. Tarde de esplendida primavera con dos tercios escasos de entrada.

Seis toros de El Pilar desigualmente presentados y de vario juego con el denominador común de su falta de fuerza. Muy débil el noble sin case que abrió plaza. También débil y apenas manejable el segundo. Justísimo de fuerza y noble aunque muy soso el tercero. Muy noble el cuarto. Flojo y de muy poca duración el quinto que terminó echándose. Y noble el sexto con intermitencias.

Sebastián Castella (cobalto y oro): Pinchazo, estocada trasera caída y dos descabellos, aviso y silencio. Estocada trasera caída, silencio. Pinchazo y estocada, silencio.
Alberto López Simón (siena y oro): Estocada trasera caída y dos descabellos, silencio. Buena estocada, oreja. Buena estocada, oreja. Salió a hombros por la puerta de cuadrillas.
Excelentes los peones a las órdenes de López Simón que dieron una gran tarde. Mencionemos a Domingo Siro, Vicente Osuna, Jesús Arruga y Miguel Ángel Sánchez. 

Me chocó mucho que la plaza no se llenara ayer y que el público asistente no diera señales de ese interés que se nota en las plazas cuando se presiente un acontecimiento o de que algo grande va a pasar. Hubo muchos momentos en los que predominó el rumoroso ruido de las conversaciones ajenas a la lidia. Ese run run suave que poco tiene que ver con el sonido de fondo que suele acompañar al buen toreo, muy especialmente en esta plaza tan sensible.

Hasta la buena faena de Alberto López Simón con el cuarto toro de El Pilar – un lote de reses sin fuerza que cubrieron pobremente el tercio de varas -, su mano a mano con Sebastián Castella parecía no tener sentido ni apenas interés porque cada cual fue por su lado y sin casi nada digno de interesar ni de apasionar a los espectadores, salvo las muchas palmas que escucharon los peones de Lopez Simón, hasta el punto de que aquello pareció ser más un enfrentamiento entre cuadrillas que entre los dos matadores. Ni siquiera nos emocionaron los quites que le correspondió hacer a López Simón en sus turnos de intervención en los toros de Castella, por cierto inconvenientes y hasta diría que inoportunos para el espada francés, dada la poquísima fuerza de sus dos primeros toros.


Sebastián Castella se meció muy templado en sus recibos con el capote a la verónica, pero se extendió hasta decir basta en sus dos inacabables primeras faenas frente a dos toros tan nobles como sosos. El diestro galo los toreó formalmente por lo clásico sin pellizco ni sentimiento alguno. Cual fabricador de muletazos sin alma y, por tanto, sin lograr trasmitir emoción alguna a los espectadores. Y además, mató mal aunque pronto de dos espadazos defectuosos en la colocación.
Tampoco llegó a mayores la mediocre y en algunos fases torpe faena de López Simón al segundo toro de la corrida, otro animal sin fuerza que perdió las manos en varias ocasiones durante su lidia. Lo único que vimos digno de mención con este toro fueron los pares de banderillas a cargo de Domingo Siro y de Vicente Luna.

Fue con el cuarto toro, como digo, cuando el mano a mano cobró fuerza de combate aunque hasta que los clarines tocaron a matar, solamente y otra vez Domingo Siro fue el único que escuchó palmas tras colocar dos excelentes pares de banderillas. El toro se había mostrado totalmente pasota en el primer tercio y nada vimos que hiciera prever que sería durante la faena cuando despertaría la tarde. Como así fue.

Una faena marca de la casa que empezó muy bien por alto con la mano derecha, continuó por redondos ligados a los de pecho, recetados en tres tandas no totalmente limpias. Bajón del trasteo en la vulgar cuarta por amontonarse el matador, y de nuevo alegrías por naturales ciertamente soberbios hasta rubricar la obra con una estocada de ejecución y colocación irreprochables. Cortó una oreja valiosa. Pero este toro fue de dos.

Castella no pudo responder a lo hecho por López Simón con el quinto toro que esta vez no cumplió el refrán porque fue el peor por más deslucido de la corrida aunque, en el muy pronto venido a menos del animal, también Castella tuvo culpa de que el burel no aguantara algo más. Fue su manía de empezar las faenas en los medios con pases cambiados sin moverse y el toro viniéndole de lejos. Una manía que Castella frecuenta, sean los toros como sean. Cuando son fuertes, soportan el trance que les obliga a girar haciendo el ocho alrededor del torero. Pero cuando son tan débiles como este quinto de ayer, ese esfuerzo de forzoso trayecto perjudica una barbaridad a los animales. Para colmo, el toro se echó en las postrimerías del breve trasteo y todo se vino abajo para quien encabezó el cartel. La derrota a manos de López Simón, pues, estuvo servida.


Derrota que aumentó con la faena del diestro de Barajas al sexto y último toro de la ya anochecida jornada. Una faena imprevista en los primeros tercios aunque de inmediato presentida por los soberbios capotazos que enjaretó en la brega de banderillas el peón Miguel Ángel Sánchez. Las palmas echaron humo como lo echaron después con el matador en acción durante su faena netamente derechista que contó con varias fases y no todas buenas, por cierto, porque hubo tramos simplemente buenos, repentinos fallos de acople y un extraordinario y prolongado final – anoté un pase de pecho preparado con cite frontal que me supo a gloria-, que por muy bien cerrado con la espada, dio la victoria al más joven de los contendientes. La valiente serenidad de López Simón en varios momentos fue de sobresaliente.

Dicho esto, quiero hacer hoy unas consideraciones sobre los por qué, los cómo y los cuando de las faenas de Alberto López Simón. Diestro en el que parecen convivir dos almas e incluso tres porque la tercera proviene del impenitente “apuntador” que le sigue y le persigue desde el callejón allá por donde vaya aconsejándole qué hacer, como hacer y cuando debe hacerlo. Y eso a mí no me gusta nada porque obliga al torero a hacer lo que no había pensado por sí mismo y, por eso, una veces le ves sensacional y otras desnortado.

En las dos almas propias del torero de Barajas coexisten la de su ser natural y la de quien imita que no es otro que José Tomás. Sobre todo en esos falsamente estudiados andares ensimismados artificialmente cuando va hacia el toro y cuando se va del toro. Mutis falsos por excesivamente teatralizados y por tanto nada naturales. Yo le aconsejaría que se desprendiera de ello cuanto antes porque a este todavía muy joven torero le sobran virtudes propias que para nada necesitan enturbiarse con las ajenas. Ayer y dentro de su dicotomía, cortó dos orejas – una y una – de dos toros como para salir por la Puerta del Príncipe. Salió por la de cuadrillas.