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Pepe Bienvenida / La suerte suprema

sábado, 9 de abril de 2016

LA GLOBALIZACIÓN DE LA CODICIA / por Fortunato González Cruz



"...En el siglo XXI el poder está claramente aposentado en el sector financiero. Ni la producción ni el comercio desempeñan los papeles estelares del siglo pasado porque esa gente se gana el pan con el sudor de la frente de los demás. El mundo se juega todos los días en las casas de bolsa y en los grandes centros financieros, y la humanidad así, en bloque e individualmente, somos a lo sumo, fichas..."


LA GLOBALIZACIÓN DE LA CODICIA

Fortunato González Cruz
Los “Panamá Papers” han puesto en evidencia uno de los grandes males de la sociedad del consumo: La globalización de la codicia. Miles de personas recurren a empresas opacas para ocultar sus bienes de fortuna y ponerlas a buen recaudo de los controles y de las obligaciones tributarias que debieran cumplir. Las formas jurídicas llamas “empresas offshore” son compañías que se organizan en países con leyes poco exigentes que facilitan el anonimato, donde no se pagan impuestos o son muy bajos y existen tramas creadas con el objeto de ocultar las transacciones financieras. Son los “paraísos fiscales”. Así, las empresas “offshore” sirven para lavar dinero proveniente del narcotráfico, de la corrupción de funcionarios públicos, de la especulación financiera, de las riquezas dudosas y muchos otros negocios sospechosos. ¿Es posible que algún inocente contrate un bufete de abogados en Panamá para que le organice una empresa offshore? No seré yo el comeflor.

Las sociedades que desean brindar a sus miembros una alta calidad de bienestar y amplios caminos para la prosperidad, optan por exigir altas tasas de impuestos a sus miembros, en general proporcional a los ingresos. Las grandes fortunas pagan más en relación a los pequeños contribuyentes, pero aunque las cantidades son más altas, en términos porcentuales no son tanto y existen formas que permiten drenar sus dineros por trochas que ahorran en pagos al fisco y producen más dinero. El “patriotismo cívico” y los principios éticos de los grandes capitalistas son cargas pesadas. Su vida disipada y libre de apremios está muy lejos de las necesidades y sueños del común, y a tan alto no llega el sentido del deber, mucho menos el de la solidaridad.

En el siglo XXI el poder está claramente aposentado en el sector financiero. Ni la producción ni el comercio desempeñan los papeles estelares del siglo pasado porque esa gente se gana el pan con el sudor de la frente de los demás. El mundo se juega todos los días en las casas de bolsa y en los grandes centros financieros, y la humanidad así, en bloque e individualmente, somos a lo sumo, fichas. Algunos ricos confían sus dineros a bufetes tipo Mossack Fonseca, tan inocente que afirmó a CCN que: “Somos una compañía que tiene casi 40 años y nunca hemos sido acusados formalmente de nada. Nos dedicamos a hacer estructuras legales y luego las vendemos a intermediarios como bancos, abogados, contadores o fiduciarios y ellos tienen sus clientes con quienes nosotros no interactuamos ni conocemos. No somos responsables sobre cómo manejan esas estructuras o lo que quieran hacer con ella.” Asepsia moral, cinismo en su pureza más absoluta, como los banqueros de Andorra, o de Suiza, o de aquí mismo al lado. Y esta gente de Panamá es apenas una y no la más poderosa, ni tampoco el mecanismo más usado para ocultar fortunas dudosas y si no basta preguntarle a Rafael Ramírez, por ejemplo.

Codicia o avaricia, casi sinónimos si no es por el listado de los pecados capitales y las pailas definidas por Dante en el infierno. El avaro es repugnante. Lo vi por primera vez en el cuadrito del gordo que vendió al contado y el flaco que vendió a crédito, que sigue por allí tras mostradores tan miserable y rico como siempre. Pero ese no es el tipo globalizado de la era digital. Hoy es la codicia instalada en el centro del poder financiero mundial en quien confían algunos cuyos rostros plagan los diarios del mundo para solaz de los más grandes, los que no se ven ni se verán en la sociedad de cómplices que como los colegas del bufete panameño “montamos las estructuras pero no somos responsable de como las manejas”. Me conmueve tanta candidez. ¡Pobrecitos!