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Pepe Bienvenida / La suerte suprema

domingo, 4 de septiembre de 2016

Toros en Mérida (Badajoz). Hasta el infinito Ponce en tarde de todos a hombros con reparos / por J.A. del Moral




"...A mí me dan igual los números de trofeos concedido o negados. Lo que vale son los hechos. Lo que vale y lo que se recuerda por siempre. ¿De qué se acordarán los que ayer vieron la corrida pasado los años? Del faenón de Ponce y punto..."


Hasta el infinito Ponce en tarde de todos a hombros con reparos

Fue en la Roma española de Mérida. La ciudad con más monumentos del que fuera el más extenso territorio de la época. Pero tal monumentalidad se trasladó ayer a su plaza de toros de las manos de Enrique Ponce a quien venimos llamando últimamente Imperator porque en esta temporada que ya va cuesta abajo, el gran maestro valenciano se está decantando hasta lograr frecuentes y asombrosas obras de arte. 
El arte del toreo que gracias a Enrique se ha convertido en sinfónico. Y como los imperios abarcan varios países, reinar en todos supone convertirse en emperador. Y de ahí que, ahora mismo, Ponce ejerce de rey de reyes en todos los confines de la Tauromaquia.


La extraordinaria sensibilidad que atesora y une con las muchas cualidades que, gracias a su sin igual conocimiento, han ido perfeccionándose durante los treinta años que lleva ininterrumpidamente en la dificilísima profesión, es lo que explica por qué está coleccionando tantos portentosos hitos en esta temporada de 2016. Testigo directo de varios, ya no me froto los ojos para cerciorarme de que no se trata de sueños incorpóreos, sino de sueños hechos realidad.



El de ayer aconteció en el cuarto toro de una tarde muy calurosa con dos tercios largos de entrada – en los tendidos de sol la temperatura debió ser absolutamente insoportable – y acompañado de dos compañeros ciertamente importantes. Alejandro Talavante también está llevando a cabo una brillante campaña. Y José Garrido que, de entre los nuevos llamados relevo de parte de la primera fila, es el que más ha tardado en incorporarse y, mira por donde, el más y mejor dotado porque desde que le vimos triunfar como novillero aquella mañana en Bilbao hasta sus dos grande tardes de este año en la misma ciudad norteña, hemos visto que es quien sabe torear con más clasicismo y enjundia.


Pero ayer se dieron de bruces con el mejor de los mejores Enrique Ponce y ambos palidecieron a su lado. No porque no triunfaran sino porque lo que hizo el valenciano fue incomparable.

La corrida de toros de Cayetano Muñoz tuvo más que sobrada presencia para una plaza de tercera y abundante calidad en varios grados de fuerza y de bravura salvo los lidiados en quinto y sexto lugares que apenas dieron opción al lucimiento digamos formal. Tan solo ofrecieron posibilidad al valor que en el caso de Talavante se tradujo en arrimones y en desplantes. Y en el de Garrido, en un derroche de arrojo tan grande y al mismo tiempo tan equivocado que pudo cortarle un gravísimo disgusto cuando, torpemente, decidió empezar su faena de rodillas y muy pegado a las tablas. Faltó poquísimo para que se hubiera producido una tragedia y eso, cuando se provoca voluntariamente, no es el mejor método para progresar.
La tarde empezó con una brillantísima llamada de atención de Enrique Ponce frente a un toro que en el capote embistió mejor por el lado izquierdo que por el derecho y en la faena todo lo contrario. De ahí que la faena de Enrique fuera excelsa por redondos y no tanto al natural que el maestro no se entretuvo en prodigar e hizo lo debido. Esta excelente faena, por ser la primera de la tarde, sufrió el síndrome de la frialdad con que los públicos de todas las plazas se comportan en las aperturas de cada corrida. A nadie le cupo duda que, de haberla hecho en cuarto lugar, en vez de una oreja le hubiera pedido y concedido dos. Pues además de torear como los propios ángeles, a Ponce ayer le funcionó la espada divinamente.

Bien anduvo Talavante con el estupendo segundo toro, bastante mejor que el primero. Sobre todo cuando toreó por naturales con su privilegiada mano izquierda, que es de oro. Alternó ambas y, por eso, la obra adoleció de cierta desigualdad. Y aunque mató de estocada atravesadilla y dos descabellos, la frialdad inicial del público se trocó en lógico entusiasmo con el gran torero de la tierra extremeña y el trofeo fue concedido.
La oreja que también le concedieron a José Garrido – como Talavante, hijo de la tierra extremeña -, dio lugar al momento más feo de la corrida por una labor extremadamente desigual dadas las continuas huidas del también noble burel. No fue precisamente una faena netamente premiable si la comparamos con la primera de Ponce. Pero el presidente concedió el despojo y se negó a darle el segundo con razón. Y Garrido, soberbia y gestualmente enojado, lo tiró a la arena de fea manera. Muy mal hecho. Esos humos no son propios de un buen torero sino de un aspirante mal educado y nada inteligente. Garrido, del que hemos escrito mucho y bien de sus dos tardes bilbaínas, no debería creer que goza ya de bula y de rendida e incondicional admiración. Cuidado con estos feísimos detalles. Pueden costarle inconvenientes antipatías. Y no es eso, niño, no es eso…

Enrique Ponce, acto seguido, demostró al bisoño pretendiente, qué es una faena de dos orejas. Y menos mal que el presidente solo dio una Garrido porque, si le hubiera dado dos, a Ponce tendría que haberle concedido el rabo que también fue demandado por la gente.


A mí me dan igual los números de trofeos concedido o negados. Lo que vale son los hechos. Lo que vale y lo que se recuerda por siempre. ¿De qué se acordarán los que ayer vieron la corrida pasado los años? Del faenón de Ponce y punto. Dejemos las orejas pues para las listas del ranking que publican las revistas semanales y los portales de internet.


Fue por otra parte lógico que el público deseara que los tres toreros salieran de la plaza a hombros. Fue la única razón para que Talavante y Garrido cortaran una oreja en sus dos segundos oponentes.
Cerremos con el portento de Ponce en su faena al cuarto. Un toro con clase pero sin fuerza que el grandioso maestro supo administrar a la suprema perfección. Su eterno conocimiento le permitió torear con increíble belleza. La plaza, se extasió. Y el torero se inspiró como solamente él puede expresarlo. Hasta mandó a la banda que cesara de tocar un, por cierto, horrendo pasodoble. No importó sino todo lo contrario porque Ponce amenizó la faena con la música callada de su intransferible toreo… Por la exactitud de las distancias, por lo certero de las alturas, por la oportunidad de las pausas, por el detenimiento de las entradas y de las salidas… Por el ritmo, por el compás, por la suave hondura, por la elegantísima donosura, por la divina naturalidad, y por el inmaculado temple que detuvo cada muletazo como, si en vez de torear, estuviera esculpiendo una estatua en mármol de carrara de cada suerte.


Si hermoso fue el comienzo, arrebatador fue el final por prodigiosos doblones y una gran estocada de efecto inmediato y letal.
No sé, nadie, ni él mismo sabe hasta dónde va a llegar Enrique Ponce. Por el momento, a nuestras almas abiertamente rendidas a sus increíbles progresos artísticos, mientras otros grandes de entre los más grandes toreros, a su misma edad, siempre vivieron el mal sabor de sus inevitables decadencias. Que sea para muchos más años, maestro de maestros, y que uno tenga la dicha de verlo.