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Pepe Bienvenida / La suerte suprema

jueves, 26 de abril de 2018

Cifuentes, estos son los valores laicistas que tanto defendiste: un montón de mierda inconfesable


Cifuentes anunciando su dimisión.

Puede estar segura Cristina Cifuentes que el autor (o la autora) de la filtración del video en la que se la ve sustrayendo cremas cosméticas en un supermercado, no procede de las cloacas de la oposición y sí de las de su propio partido. Cifuentes ha tenido que dimitir por hechos que serían una broma si los comparásemos con los numerosos casos de latrocinio institucional que han sido a la democracia española lo que el oxígeno a la vida: su nutriente más vital.

  • ..señora Cifuentes, una doble duda: ¿ha recibido usted, en estas amargas horas, el apoyo de todos esos colectivos a los que política y legalmente tanto protegió? ¿Tendrán el acierto (o el miramiento, según se mire) de reservarle sitio en alguna carroza del próximo orgullo gay?

Cifuentes, estos son los valores laicistas que tanto defendiste:
 un montón de mierda inconfesable.

Puede estar segura Cristina Cifuentes que el autor (o la autora) de la filtración del video en la que se la ve sustrayendo cremas cosméticas en un supermercado, no procede de las cloacas de la oposición y sí de las de su propio partido. Cifuentes ha tenido que dimitir por hechos que serían una broma si los comparásemos con los numerosos casos de latrocinio institucional que han sido a la democracia española lo que el oxígeno a la vida: su nutriente más vital.

Durante años, la ultraliberal Cristina Cifuentes ha sido la principal abanderada del PP a favor de una sociedad laica y sin la musculatura moral del cristianismo.

Siendo delegada del Gobierno en Madrid, Cifuentes presentó una enmienda, en un congreso de su partido en Sevilla, pidiendo la retirada de la palabra “cristiano” de la ponencia social en la que se definía al Partido Popular. Sostuvo Cifuente que era “absolutamente improcedente proponer como base de una formación política la correspondencia a una convicción religiosa”. Propuso que el incómodo término fuese sustituida por la palabra “occidental” o “europeo”. Tal vez una circunstancia eximente contra el cumplimiento del séptimo Mandamiento.

En su escalada vertiginosa hacia el progresismo laicista, Cifuentes prohibió más tarde las “redadas racistas”; es decir, la práctica policial consistente en pedir la documentación a ciudadanos con apariencia de ser extranjeros para comprobar si tienen los papeles en regla. También se opuso a los cupos de detenciones de inmigrantes que, durante un tiempo, estuvieron vigentes en las comisarías españolas, incluídas las de Madrid capital.

Animó a los ciudadanos que presenciasen controles como estos a “denunciarlos” en comisarías o ante la propia Delegación del Gobierno para tomar medidas. En su doble papel de mundialista y forofa ultraliberal, la ya expresidenta de la Comunidad de Madrid se caracterizó a lo largo de su mandato por sus guiños al lobby gay y por reprimir la libertad de expresión a base de multas, sirviéndose de la llamada ley contra la LGTBIfobia aprobada en la Asamblea de Madrid.

La Comunidad de Madrid sancionó al director del colegio católico Juan Pablo II de Alcorcón, Carlos Martínez, con una multa de 1.000 euros por una carta que envió a los alumnos y a las familias del centro en la que advertía acerca de la ideología de género y denunciaba los intentos de imponer una ideología a fuerza de sanciones, como de hecho está ocurriendo.

Martínez se convirtió así en la primera víctima de la ley contra la LGTBIfobia aprobada el pasado mes de julio en la Asamblea de Madrid.

El sancionado respondió: “¡Qué barbaridad prescindir de la verdad natural del hombre y del derecho inalienable de los padres a la educación de los hijos! ¡Qué dogmatismo acusar de discriminación a quien piensa diferente! ¡Qué despropósito pretender imponer una ideología a fuerza de sanciones! La mentira siempre tiene miedo a la luz de la verdad y al contraste de las ideas. El parecido con el fanatismo terrorista es inquietante”.

La Comunidad de Madrid envió a la Fiscalía la carta de este ciudadano para que investigara si su contenido incurría en posible delito.

Cifuentes bailando junto a Carmena en el orgullo gay.

La Comunidad de Madrid presidida por Cifuentes siguió dejando clara su intención de reprimir cualquier intento de expresar y defender opiniones y creencias que contradigan la dictadura ideológica mundialista y su ingeniera social a base de ideología de género y LGTB. Cifuentes ya había apoyado antes el matrimonio gay: “Estoy a favor de la legislación actual (del “matrimonio homosexual). No la modificaría. No tengo ningún problema, ni siquiera en la denominación”.


En el corolario de agresiones a los católicos, Cifuentes permitió diversas procesiones blasfemas y contra la del Corpus Cristi. Al propio tiempo respaldó el aborto, la manipulación de embriones, la eutanasia y otras prácticas criminales que vulneran el orden natural e incluso principios éticos que en un tiempo defendieron algunos sectores laicistas menos exaltados o condicionados a los de ahora.

A la vista de estos precedentes, podríamos hoy regodearnos con el San Martín que sufre la expresidenta madrileña. No haremos leña del árbol caído. Procede sin embargo algunos apuntes a quien teniendo el privilegio de servir rectamente a los españoles, se valió de sus cargos para interpretar la realidad de sus compatriotas de la forma más perversa posible. Y eso tiene un nombre, señora Cifuentes: laicismo radical; o lo que es lo mismo, un montón de mierda inconfesable, tal como someterla al linchamiento de la canalla de la forma más cruel e indecente posible.

Otro gallo le habría cantado a Cifuentes si en su partido hubiesen reinado los fundamentos que causaban tantos sarpullidos a su fina piel progresista.

Sin embargo su personalidad paranoide, Cifuentes debería reflexionar a partir de hoy en que, al no ser admitida una verdad moral superior, las relaciones políticas, sociales, económicas y culturales se convierten en una realidad de brutal individualismo e insolidaridad, siempre propicio para la dictadura de los más desaprensivos. Cifuentes, tan exaltada por el laicismo como detentadora de un gran poder durante años, ha quedado inerte a la condición de sujeto pasivo y pastueño frente a la dictadura, declarada o encubierta, de la coalición de intereses que detenta el poder y del que ella se aprovechó durante tanto tiempo.

Desemboca en el fracaso cualquier empresa humana cuando carece de un envoltorio moral. Y en la negación por el laicismo de esa comunión, de la subordinación del beneficio económico a principios morales, radica la quiebra de los sistemas políticos actuales, incluida la democracia española. Las mayorías matemáticas que resultan de los procesos electorales son asumidas por los partidos que las logran como patente de corso para hacer lo que les venga en gana, sin que se sientan condicionados por principios morales o éticos que frenen sus apetitos, arbitrariedades y aberraciones.

Aupado sobre la dictadura del número, el grupo establecido en el poder se cree en posesión de verdades absolutas y en condiciones, por ejemplo, de decidir si Dios existe o no. Y si, tal que advertía Dostoieski, no hay Dios, todo está permitido. El poder político puede hacer tabla rasa de la decencia, si la historia es como fue o como interesa que sea, si la unidad nacional es triturable, si es válido el genocidio de inocentes o de los ancianos e inválidos que suponen una carga económica y un estorbo, si es admisible sostener que los niños tienen pene, si es perseguible la corrupción de los adversarios pero no la propia, si hay que salvar a los poderes financieros que provocan las crisis pero no a sus víctimas, si convienen unas guerras y otras no, si hay que salvar a unos y dejar en la intemperie a otros, como la han dejado a usted hoy los de su propio partido.

Espero, señora Cifuentes, que la lección le haya sido provechosa y defienda usted en el futuro otras actitudes y otras convicciones de signo bien distintas a las mantenidas hasta hoy. Que nada de esto le habría sucedido en una sociedad donde el éxito y el poder pudiesen lograrse con sacrificio, ejemplaridad, tesón, capacidad emprendedora, cualificación profesional y firmes convicciones morales.

Ha terminado la ficción en la que ha estado usted instalada durante años. La han sufrido millones de parados, de pequeños emprendedores víctimas de una ruina provocada, una clase medida heredada en España del franquismo y en proceso acelerado de proletarización, y una masa inmigrante atraída por el señuelo de una vida regalada. Pero no son ellos la preocupación de los convenidos en la élite mundialista. Prima en ellos el salvamento de un sistema procaz e injusto que es capaz de asesinar políticamente a quien, como es su propio caso, tan dócilmente les sirvió.

Espero que en su nueva vida siente usted los cimientos de un nuevo ciclo inaugural del que sean protagonistas los principios elevados que usted siempre quiso apartar de los españoles.

Y por último, señora Cifuentes, una doble duda: ¿ha recibido usted, en estas amargas horas, el apoyo de todos esos colectivos a los que política y legalmente tanto protegió? ¿Tendrán el acierto (o el miramiento, según se mire) de reservarle sitio en alguna carroza del próximo orgullo gay?