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Pepe Bienvenida / La suerte suprema

miércoles, 11 de abril de 2018

Españolizar a la vieja y puta Europa y a la “madame” alemana


Iglesia demolida en Alemania.

Si los alemanes quieren suicidarse, allá ellos. Lo que a nosotros nos importa es que Alemania ha legitimido un golpe de Estado que pretendía romper la nación española. Sobre este hecho no hay discusión posible. Y no solo Alemania. Se tiene la impresión de que la vieja y puta Europa ha visto la oportunidad de zanjar deudas históricas pendientes con España. Las derrotas que les fueron infringidas por nuestros tercios pesan aún mucho en el ánimo de las oligarquías talmúdicas que gobiernan Europa.


Españolizar a la vieja y puta Europa y a la “madame” alemana

Se sorprende la puta alemana del orgullo patriótico con el que España ha reaccionado por la excarcelación del expresidente de Cataluña Carles Puigdemont. Hasta un nada sospechoso director de periódico catalán reconoce que la reacción española ha asustado a los alemanes, poco acostumbrados a ser objeto de mofa y de ensañamiento dentro del continente. Y no sabemos por qué. Alemania ha sido un país excesivamente sobrevalorado por los españoles cuando aquí muchos ya advertíamos que la letrina alemana no era distinta de la belga o la británica. Que un país que acepta y firma su sentencia demográfica de muerte no merece ni la consideración ni el respeto que muchos le profesaban. 

La indignidad de los alemanes se puso de manifiesto en la Nochevieja de Colonia al permitir los abusos sexuales a sus hijas antes que dar a conocer los hechos. Normal que lo del orgullo español haya pillado con el pie cambiado a esos degenerados.

La policía islámica que patrulla en Alemania
 Foto publicada en Bild y tomada de las redes sociales

Podemos pensar que Alemania es una gran multinacional regida por unos políticos sin alma que cargan a su pueblo la culpa por hechos históricos sobre los que no tuvieron ninguna responsabilidad. Salvo para exportar sus productos, han renunciado a cualquier meta trascendente. Alemania está a la cabeza europea en número de suicidas, de alcohólicos, de adolescentes que abortan y de iglesias que pasan a formar parte de la dimmitud.

Si los alemanes quieren suicidarse, allá ellos. Lo que a nosotros nos importa es que Alemania ha legitimido un golpe de Estado que pretendía romper la nación española. Sobre este hecho no hay discusión posible. Y no solo Alemania. Se tiene la impresión de que la vieja y puta Europa ha visto la oportunidad de zanjar deudas históricas pendientes con España. Las derrotas que les fueron infringidas por nuestros tercios pesan aún mucho en el ánimo de las oligarquías talmúdicas que gobiernan Europa. Desde la prensa alemana, amancebada con las peores causas desde siempre, se arremete contra este medio porque aquí no le mostramos a nuestros lectores el camino más corto hacia el harakiri, como hacen ellos.

Acostumbrados a asignarnos el papel de camareros, se sorprenden ingratamente si les miramos frente a frente y les decimos lo repugnantes que pueden llegar a ser, lo poco que nos gustaría parecernos a ellos. No están acostumbrados a que hayan países que prioricen su supervivencia a cualquier reclamo hedonista. Y no se equivocan. La sagrada unidad de España nos importa mucho más que la perspectiva de un gigantesco asteroide planeando amenazadoramente sobre la tierra. Somos hijos de Iberia ¡Ínclitas razas ubérrimas, sangre de Hispania fecunda! ¿Quién será el pusilánime que al vigor español niegue músculos y que el alma española juzgase áptera y ciega y tullida?

Siempre han querido vernos desarmados y rendidos. Henry Kissinger lo tuvo claro cuando sentenció que un pueblo como el español, unido y al ritmo de un ideal común, resultaba demasiado peligroso. Al día siguiente de pronunciar estas palabras asesinaron a Carrero y, poco después, pasamos a formar parte del club de putas mal avenidas de la Comunidad Económica Europea. Han pasado los años y pese a la evidente merma que la agenda mundialista ha causado a nuestra salud moral, debemos seguir siendo ese país “demasiado peligroso” cuando se ceban contra nosotros con tan malas artes, de forma tan mezquina, hablándonos de justicia quienes no son capaces de impedir los tribunales y las patrullas islámicas en su país.

Con la ayuda de la izquierda y los separatistas, han intentado triturar nuestra autoestima y caricaturizar hasta el delirio cualquiera de nuestros rasgos y símbolos identitarios. Y aquí seguimos, con el instinto de la supervivencia intacto, oponiéndonos al ideal de vida que defienden los progresistas europeos como un producto de la decadencia, y al mismo tiempo un acelerador de la misma. Esta surge siempre en un contexto de crisis terminal, en una fase de inversión completa de los roles y de los valores, en el capítulo de la universal corrupción moral y del profundo trastocamiento de las creencias. Y aquí seguimos, como hace cinco siglos, protegiendo los fundamentos del edificio tambaleante de la civilización. Los atrasados, sin embargo, somos nosotros.

El esperpéntico sentido de la justicia que tiene Europa, produce mucha más risa que indignación. 

Se ceban con España y carecen del valor necesario para liberar sus barrios y ciudades de la turbia influencia del yihadismo. Las razones del nuevo orden la abona la sangre alemana blanca derramada lo mismo en Berlín, en Colonia, en Hamburgo o en Münster, por la cual ni se lamenta la ministra germana de Justicia, ni berrearán los ‘cornigauches’ de Europa.

El fuego lo emplean ellos; ellos son juez y parte; ellos se lo guisan y se lo comen. Procuremos, con buen humor, que todo esto se les indigeste. No, no ataco a los islamistas y sus cipayos. De ellos es fácil desprenderse porque vienen de frente y no ocultan sus intenciones. Aquí los peligrosos son los puteros imbéciles y aún peor sus secuaces, que contemplan la destrucción de Europa con absoluta serenidad.


La nueva escuadrilla de Marcuse tiene bien aprendida la lección; cualquier ataque contra nuestra vieja civilización es exaltada desde los tendidos de la casta europea y alemana, promotora de logias y de dogmas contrarios a nuestra dignidad colectiva. Es ella quien promueve mezquitas, droga los espíritus, adoctrina a los hombres, protege sus acciones y llora hipócritamente sobre las consecuencias. De paso, si pueden llevarse un contrato petrolífero, el harén de la siete lunas, cualquier chuchería, la caja o la documentación de alguna multinacional europea en tierra de bárbaros, lo hacen. Por todo lo cual permiten que cientos de miles de esos bárbaros se instalen entre las tribus europeas llamadas democráticas y liberales.

Los mercenarios de la intelectualidad son de idéntico pelaje. A cambio de fomentar las peores taras de la multiculturalidad y menoscabar nuestro instinto identitario, cobran sus pingües primas en películas, subvenciones, conferencias, premios, excelentes sueldos profesionales y el correspondiente tributo de las 27 ex doncellas en sus alcobas, a elegir según preferencias personales.

Benditos y alabados sean los españoles que, como nosotros, no se dejan engatusar por los encargados de ese gran prostíbulo político que se abre al norte de los Pirineos. Europa parece haber perdido la consciencia de sí misma, de su naturaleza, de su identidad y de su misión. Europa parece tener Alzheimer: está gaga, no sabe quien es, ni donde va ni de donde viene, y se anda cagando encima mientras farfulla incoherencias, insensible e indiferente a su propia degradación.


En definitiva, las putillas europeas de Soros, término metafórico sin adscripción sexista, están dispuestas a barrenar la gigantesca montaña de ilusión y esperanza que hoy abrazamos los patriotas españoles en nombre de esos sagrados ideales de los que el marxismo social pretende que nos avergoncemos, con sus brigadas internacionales de julais, plumíferos, feministas, tontos progres abajo firmantes, cipayos liberales, católicos donjulianescos, periodistas sin honor, políticos sin ideales y toda la amplia masa movilizada por el mundialismo en nombre de sus criminosas cruzadas contrarias a la elevación sobrenatural de cada hombre y de cada mujer. Ocioso es recordarles que sobran las palabras y la tibieza intelectual con esa gente. Combatirles en el campos de las ideas, que es nuestro principal propósito en esta casa, y derrotarles si hiciera falta en otros campos de batalla que históricamente desnivelaron la contienda a nuestro favor. Ni les tememos ni nos intimidan sus movilizaciones a favor de los degradadantes dogmas concebidos por los peores.

Alemanas borrachas en Mallorca.

Paso a paso, gracias a que hemos descubierto por nosotros mismos que el repulsivo rostro de Europa no era ninguna falacia de nuestros antepasados, ha brotado la necesidad de un reasentamiento de nuestro porvenir histórico en la cómoda y segura morada del patriotismo español, resguardado de todos los hombres y mujeres de Europa que han llegado al extremo de degenerar su sentido de pertenencia al género humano, al convertirse en las procaces putillas del globalismo sin alma. A ellos y a ellas, una vez más, el proceso de selección natural terminará devorándolos. Y no seré yo el que vierta una sola lágrima por ellos.