
El español vive asediado por los anglicismos. Las instituciones, desde la RAE hasta el Instituto Cervantes, no presentan batalla al inglés
En septiembre, paseando por la calle Mayor de mi ciudad, reparé en el cartel de una tienda de ropa infantil. “Back to school”, decía. De la “vuelta al cole” habíamos pasado al “back to school”. De regreso a casa, pensé en si este tipo de decisiones son fruto de una estupidez pasajera, el complejo de inferioridad o un deseo de estar a la última. Parece como si el inglés fuese lo más cool, y el español algo propio de palurdos que acaban de llegar a la gran ciudad, tirando de una maleta de madera con cuerdas.
La proliferación de anglicismos revela la escasa estima de los españoles por su idioma común. Pese a su pujanza en el mundo, el castellano se enfrenta no sólo a la contaminación del inglés, sino a la persecución ordenada por las oligarquías nacionalistas en comunidades bilingües y, en paralelo, al fracaso del sistema educativo. Uno de los males de la enseñanza es que apenas enseña nada, incluido el conocimiento de la lengua. Les últimas promociones de estudiantes escriben, leen y hablan cada vez peor. Se manejan con un vocabulario menguante, y al tiempo que se achica su léxico, se jibariza su pensamiento.
Pero centrémonos en el inglés, ese caballo de Troya introducido por el Imperio del Tío Sam para carcomer nuestra lengua. Ya lo dijo Antonio de Nebrija, autor de la primera gramática del castellano: que la lengua “fue siempre compañera del imperio”. Y así, por los siglos de los siglos, quien tiene el poder y el dinero acaba imponiendo sus palabras y, por ende, su pensamiento.
Tampoco se trata de ser un purista, de tener una visión rígida de la lengua. Un idioma es un organismo vivo. Las lenguas se enriquecen con los préstamos de otras. Estos préstamos léxicos, a veces, se adaptan como ocurre con fútbol (football), y otras nos los comemos crudos, sin alterarlos, como software.
El problema se presenta cuando empleamos anglicismos innecesarios, cuando hay una palabra en castellano para referirnos a una realidad. La Real Academia Española (RAE) es partidaria de “un uso reflexivo y moderado” de los anglicismos. No deben utilizarse de haber un vocablo equivalente en español. De lo contrario, caminamos hacia el empobrecimiento del idioma.
Campaña contra los anglicismos en la publicidad
En 2016 la RAE y la Academia de la Publicidad lanzaron la campaña Lengua madre solo hay una contra los anglicismos en la publicidad. En su momento tuvo gran repercusión, pero fuese, y no hubo nada. ¿Defiende la RAE el español frente al amigo americano, con la suficiente contundencia? Parece que no, a la vista de lo escrito por uno de los académicos más célebres, el escritor y periodista Arturo Pérez-Reverte. En una enmienda a la totalidad de la institución fundada por Juan Manuel Fernández Pacheco y Zúñiga en 1713, el autor cartagenero, entre otras críticas, lamenta “una evidente falta de liderazgo cultural frente a la avalancha de anglicismos”. Esto sentó mal en la docta casa.
Otro personaje que ha compartido esta crítica es el director del Instituto Cervantes, Luis García Montero, si bien sus palabras han de interpretarse como el pulso librado con el director de la RAE, Santiago Muñoz Machado. El poeta viudo y oficialista encabeza una ofensiva para que la RAE sea penetrada (entiéndase este verbo como se quiera) por el Gobierno de Pedro Sánchez.
A la vista de los resultados, las instituciones —no hablemos del Ministerio de Cultura, más preocupado en promocionar lenguas regionales— han fracasado en la defensa del español frente al inglés. En esto, España es una colonia y debería tomar conciencia de su soberanía idiomática. Si España sobresale en el mundo, dejando a un lado el sol, la playa y el pincho de tortilla, es por su lengua, cultura y arte.
Según el último informe El español en el mundo, del Instituto Cervantes, más de 500 millones de personas tienen el castellano como lengua nativa, sólo superada por el chino mandarín. Si se incluyen los hablantes no nativos, es decir, los que tienen una competencia limitada del idioma y los que lo estudian, la cifra de hispanohablantes ronda los 635 millones.
En el extranjero, cada vez son más los jóvenes que prefieren el español como primera lengua extranjera. Polonia, Rusia y Reino Unido en Europa; China en Asia, y Canadá en América registran los mayores crecimientos de estudiantes matriculados en castellano, según el Instituto Cervantes.
Y, sin embargo, los españoles, ignoramos este potencial, cuando no lo despreciamos o nos avergonzamos de hablar nuestra lengua. Recientemente, el escritor Manuel Vilas recordaba que los pasajeros saludan a las azafatas de un avión con un Good morning, en lugar de un Buenos días.

El inglés domina en la Red y la economía
Cierto es que el enemigo es poderoso y ataca por todos los flancos. Los sectores en los que el inglés se comporta como una termita en el andamiaje del idioma español son innumerables. Le ha favorecido la globalización. Sus áreas de influencia comprenden internet y las redes sociales, el mundo de los negocios, la banca, el ocio, la hostelería, el deporte, la decoración, la ropa… Sería difícil encontrar un espacio de la sociedad que quedara libre de esta peste.
¿Qué hacer, entonces? Si las instituciones se cruzan de brazos o comienzan a silbar, como si no fuese con ellas, esta cruzada habrá que emprenderla desde abajo. Sólo el pueblo puede salvar el idioma. Vivamos en español, con pequeños gestos, presumiendo de tener 100 seguidores en X y no de 100 followers, o preparándonos para una cita rápida, y no una speed date, el sábado por la noche. Y si surge algo, que sea el flechazo, antes que un match.
Digamos Liga de Campeones (o la muy añorada Copa de Europa), en lugar de Champions League. Bajemos de peso yendo al gimnasio y no al gym; corramos y no practiquemos el running; acudamos a cortarnos el pelo a una peluquería, y no a una Barber shop.
Además, ¿qué eso de que cuelguen el cartel de Sold out en un concierto de Rosalía? ¡Agotadas las entradas! En la España del pisito, vamos a compartir piso, pero no vamos optar por el coIiving. Si hay tiempo para cocinar (no, cooking), iremos a una casa de comidas para llevar, no de take away. Tatuaje y no tattoo. Si pasamos de los cuarenta, vayamos a la perfumería por una crema antiedad, pero no anti-age. Quedaremos con un amigo en una cafetería, nunca en un coffee shop. Si aún no hemos caído en la tentación de ser funcionarios y queremos ganarnos la vida en la iniciativa privada, busquemos un socio, pero no un partner para nuestro negocio. Y tengamos claro nuestro objetivo, no el target.
Belleza suena mejor que beauty para un salón de estética. Y si alguien viene diciéndote que no le hagas spoiler con el último estreno de una película en inglés, por ejemplo Song Sung Blue, le respondes que jamás se te ocurriría tal cosa. Lo que tú haces no es spoiler. Lo que tú haces es reventar el argumento de una historia. Y, por último, si tienes uno de esos días tontos y decides ver la televisión pública estatal, no te creas sus fake news. Son, sencillamente, bulos.
La lucha entre dos lenguas, culturas y cosmovisiones
Defender el español, ese patrimonio intangible del que deberíamos estar orgullosos, nos concierne a todos. Cada hombre y mujer, en la familia, el trabajo, con sus amigos y conocidos, pueden hacer mucho en defensa de nuestra lengua, con muy poco esfuerzo. Basta con tomar partido por el castellano antes que por el inglés, cuando una realidad pueda ser mencionada con dos palabras, la nuestra y la ajena. Pero esta contienda —porque, en definitiva, se trata de una lucha entre dos lenguas, dos culturas y dos cosmovisiones— es también responsabilidad de las empresas, principalmente de las pequeñas, las que aún sobreviven en manos de nacionales. De las grandes compañías nada cabe esperar. En concreto, bancos dan la bienvenida a sus clientes con un Hello! o les animan a disfrutar. Enjoy!, puede leerse en sus oficinas. Lo suficiente para huir de ellos.
El español es demasiado importante como para dejarlo en manos de ejecutivos que hablan cinco idiomas, los tontos a los que se refería Cela pensando en Salvador de Madariaga, que no era ejecutivo sino escritor hoy olvidado. Si no lo hacemos nosotros, herederos de Quevedo, Galdós y Cernuda, no lo hará nadie. Merece la pena intentarlo, aun con todo en contra
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