
Cobo y Argüello
'..La jerarquía de la Iglesia Católica, contagiada y en plena armonía con Roma, lleva años militando en esa connivencia con el pecado que, en lo político, representan la mayoría de fuerzas con presencia parlamentaria..'
El humo de Satán
Rafael Nieto
Si lo que uno espera de un dirigente político es (en teoría) ejemplaridad, lo que se puede esperar de un sacerdote, obispo, cardenal o papa es santidad. O por lo menos, firme voluntad de alcanzarla. No se alcanza la santidad militando en la mentira, que es un subterfugio del diablo para confundir a las personas y llevarlas al mal. Tampoco se alcanza la santidad siendo permisivo y colaborador con quienes de manera más furibunda quieren borrar a Cristo de la vida pública. En resumen, no se alcanza la santidad siendo «de este mundo», sino estando en este mundo pero perteneciendo al reino de nuestro Salvador.
La jerarquía de la Iglesia Católica, contagiada y en plena armonía con Roma, lleva años militando en esa connivencia con el pecado que, en lo político, representan la mayoría de fuerzas con presencia parlamentaria. El bipartidismo, que ha demolido con TNT los cimientos morales de España, ha logrado comprar el apoyo tácito o expreso de los obispos con sus monedas de plata, y hoy, por desgracia, no hay aberración moral, dislate político o barbaridad social que no secunde la Conferencia Episcopal, produciendo en miles de feligreses una profunda indignación. Nada, en todo caso, que pueda hacerles recordar que están obligados a seguir la palabra de la Cabeza de la Iglesia, y la doctrina social que emana de Ella.
La penúltima ocurrencia de monseñor Argüello ha sido salir a defender públicamente la regularización masiva de inmigrantes ilegales, incluidos aquellos que «no hayan tenido más remedio que delinquir», en amable redacción del Consejo de Ministros socialcomunista. El jefe de los obispos españoles hizo todas las piruetas dialécticas que pudo para relacionar el Evangelio con este absoluto esperpento, dejando a un lado su obligación de ser fiel a la verdad, que es el primero de los mandatos morales que tiene por su cargo. Ignorando que la primera caridad que se nos exige es con nuestros hermanos más próximos, con nuestra familia y amigos, luego con nuestros compatriotas, y después con aquellos que vengan aceptando nuestras normas y nuestra identidad.
Ese batiburrillo de cuñadeces que propaló quien debería ser pastor de las almas españolas coincide en el tiempo con la noticia publicada por Infovaticana revelando el absoluto desinterés del obispo de Madrid, José Cobo, respecto al Valle de los Caídos, expresado durante un off the record con periodistas, hace pocos días, al que ha tenido acceso dicha publicación. Cobo, al ser preguntado por el lugar que alberga la Cruz más grande de la Cristiandad, pronunció las frases «estoy muy cansado» y «me da bajón», para después reconocer que había sido el transmisor de las órdenes del Gobierno profanador y masón de Sánchez a los monjes benedictinos que todavía viven en Cuelgamuros. Produce escalofríos pensar que los católicos madrileños tenemos a esta persona al frente de nuestra diócesis.
Los que opinan que los católicos debemos decir «amén» a todos los disparates y aberraciones que protagonicen los curas y obispos posiblemente olviden el mandato que nos dio Nuestro Señor: «Les digo que si estos se callan, las piedras clamarán» (Lc 19:40). De ninguna manera se puede transigir con estos graves errores (por decirlo suavemente) que no solamente generan una terrible confusión entre los creyentes, sino que meten al Cuerpo Místico de Cristo en una vorágine de iniquidad y sinrazón absolutamente inconcebible. Ni la mal entendida caridad justifica una regularización masiva de personas que entraron ilegalmente en España, ni es justificable que uno de los cardenales españoles de más poder e influencia haya colaborado en la profanación y desmontaje de un lugar sagrado que admiran millones de personas en el mundo.
Cobo y Argüello, sin embargo, no son ni lo más sórdido, ni lo peor. Ambos representan la etapa final de un proceso que comenzó hace décadas, cuando el propio Pablo VI reconoció que el «humo de Satán había entrado por las ventanas de San Pedro», en plena celebración del Concilio Vaticano II. Han elegido los poderes terrenales y se han olvidado de la Cruz, única vía por la que es posible limpiar el pecado y aspirar a la santidad, a la que todos estamos llamados. Menos mal que nosotros no seguimos a ninguno de estos pobres hombres sin brújula, sino al Redentor del mundo.
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