
El único libro que necesita usted leer se titula El campamento de los santos y lo escribió en 1973 Jean Raspail. De él llevan riéndose medio siglo los amos del pensamiento único, y le han acusado de pieza fundamental en la conspiranoia consistente en denunciar ya en aquel entonces lo que su compatriota el antiguo militante socialista Renaud Camus popularizó en 2011 con el concepto «gran reemplazo» o «gran sustitución».
Sorprende que eso del gran reemplazo se haya ridiculizado durante tanto tiempo, y se siga ridiculizando, puesto que ya hace veintiséis años, al comenzar el milenio, la ONU publicó el estudio La migración de reemplazo, ¿solución para poblaciones menguantes y envejecidas? En concreto, la organización transnacional recomendó a la UE la importación de 159 millones de inmigrantes en las dos primeras décadas del siglo, lo que ha provocado un cambio antropológico nunca visto en suelo europeo desde tiempos prehistóricos. Los países europeos pusieron inmediatamente manos a la obra, y en España fue Aznar el que abrió las compuertas de la inmigración ilegal masiva. En aquel momento comenzó el fenómeno de las pateras, palabra que la mayoría de los españoles no había oído nunca, empezando por el que suscribe, y eso que vive en puerto de mar.
Además, como el paso de los años puso el reemplazo delante de las narices de todos los europeos, incluidos los que más se empeñaban en no verlo, europeos que pueden comprobarlo, vivirlo y disfrutarlo todos los días, se hizo cada vez más difícil negar su existencia. Y así llegó el divertido momento en el que el socialista Jean-Luc Mélenchon, uno de los más furiosos acusadores de quienes cometían el crimen mental de oponerse a dicho reemplazo, se quitó la careta y confesó alegremente que sí, que el gran reemplazo no es una teoría conspirativa, que es verdad y que se trata de una espléndida verdad que hay que seguir promoviendo e incrementando.
Nuestro benéfico Pedro Sánchez acaba de dar un paso de gigante en este asunto con su decisión de proceder a la regularización de medio millón de inmigrantes que en breve se convertirán en tres o cuatro veces esa cantidad por medio de la reagrupación familiar. Y todo eso, en un país con dos millones y medio de parados. Estas cifras demuestran que no se trata de llenar huecos laborales que no existen, sino de continuar con la política globalista de anegar Europa con foráneos y, de paso, de alterar un mapa electoral que cada día da más la espalda a unas izquierdas que odian a sus propios pueblos y quieren sustituirlos por otros. Y para ello cuenta con el inestimable apoyo de una Iglesia perniciosa y suicida, de unos grandes empresarios encantados de tener a su disposición más mano de obra barata y de una banca que, como ha resumido magistralmente Ana Patricia Botín, celebra que «a más población, más clientes».
Quien se oponga a esta medida será ridiculizado por su conspiranoia y acusado de los crímenes ideológicos más feos que quepa imaginar. Pero gracias a Dios ha llegado la incomparable Irene Montero —furiosamente sincera o sinceramente furiosa, como siempre— para aclarar las dudas de una vez por todas y zanjar cualquier discusión:
«Quiero pedirles a las personas migrantes y racializadas que, por favor, ¡no nos dejen solas con tanto facha! ¡Y claro que sí queremos que voten, claro que sí! Hemos conseguido papeles, regularización ya. Y ahora vamos a por la nacionalidad o a cambiar la ley para que puedan votar, por supuesto. ¡Ojalá, teoría del reemplazo! ¡Ojalá podamos barrer de fachas y de racistas este país con gente migrante, con gente trabajadora! ¡Claro que yo quiero que haya reemplazo: reemplazo de fachas, reemplazo de racistas, reemplazo de vividores! Y que lo podamos hacer con la gente trabajadora de este país, tenga el color de piel que tenga, sea china, negra o marrona».
No hay nada más que decir.
No hay comentarios:
Publicar un comentario