EN CORTO Y POR DERECHO
El toreo avanza, la lidia retrocede
Por José Carlos Arévalo
Quien tiene unos cuantos años de afición encima puede opinar sobre cómo está el toreo, sin temor a equivocarse demasiado. Y a veces es necesario hacerlo. Para dejar las cosas un poco más claras o, al menos, para que no se tengan como dogma las bondades del toreo de ayer y las deficiencias del toreo de hoy.
La falsa actitud del viejo aficionado es perdonable, porque el ser humano hace un uso protector de su memoria. Del pasado se suele recordar (y valorar) lo bueno y se borra (y minimiza) lo malo. Y un psicólogo diría que esa es una buena terapia para que el espíritu del paciente (en este caso, aficionado) viva más tranquilo.
Pero yo, por lo que veo, soy un viejo atípico aficionado, vivo menos tranquilo y no hecho en cara la maestría de los toreros de antaño a los toreros de hoy. Por la sencilla razón de que tan generalizada creencia es falsa. Por ejemplo, si yo comparo el toro, que es unan buena vara para medir al torero, cuando yo era un chaval, el toro de Madrid no tenía el trapío y las defensas que tiene el novillo que hoy se lidia en Las Ventas. Cuando ya era un joven aficionado, llegó el guarismo que garantiza la edad mínima (cuatreña) del toro, y que cambió el toreo de muleta, desapareció la faena preconcebida, se volvió a la faena abierta, de preguntas al toro, más intensa, menos emotiva, y se redujo considerablemente el número de cornadas. Pero al crecimiento en edad del toro, le sucedió el demandado crecimiento en kilos, que trajo consigo el crecimiento (en kilos y altura) del caballo de picar, se produjo la gran paradoja: el toro más grande, con más cuernos y con un año más, duraba menos y exigía más. Y como el caballo siguió creciendo, a medida que la afición reclamaba más toro, los jefes de cuadra introdujeron el voluminoso y fuerte caballo de tiro para picar al toro. Se produjo entonces la mayor anomalía que se ha dado en la lidia: el tercio de varas, el quite siempre se hizo al jinete y su caballo, a partir de entonces, el quite se hace al toro, hecho anómalo que atenta contra los cimientos éticos de la corrida y es el mayor peligro que se cierne sobre su futuro. Pero aquí, las soluciones son a la brava. Que el toro se desploma frente al superpesado y bien protegido picador, pues que el toro crezca y pese más. Y así se ha llegado -en Madrid, la plaza más influyente- al caballo-armario de 900 kilos y al toro-tranvía de casi 700. Pero lo más curioso -y desconcertante- es que con ese toro, con el tercio de varas reducido a su mínima expresión -por culpa de la superior bravura, que se desfonda por tanta entrega en un solo puyazo equivalente a cuatro de los antiguos-, con el tercio de banderillas entregado casi en su totalidad a los subalternos, en los últimos hemos visto y vivido las mejores faenas de nuestra vida de aficionados. ¿Por qué el toreo ha avanzado en calidad y cantidad y la lidia ha perdido el interés de dos tercios, primero y segundo, antaño ricos en emoción y toreo? El viernes próximo daré respuesta a lo planteado y no resuelto en el presente artículo.

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