
'..Esteso, peinado como se peinaban entonces los hombres, una onda a lo Paul Newman, era un español muy del montón, lo que acentuaba la felicidad estocástica del destape, y el humor brotaba natural en esos diálogos que tendían siempre al absurdo ante la impertérrita femme, por ejemplo, la fascinante Ágata Lys. Ahí estaba la españolada: ser Esteso ante Ágata Lys..'
HUGHES
Ha muerto Fernando Esteso en plena campaña aragonesa, la que puede españolizar la palabra sorpasso. Esteso era aragonés, empezó como artista total con el circo y las jotas, y en La Ramona, su éxito musical, estaba el humorista baturro que aun sobrevivió, de otro modo, en Marianico El Corto.
Era otra gracia, no la andaluza, ni la madrileña y chuleta de Pajares. En esos años anteriores a Los Bingueros, Esteso ya estaba orientado como nuevo hito del macho español. En Virilidad a la Española hizo de joven pichichi que garantizaba quintillizos, y participó también en Celos, amor, y mercado común, una película en la que no nos podíamos homologar a lo europeo por demasiado celosos.
En esos años, Esteso ya podía ser un actor-vehículo para reflexionar sobre nuestra hombría ante Europa. Ahí está la figura de Pepito Piscinas, con su paseo marcando paquete por la piscina madrileña, claramente una cita de Alfredo Landa ante las suecas en Manolo La Nuit.
Esteso era un posible continuador del landismo y también, por patria chica, de la figura inacabable (una especie de Ortega del humor) de Paco Martínez Soria.
El contrapunto aragonés estaba muy presente en los personajes, en los secundarios de ese cine: un realismo rústico, lacónico, sentencioso, que aparecía también en la primeriza Los Energéticos, en la que Pajares y Esteso hacían de inconfundibles individuos de secano.
Era por tanto cine de transición de la dictadura a la democracia (me permiten unas cursivas) y, como ha visto Lluís Fernández, de transición del agro a lo urbano, presente ya en el trepidante comienzo de Los Bingueros, en las colas del bingo o del INEM, en el Madrid de los currantes, de las salas de fiesta… Pero a la mínima aparecía el español del zurriagazo (canción de Esteso), en su propio baturrismo o en el prognatismo catetizador de Pajares. La metamorfosis del cateto en chulo y viceversa (apuntada en el pionero Leblanc) la conseguían ellos como unos Jekyll y Mr. Hyde.
Alguna vez se les ha comparado con Jack Lemmon y Walter Matthau, y con todos los respetos, ¿qué falta hace? Creo que el impacto psicológico, humorístico, fantasioso, gestual, sociológico, estético, sexual y lingüístico de la pareja Pajares-Esteso y, a continuación, de Martes y Trece, no tiene parangón, es una cosa incalculable.

Pajares y Esteso, como caras del universo ozoriniano, eran actores de la pura fantasía, su cine es la respuesta española a La Guerra de las Galaxias, tenían un algo de cómic, de mundo sin consecuencias, sin grandes conquistas, ni rutilancias, de presupuesto irrisorio, pero sin pena, ni dramas, donde siempre había una rechifla con la que resignarse o la expectativa, siempre luminosa, siempre galvanizadora, de un cuerpo femenino, de una mujer en lencería. Nuestro Star Wars, la fantasía era que en cualquier momento apareciera una en pelota picada (ante ellos: Han Solo y Chewbacca, o R2D2 y C3PO).
En lugar de marcianos, naves espaciales o superproducciones estaban las tetas de Jenny LLada.
Esteso y Pajares no eran Don Juan y el criado, como sí sucedía en una película genial de por entonces, un poco antes, con Juan Luis Galiardo y Alfredo Landa, donde las suecas caían ante el empaque de uno y el envite racial del otro; Esteso y Pajares eran muy iguales, de igualdad picaresca, muy intercambiables –de hecho, las películas seguían siendo de los dos aunque solo saliera uno– quizás Pajares más galán, más frontalmente protagonista, y por la chulería más capaz de un vacile al que Esteso respondía con franqueza maña. Quizás fuera Esteso más razonable, un contrapunto o contrapuntito a un vaguísimo quijotismo de Pajares.
Esteso, peinado como se peinaban entonces los hombres, una onda a lo Paul Newman, era un español muy del montón, lo que acentuaba la felicidad estocástica del destape, y el humor brotaba natural en esos diálogos que tendían siempre al absurdo ante la impertérrita femme, por ejemplo, la fascinante Ágata Lys. Ahí estaba la españolada: ser Esteso ante Ágata Lys.
Ojo a la genialidad: convertir el erotismo, la maravilla y su frustración en comicidad, y ya no en gag, sino en tono, temperatura, costumbre y forma de ser.
Era por supuesto un esquema de revista llevado al cine, y a la revista volvió luego don Fernando cuando Pajares se fue a conquistar los celuloides prestigiosos, que tampoco hacía falta, y eso se compendió luego.
Una de las últimas de Esteso fue ¡Qué tía la C. I. A.!, año 1985, justo antes de la entrada en el Mercado Común, aquel en el que, un poco antes, no podíamos entrar por celosos o, quizás, por demasiado viriles. Ahí estábamos ya… y Esteso se iba despidiendo de la españolada con una historia en la que camino de Cuenca era interceptado por una espía, por supuesto de buen ver, que le infiltraba un microchip vital para el futuro de Alemania. Rusos y americanos se lo disputaban y Esteso, junto a Antonio Ozores, conseguía evitar una descarga eléctrica por salva sea la parte. ¿Harían ahora una película que se llamara Los geopolíticos?
En los últimos años, que fueron muchos años, Esteso y Pajares, en la gloria del agradecimiento de su público, tenían algo perplejo que parecía una continuación o congelación del farfulleo cómico y atribulado de muchos de sus diálogos, en los que siempre estaban en el filo de quedarse con el otro o ser ellos los primos. Esteso bordaba esa cara del individuo al que le están tomando el pelo. ¿No es la cara que se nos va a ir quedando? Esa resaca un poco amarga del final (el auténtico poshumor ) era la prueba de su grandeza hilarante de arquetipos nuestros.
Murió Esteso en Valencia, con la cercanía de sus hijos, y la amistad de personas como El Soro o Arévalo, que en paz descanse. En esa Valencia de revista, de toros, arroz y socarronería, de una españolidad reverberante y atemperada, junto al mar, pudo muy bien descansar el gran baturro.
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