Desde aquel 2003 hasta ahora hemos ido a peor en eso del freakshow hasta llegar a dar la categoría de cantante a un tipo como Bad Bunny que perpetró algo parecido a un largo regüeldo en el intermedio de la Super Bowl mientras una compañía de bailarinas disfrazadas de setos perreaba al ritmo de los estertores con los que maltrataba al público el «artista» portorriqueño. Tal era el desconcierto, nunca mejor dicho, del público que asistía al show que el propio Trump se lamentó del espectáculo ofrecido y afeó a los organizadores del evento la elección del animador del interludio. Añadió el POTUS que el tipo cantaba de tal forma que no le entendía el público norteamericano allí congregado. Lo que no sabe el presidente es que lo de menos era el idioma en el artista se dirigía al público. Muchos hispanoparlantes no entendemos ni lo que dice ni que su performance sea una manifestación de la Hispanidad sino como un espectáculo grotesco que nada tiene que ver con los frutos de la obra civilizadora que es la Hispanidad. La Hispanidad fue exportar civilización no importar salvajismo. Y esto es algo que ni Ayuso ni el Cervantes parecen entender.
Pero si el «feísmo» del bueno de Bad se quedara sólo ahí, en una deficiente expresión artística, se podría interpretar el rechazo a Bunny como apreciación subjetiva del arte que no todo el mundo tiene por qué compartir según los cánones modernos: si no hay una verdad absoluta, sino que todo es relativo, y votable, menos aún lo van a ser los gustos artísticos siempre escurridizos a límites objetivos. Bunny traslada al escenario los Ocho pecados del Arte Contemporáneo que describió en libro homónimo José Javier Esparza. Y de ellos el segundo, la desaparición de significados inteligibles, es el menos grave de todos. Lo malo es que lo que hay detrás de los «Bud Bunnies» no es sólo una disconformidad artística.
No es así porque las letras de contenido explícito acompañadas de bailes denigrantes para quien los practica requieren del desprecio propio hasta la autoagresión. Esta sociedad se rechaza tanto a sí misma que llega a trasladar a la expresión artística su desprecio. Y ese rechazo, ese desapego, tiene a veces consecuencias trágicas. Esta semana se ha conocido el caso en Canadá de un adolescente de 18 años, que se identificaba como mujer desde los 11 años, ha asesinado a su propia madre, su hermanastro y ocho personas mas según cuenta LA GACETA. Ya son varios casos similares a estos de personas trans, como dicen. En este caso, el desprecio propio, unido a la violencia autoejercida contra su identidad personal, ha devenido en agresión violenta sobre otros.
Frente a lo feo y lo malo, ha emergido esta semana la belleza en la ceremonia de inauguración de los Juegos Olímpicos de invierno en Milán con el mensaje de Armonía. Con su elegante ejecutoria de reminiscencias clásicas nos ha traído al recuerdo, por comparación, la ofensiva ceremonia de los Juegos de verano de París de 2024. Cómo olvidar aquellos «drag queens» y aquel estrambote final de la recreación blasfema de la Última Cena de Da Vinci. Aquel evento continuaba en fealdad y blasfemia al corte de la cinta del túnel de San Gotardo en Suiza, con su carnaval de machos cabríos y elementos demoníacos. Frente a toda esta fealdad se alzaron las figuras elegantes que escoltaban la antorcha formando la bandera italiana. Esto es lo bello. Y lo bueno y lo justo es reconocerlo.
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